El deber del perdón

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Homilía Domingo 2 de octubre

XXVI Tiempo Ordinario ciclo C

El Evangelio de este vigesimoséptimo domingo del Tiempo durante el año nos presenta sin ningún tipo de preludio dos temas bien importantes: el perdón y el deber. Se habla, sin más, de la necesidad del perdón ante las ofensas conferidas y de la lealtad a la tarea concedida. Entremezclados aparecen el hermano que peca y el servidor del campo, ellos son la ocasión para destacar las virtudes que hemos de ejercitar en relación con el prójimo. Veamos de qué manera podemos aprovechar estas nobles enseñanzas.

Reprimenda y arrepentimiento

El capítulo 17 se inaugura con la potente advertencia a los discípulos, de modo que no lleguen a ser ellos mismos la causa del escándalo para los que desean seguir el camino recto, pero que aún permanecen débiles. “Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lc 17, 1). Así es como Jesús declara que tanto los discípulos avanzados como los principiantes deben cuidarse de no ser motivo de escándalo, pues las limitaciones y fragilidades no son ajenas a nadie. Con ello se descubre que “los discípulos pueden ser tan débiles como los niños ante la poderosa fuerza de la persona que les hace caer en la apostasía” (R. J. Karris OFM, Comentario al Evangelio de Lucas).

El cuidado que debemos profesar unos por otros llega hasta lo más profundo del alma disponiendo además de la discreción que mira a sanar lo que se presenta como contrario a la caridad. Ante el pecado que lleva a la división los pasos son bastante claros: debe haber reprimenda, arrepentimiento y perdón. El perdón alcanza así la cúspide de esta secuencia de verdadera caridad. Quizá sea ésta la clave que nos permita aprender a vivir intensamente el perdón entre nosotros. Puede servir de ¡parate! a la propensión inmisericorde de acentuar el regaño y la fijación en el error y en el pecado de los hermanos. De igual modo nos es muy útil para alcanzar un equilibrado ejercicio del perdón sin desestimar la reprimenda como necesario cauterio para alcanzar la salud.

Ahora bien, quién podrá realizar esto con arreglo a lo que la caridad nos manda a efectuar. Para ello, como siempre, debemos atender a las palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo.” (Lc 17, 4). El perdón de las ofensas no es una regalía por pura complacencia de nuestra parte, es un mandato sacrosanto que viene de Aquel que se ha dignado a perdonar nuestras propias faltas. Por eso buscamos atender a Su palabra que nos dice: “perdónalo”. En todo esto la escucha generosa del hermano que se arrepiente tiene un lugar preponderante. El Señor nos manda también a escuchar: “me arrepiento”. De modo que cuando seamos nosotros los que rogamos el perdón también seamos escuchados para que no nos suceda como en la profecía de Habacuc: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches, clamaré hacia ti: ¡Violencia, sin que Tú salves!” (Hab 1, 2).

Simples servidores

Lo que sigue en el Evangelio de Lucas es la tan difundida imagen de lo que es capaz de producir una fe auténtica. “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería” (Lc 17, 6). Esta fuerte afirmación es ilustrada por la suposición del servidor dedicado a las tareas campestres. La morera y el servidor se ven así vinculados por el servicio en la obediencia. Ambos deberán hacer caso respondiendo con prontitud a los que se les manda: “arráncate de raíz” y “prepárame la cena y recógete la túnica para servirme” (Lc 17, 8). La morera es un árbol lo suficientemente grande y extenso en raíces como para que resulte dificultoso el hecho de que pueda arrancarse sólo y crecer bajo el agua. De igual modo, puede ser tanto o más dificultoso que alguno se crea lo suficientemente bien plantado en las propias seguridades como para escuchar al Señor que nos dice: “arráncate de raíz”.

Con frecuencia la soberbia se instala de tal manera que va haciendo crecer en nosotros raíces de envidia, orgullo, vanidad y tantas otras cosas que nos impiden hacer caso. Y contra eso nada mejor que “reavivar el don de Dios” (cf. 2Tim 1, 6). Porque el espíritu que el Señor nos ha dado es de “fortaleza, de amor, de sobriedad” (cf. 2Tim 1, 7). Que sean estas las herramientas con las cuales podamos arrancar la soberbia del corazón está probado por la experiencia. Cuanto más vivimos las virtudes, cuanto más nos encaminamos por el sendero de la humildad tanto más se apartan de nosotros las sombras del bullicio que no permiten que escuchemos la voz de Dios.

Es esa simpleza con la que podremos vivir de un modo más armónico nuestra relación con Dios y también con los hermanos, sin los accesorios de las palabras elegantes pero vacías o de las obras interesadas por la honra más que de difundir el bien. En esto mucho tenemos para aprender de la conducta pura de la Santísima Virgen, quien vivió plenamente la serena humildad. Es ella quien puede aleccionamos en la entrega cotidiana del servicio. Con ella contemplamos el altísimo servicio que realizó nuestro Señor Jesucristo, quien se encarnó, pasó haciendo el bien, padeció las ofensas de los hombres, fue muerto en la Cruz y nos trajo la alegría de la resurrección.

Que en este mes que iniciamos, la contemplación de los misterios del Rosario hagan surgir en nosotros la caridad auténtica que mira a la obediencia que escucha, acoge y cumple el mandato del perdón. Sobre todo por la memoria agradecida del perdón recibido en nosotros mismos como don inestimable de Dios.

fray Ángel Gustavo Sanches Gómez

Mar del Plata

La verdadera riqueza

Lazaro

Homilía Domingo XXVI Tiempo Ordinario ciclo C

Querido hermano:

En el centro del evangelio que hoy nos anuncia la Iglesia se encuentra un consuelo, una paráklisis. Nuestro Dios es un Dios de todo consuelo (2 Cor 1, 3). Pero no de la manera en que nosotros anhelamos en nuestro egoísmo.

Veamos lo que sucede en la historia de Lázaro y el rico. A primera vista, no se nos dice cuál es la condición moral de cada uno. No se le reprocha al segundo que hubiera conseguido inicuamente sus bienes. A lo sumo, pareciera haber un sutil reclamo de que no ha hecho nada para alimentar al pobre con las migas que caían de su mesa. Sin embargo, su juicio y su condena son rotundos.

“¡Ay de ti, rico, porque ya tienes tu consuelo!”, podría haberle dicho el Patriarca, con las palabras de Jesús (cf. Lc 6, 24). En cambio, ahora eres atormentado con una sed terrible. Más que de agua, tu sed es del que sacia tus ansias de infinito. Y que nunca podrás tener.

Ahora eres atormentado, pero antes tenías tu consuelo. ¡No porque tu riqueza te haya condenado, como si tu dinero hubiera estado maldito! Lo que te condena, lo que te hace diferente al pobre Lázaro es que tu consuelo estaba en tu riqueza. Escucha a Jesús: “¡ay de vosotros, ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!”. Mira que él no te ha dicho (como yo acabo de hacer) que ya has tenido tu consuelo, sino que lo tienes. No es que lo habéis tenido, sino que lo tenéis: es vuestro, nadie os lo quita. Pero, ¿qué podréis hacer con él? Vuestra felicidad se resume en vuestras posesiones. ¡Ay de vosotros, ricos, que en eso os consoláis! ¡Qué dignos de compasión! Vae vobis!

En tu vida has recibido tus bienes, lo que tú considerabas bienes. Pensabas que eso realmente eran tus bienes. Mírame a mí, a quien tú llamas “padre”. Rico en hacienda y siervos, mi riqueza estaba en el Dios que hizo Alianza conmigo y me bendijo. Mi herencia no fue el dinero, sino el pacto que el Señor realizó con mi descendencia. Pero tú has encontrado tus bienes y tu consuelo en esos bienes que pensabas que eran tuyos.

En cambio, Lázaro recibió males, lo que tú consideraste (¡si llegaste a reparar en él alguna vez!) cosas que habrías pensado como males, como algo de lo cual alejarse, evitar, huir con todas las fuerzas. Mi hija predilecta, la verdaderamente pobre entendió cómo actúa su Dios: “A los hambrientos los llena de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 53). Las apreciaciones se invierten. O, por decirlo mejor, la verdadera realidad se manifiesta. Se devela lo que estaba oculto en el corazón.

Mi hijo, el fruto de mis entrañas, mi descendiente Jesús, “Hijo de David, Hijo de Abraham”, Él es la riqueza de todo el mundo. Habría sido la tuya, si no hubieras puesto tu consuelo en otra realidad. ¡Él era rico, pero se hizo pobre! ¡Él nos enriqueció con su pobreza! Él es ahora, y para siempre, la alegría del pobre Lázaro. Él ha resucitado de entre los muertos, como predijeron Moisés y los profetas. Que tus hermanos, tus cinco hermanos (¡tú, querido amigo, a quien me dirijo!), crean en Él, pongan en Él su riqueza y esperanza y se conviertan. Así vivirán. Amén.

 fray Eduardo José Rozas

Córdoba

“El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho” (Lc 16, 10)

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HOMILÍA PARA EL DOMINGO 18-09-2016.

Domingo 25° durante el año litúrgico “C”

Comenzando por la primera lectura que hoy nos ofrece la Liturgia de la Palabra de este domingo 25° durante el año (Profeta Amós 8, 4-7), tenemos en estos cuatro versículos, que son verdaderamente revolucionarios, y que si se lo presentáramos a algunos de los tantos zurdos que hoy tenemos en abundancia en el mundo entero, pensarían que son escritos a lo sumo al fin del siglo 19 o en la primera parte del siglo 20. Sin embargo, este texto inspirado por  el Verbo Divino ha sido escrito por Amós  a mediados del siglo 8° antes de Cristo. Es una época de prosperidad económica y paz para Israel, no obstante, espiritualmente, fue un tiempo de corrupción desentrenada y de decadencia moral. O sea, que mucho se parece a nuestra época, al menos hay prosperidad económica para algunos y mucha; y, también pobres como dice el mismo texto de Amós. Los ricos, los poderosos de ese tiempo, igual que hoy, quisieran que los pobres, los indigentes del país desaparecieran. Sin embargo, para algunos ricos políticos y corruptos,  los pobres no son un problema, ya que en las modernas democracias su voto vale lo mismo que el de un rico, entonces los pobres son bienvenidos porque votan. Si no votaran otra sería el cantar y el “relato”. Pero como no se los puede exterminar, entonces lo mejor es aprovecharlos, nos aseguran el poder y la continuidad para que sigamos robando impunemente. Exactamente como dice Amós: a los débiles los compraremos por dinero y a los indigentes los tendremos de nuestra parte dándoles un par sandalias. ¡Nada nuevo después de 2800 años!

Es más, ¿cómo ganaremos más nosotros? Al fin y al cabo lo que importa es nuestra rentabilidad. Nuestra ganancia. ¿El servicio? ¿El producir para hacer feliz a la gente con el consumo y para que nadie pase hambre? Eso son cosas colaterales que nuestra empresa no las puede tener como objetivos serios. Quizá en algún discurso y para la gilada, en una de esas lo decimos. Pero eso evidentemente no llega a nuestros balances… El mismo método que hoy se aplica y que es desvergonzado cómo se usa: “disminuiremos la medida y aumentaremos el precio”, y si fuese necesario, también y sin escrúpulos de conciencia: “falsearemos las balanzas para defraudar”. Total, la gente con tal de comprar, aunque sea la mitad de lo que llevaba antes, cuando vea que el precio no ha variado mucho, quedará contenta y consumirá. ¡Nada nuevo después de 2800 años!

Pero todos los de la época del profeta Amós, los de ayer -por tantos siglos- y los de hoy que así piensan, sólo se les escapa de sus cálculos algo que nunca tienen en cuenta: Dios, el Señor, todo lo ve. Hasta esas intenciones que daría vergüenza exponerlas, precisamente son las que más ve el Señor. Por eso Dios mismo dice por boca del profeta Amós: “Jamás olvidaré ninguna de sus acciones” (Amós 8, 7). Los ricos de este mundo, los poderosos que han acumulado tanta fortuna robando y mintiendo, destrozando vidas humanas a gran nivel, aunque ellos nunca lo vean directamente y aunque no les importe la muerte de muchos o de pocos indigentes, ¿no tiemblan ante estas palabras tan amenazadores de Dios? ¿Quién los librará del infierno eterno? ¿Se ríen de las palabras de Cristo? Ahora no las escuchan y tampoco el grito de los pobres y miserables que mueren por falta de educación y formación moral, los niños abortados para que no lleguen más bocas pidiendo alimento… cuando estén a las puertas del infierno, sin duda, que no se reirán y llorarán y se lamentarán eternamente. Todavía están a tiempo de volverse a Dios y ganar con sus riquezas mal habidas el reino de los cielos, como nos enseña Jesús en el evangelio de este domingo (Lucas 16, 1-13 o más breve Lucas 16, 10-13).

Jesús nos habla en el fragmento evangélico de este domingo que tenemos que ser fieles en el uso del dinero injusto, o sea, todo el dinero habido aquí en la tierra en comparación con el cielo que es inmensamente superior y de total gratuidad. Nos quiere decir Jesús que usemos todo lo que tengamos en esta tierra para ganar bienes en el cielo: ¿quién les confiará el verdadero bien? Este verdadero bien no puede ser otro que la vida eternamente feliz en Dios y para siempre. El Señor no nos podrá confiar, no es que no quiera, sino que de acuerdo a la experiencia y a su enseñanza, nos dice que el que es fiel en lo poco también lo será en lo mucho. Es decir perseverará cuando haya obtenido el verdadero bien, el que persiste para siempre.

Por eso el evangelio de este domingo concluye tan taxativamente: no se puede servir a dos señores o sea a dos patrones de mi vida. Indudablemente se inclinará por uno o por el otro, pero no servirá a los dos de todo corazón porque eso es imposible. En todo momento y para siempre el auténtico creyente en Cristo o en Dios en general, deberá elegir entre servir a Dios o al dinero. Muchos, lamentablemente, hoy han perdido este principio y están convencidos que eso es sólo para algunos creyente, los que han hecho profesión de vivir con voto de pobreza, los que se toman radicalmente el evangelio, los que no tienen bienes que administrar y disfrutar, etc. Pero Jesús es siempre claro y contundente: “no se puede servir a Dios y al dinero”.  O Dios es el Dios de mi vida y todo lo hago en referencia a él, como lo hacía Jesús todo en referencia a su Padre, o sino a veces me acordaré de Dios, y hasta quizá de vez en cuando le rezo, pero mi preocupación, mi vida, mis pensamientos, mis deseos, mis búsquedas, van detrás de obtener siempre más dinero. No importa si ya tengo mucho o muchísimo mi vida va en busca de más. Esa es la propia condenación que ya lleva en esta vida terrena: el que busca dinero nunca quedará saciado, siempre estará preocupado por obtener más. Esto evidentemente no lo podemos considerar del pobre que trabaja todos los días para poder vivir. Que necesita el dinero para subsistir. Pero aún en este caso, el pobre debe tener mucho cuidado que su vida no se estructure toda alrededor de sólo conseguir dinero, porque en ese caso, aun siendo pobre, su Dios sería el dinero y se olvidaría de Dios. Que lo mismo que el rico insaciable, este pobre se habría convertido en un esclavo del dinero, y aunque no lo tiene, vive para él, idolatrando el dinero y poniéndolo en el lugar que sólo debería ocupar Dios. “No se puede servir a Dios y al Dinero” (Lc 16, 13).

Fray Diego José Correa, OP

Buenos Aires, Argentina.

El rostro misericordioso del Padre

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Domingo XXIV durante el año

Ex 32,7-11.13-14; Sal 50,3-4.12-13.17.19; Tim 1,12-17; Lc 15,1-32.

“Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2)

Cuantas veces, querido amigo, hemos escuchado (si no es que lo hemos dicho nosotros), citar esta frase separándola de la “conversión del pecador”. “Él come con los pecadores, es tan bueno que nos quiere así como somos”… Sí, nos quiere como somos… pero es necesario estar siempre encamino de conversión, en nuestra relación con nuestro Señor.

Además de la belleza de las parábolas de la misericordia, mediante las cuales el Señor nos da a conocer el rostro misericordioso del Padre, muchas veces hemos insistido en que desde siempre, la doctrina del evangelio nos revela que el Señor llama, busca e invita a los pecadores, para salvarlos de sus pecados, y darles la Salvación. Lo cual excluye la aceptación del pecado como algo que ya no es pecado. Es, más, estas parábolas nos recuerdan, que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. La alegría misma del cielo, es decir, de Dios mismo, es la conversión del pecador. Por esto, nunca olvidemos que el camino de la misericordia, es el camino de la conversión, y con esto, el de la alegría de Dios.

Fray Mario Petit de Murat nos ilumina grandemente en su Retiro de Pentecostés, donde dice: “El cielo y el infierno están incoados en nuestras almas. Uno muy dentro, y el otro afuera, como costra que se desprende, cuando ves que esto no es tuyo, que lo tienes, pero que no es tuyo. ‘Yo pensé, yo sentí’. No, tú no eres eso: son andrajos a tus pies; eres nuevo y no conoces tu belleza, porque no has subido al ápice de tu mente, y el agua aún no se convirtió en vino” (pp. 19-20). Tú no eres eso… no lo olvides, amigo lector, no somos eso. Miremos la costra como costra, no como algo que forma parte de nuestra naturaleza humana.

Más adelante, nos hará fijar la mirada directamente en Cristo, el cual asumió nuestra condición humana en todo, menos en el pecado: “Es bueno, sin embardo, que la imaginación y las pasiones te zarandeen (están en tu alma, pero no son tuyas, entiéndelo bien). Jesús estuvo así, cubierto de toda suciedad, pero Él estaba dentro y no dejaba de ser el Hijo del Padre. Así está planteado el drama teológico en tu alma. Esa criatura vieja que cae pedazo a pedazo bajo la acción de la Gracia; todo aquello por lo que Jesús no ora. Y Dios está en tu magnífica alma que crece cada día, en ese martirio que clama en las miserias: ‘Esto no, sino Tú’. E inmediatamente se produjo el milagro de la resurrección, resurrección ganada en esa misma muerte. Cuando crecemos así es cuando vamos tomando el sabor de Dios, en quien están todos los deleites, ya que hasta los sentidos se gozan cuando gozamos a Dios” (p.20).

Con la transcripción de estas palabras del Padre Petit de Murat, deseo que veamos cómo, al recorrer por gracia de Dios el camino del hijo pródigo, nos configuramos con Cristo en su mismo Misterio Redentor. Por el mismo poder de su Encarnación, Muerte y Resurrección, y mediante la gracia que nos hace participar de tan gran Realidad de Salvación, ingresamos en la vida divina y nos sentamos a comer con Él, y Él nos acoge en el seno del Padre.

Ahora bien, luego de leer las parábolas de la Misericordia, volvamos al inicio de este discurso, a la acusación farisaica: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”…

Consideremos esto. Teniendo bien claro lo dicho más arriba, ¿no nos llena de gozo saber que este hombre recibe a los pecadores y come con ellos? ¿no nos hace rebosar de alegría pensar que Dios hecho hombre, nos recibe y come con nosotros? Pesemos esto en nuestra alma, en nuestra mente. El gozo del cielo, la alegría de Dios es que el pecador se convierta y vuelva a sus brazos. O como leemos en los Proverbios: su delicia es estar con los hijos de los hombres (cf. Prov 8,31).

Pidamos a la Santa Madre de Dios que nos auxilie para ser esa delicia de Dios, y en su gozo, deleitarnos en la compañía del Señor.

Fray Alberto M. Wernly, OP

San Miguel de Tucumán.

¿Qué quiere el Señor?

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Homilía para el domingo 4 de septiembre de 2016

El autor del libro de la Sabiduría afirma que es difícil para el hombre aventurar una respuesta a esta pregunta si no recibe de parte de Dios su sabiduría y al santo espíritu enviado por él. Ni las cosas de la tierra son tan asequibles a nuestras reflexiones, muchas de ellas llegamos a conocerlas con esfuerzo, ¡cuánto más las del cielo! Pero entonces, ¿cómo descubrir Su voluntad para nosotros?, ¿cómo conoceremos lo que él quiere para nuestra vida?

¿Quién podrá?

“Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables” (Rom 1, 20). Estas palabras de la Escritura sirven a santo Tomás de Aquino para fundamentar su respuesta sobre lo primero que conoce el hombre. Y no es ciertamente a Dios a quien conoce primero, pues “llegamos a su conocimiento por medio de la creaturas” (Suma teológica, I, 88, 3).

Ahora bien, ¿cómo podrá el hombre conocer la voluntad de Dios? Esta pregunta ronda en la mente de todos, de una manera esclarecida o a veces también dudosa y con reproche. Penetrando en lo profundo del corazón humano el salmista llega a transmitir el asombro ante la obra de Dios. Mientras la mirada se dirige al cielo para contemplar la creación puede así el hombre preguntarse por él mismo, “¿Qué es el hombre para que Tú lo recuerdes, o el hijo del hombre para que te ocupes de él?” (Sal 8, 5).

Y ciertamente es nuestra nada la que nos revela misteriosamente lo que somos a los ojos de Dios. Santa Catalina lo expresó de un modo admirable con estas palabras:

“Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz” (Diálogo, 167).

Enviándonos su Sabiduría es como llegamos a conocer los designios de Dios. Y es por ella que se enderezan los caminos torcidos y aprendemos lo que agrada a Dios (cf. Sab 9, 18). Cuando el salmista pide aprender a calcular los años pide algo excelente, pues ese cálculo sirve al hombre para recordar la fugacidad de los días de esta vida. El apego del corazón debe orientarse hacia lo único valedero, apego a Su amor misericordioso, fuente inagotable de la verdadera alegría. Que mejor que las palabras sagradas para convertirlas en nuestra oración diaria: “Sácianos con tu misericordia desde temprano, para que nos gocemos y nos alegremos todos nuestros días” (Sal 89, 14).

Discípulos

Lo que se desprende de la pequeña carta a Filemón traza maravillosamente la reflexión de un Pablo anciano y además prisionero de Cristo. El Apóstol desea recomendar de modo especial a Onésimo, su hijo espiritual, quien representa a los ojos del espíritu la fecundidad de quien se atreve a cumplir con el cometido evangélico de engendrar (bautizar) hijos para Dios. Las palabras que siguen son una hermosa lección de caridad: “Te lo envío como si fuera una parte de mismo ser” (Fil 12).

La nueva relación que une a Onésimo y a Filemón traspasa las barreras sociales, son ahora hermanos en Cristo por el bautismo. La vida cristiana se muestra así como una cierta irreverencia hacia las voluntades del mundo. La unión de los hermanos trastoca las condiciones sociales tanto como las implicancias del seguimiento de Jesús en relación a los lazos familiares. Los comentaristas hacen notar que justo en el momento en que -como relata Lucas- una multitud seguía a Jesús, volviéndose hacia ellos declara las condiciones del discipulado poniendo en aprieto la sinceridad de la adhesión: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre…” (Lc 14, 26).

Muchos lo seguían pero pocos habrían de ser considerados verdaderos discípulos. Por eso precisa el orden en que debe guardarse el amor hacia Jesús. Ir a Él y amarlo más que a los afectos más queridos, más cercanos. Con este mandato no quiebra la exigencia del cuarto mandamiento, pero reclama un recto amor a los hermanos y a uno mismo. Dice san Ambrosio que “…no manda el Señor desconocer la naturaleza, ni ser cruel e inhumano, sino condescender con ella, de modo que veneremos a su autor y que no nos separemos de Dios por amor de nuestros padres”.

Indagar acerca de la voluntad del Señor nos lleva a considerar seriamente el camino marcado por Jesús. En el anticipo de su propia pasión Jesús vincula el discipulado con la cruz y el seguimiento. Es cierto que el Señor llama a los que él quiere pero con estas palabras se presenta la otra cara del designio, es decir, la respuesta gratuita tal como lo es la elección. No se trata, sin embrago, de una respuesta irreflexiva. Quien se decide al seguimiento de Jesús debe sujetarse a ciertas consideraciones acerca del costo de tal emprendimiento. De ahí la razón de los dos relatos que aparecen a continuación (cf. Lc 14, 28-32).

Que el Señor nos conceda vivir plenamente este cometido, de modo tal que siempre que nos preguntemos acerca de la voluntad divina en nuestra vida podamos referirla a las claras aseveraciones que toda alma fiel deberá ser capaz de captar. Que a imitación de la Virgen María podamos guardar las “cosas de Dios” como un tesoro, siempre dispuestos a compartirlo con los hermanos y así llegue a arder también en ellos el “deseo ansioso” de verlo a Él.

             Fray Gustavo Sanches Gómez

Mar del Plata

Todo el que se eleva será humillado

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Homilía para el domingo 28 de agosto de 2016

 

 Querido hermano:

“Todo el que se eleva será humillado” nos dice Jesús. Hay una fuerte universalidad en estas palabras. Porque no se trata de tener cuidado, no sea cosa que  si nos elevamos, tal vez nos caigamos de nuestra altura. Un consejo así nos lo da san Pablo: el que piense que está de pie y seguro, que se cuide de no caer (Cf. 1 Cor 10, 12). ¡Cuidémonos de no caer! Sin embargo, eso no es todo.

 

Jesús vuelve a decirnos: “Todo el que se eleva será humillado”. Más aún: “el que se humilla, será elevado”. No se trata de que tengamos un temor a emprender grandes cosas, ni que mezquinemos nuestra generosidad para no correr peligro de sobresalir. El Señor no nos está   dando   clases   de   esa   corrección   política   a   la   que   tanto   nos acostumbramos.   Esa   corrección   que   sutilmente   nos   coloca   en   el centro de la escena al no arriesgarse nunca a dar testimonio de la Verdad. Falsas humildades e hipócritas tolerancias que son máscaras de   la   sed   del   poder   traidor   incluso   de   las   convicciones   más profundas.

 

El mismo que nos llama a no auto-elevarnos es el que también nos invita (el que nos manda) a que brille nuestra luz, la luz de nuestras buenas obras. ¿Para qué? Para glorificación del Padre celestial (Cf. Mt  5,  16).   El   ser  cristiano, contra   lo   que  pensaba  un   alemán  de bigotes, no es la exaltación de la pusilanimidad ni una cobertura de los timoratos para no atreverse al riesgo de afrontar la verdadera vida.

 

¡La humillación a la que Jesús nos invita a todos no es para espíritus mezquinos!   Por   el  contrario,  es  una   vida  que  lo   tiene   a  él  como primer   ejemplo.   Así   como   nuestros   primeros   padres   quisieron elevarse para ser como dioses, el Señor aceptó hacerse pequeño. No custodió   celosamente   su   riqueza,   sino   que   se   hizo   pobre   para enriquecernos con su pobreza. ¿Cómo ver en ese movimiento una traza   de   cobardía?   ¿Cómo   pensar   que   imitarlo   nos   hace  menos humanos y no más divinos?

 

Querido amigo, querido hermano: Nuestro Señor no quiere poco de ti. Somos tú y yo los que, tantas y tantas veces, esperamos cosas pequeñas de nosotros. En vez de buscar ser pacientes, queremos que nuestros heridos sentimientos  se   vean   reparados   inmediatamente.

 

En vez de una entrega silenciosa y madura, deseamos resultados sin esfuerzos. En vez  del verdadero afecto,  nos desvivimos por falsas superficialidades   que   deleitan   nuestra   propia   superficialidad.   Nos llenamos de cosas huecas, ¡de tantas cosas huecas!, para no afrontar nuestra oquedad. Nuestra insustancialidad.

 

No,   querido   amigo,   Dios   no   nos   quiere   para   cosas   pequeñas.   El mundo sí, y por eso nos regala con distracciones que nos alejan de lo verdaderamente   grande.  Jesús   nos   ha   invitado   a   un   banquete  de bodas. A una con muchos lugares. ¡Son las bodas del Cordero y su Esposa se ha embellecido! Si podemos alegrarnos en la verdad, veamos nuestros puestos. Fuimos llamados para uno de  ellos. No para nuestra propia auto-exaltación, pequeña cosa si las hay. Fuimos llamados para ser invitados de Dios, para comer en su banquete.

 

Para ser elevados por Él. Que ésta sea nuestra ambición, nuestro deseo de verdadera grandeza, nuestra altura y nuestro anhelo.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

Amén.

 

Fray Eduardo José Rosaz, OP

Córdoba, Argentina.

¿Es verdad que son pocos los que se salvan?

Homilía para el domingo 21 de agosto de 2016

Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” (Lc 13, 23)

 

En una primera lectura, del evangelio que nos coloca la Sagrada Liturgia (Lucas 13, 22-30) en el Ciclo dominical “C”, pareciera que es un fragmento donde Jesús recalca que son pocos, quizá muy pocos, los que se salvan. Pero si la leemos más atentamente y sobre todo teniendo en cuenta la primera lectura (Isaías 66, 18-21) y la segunda lectura (Hebreos 12, 5-7.11-13), también para este domingo, comprenderemos que es todo lo contrario. Es un gran universalismo de salvación, es una maravillosa apertura del banquete escatológico a toda la humanidad de todos los tiempos y de todos los lugares.

 

Efectivamente, si comenzamos por la atenta lectura de Isaías, veremos que es explícito Dios en enseñarnos que él mismo vendrá a reunir a todas las naciones y de todas las lenguas y todas vendrán y verán la gloria de Dios (Cf. Is 66, 18). Se trata del final de este profeta grande que es Isaías y de este fabuloso texto profético. Por este texto comprendemos directamente en qué consiste propiamente la vida eterna: ver, contemplar, la misma gloria de Dios. No tenemos una manera más teológica para expresarlo. Sabemos que incluye un inmenso contenido, inabarcable, eterno, sabrosísimo… que supera toda expectativa humana y toda imaginación. Sobre todo supera toda felicidad deseada o apetecida, que es en definitiva lo que buscamos cada uno de los seres humanos. Muchos, lamentablemente, no superan este concepto más allá del deleite carnal: comida, bebida, sexo… Y si bien, eso les puede servir como de acicate o entusiasmo para buscar esa felicidad, deben saber que es muy superior y mucho más placentera que toda satisfacción sensorial, de cualquiera de nuestros sentidos corpóreos, por lo tanto no estamos negando el valor y el bien de las satisfacciones corporales, aún consideradas después del pecado original, o sea, en nuestra actual situación de humanidad caída, pero no obstante dejada y querida por Dios mismo, pero el hombre  está llamado a algo muy superior y superador de esas emociones, que las sobrepasa admirablemente, la visión de la gloria de Dios.

 

También en esta primera lectura para este domingo, podemos encontrar algo muy lindo, que es la implicancia de nosotros, los seres humanos, en la invitación al resto de nuestros hermanos a conocer y a anunciar a todas las naciones, y aún desde las islas lejanas, la gloria de Dios. Nada mejor podremos hacer en este mundo que invitar a nuestros hermanos a conocer la gloria de Dios. Después, es también muy simpática la manera en que expresa el profeta de parte de Dios los modos tan diversos en los cuales llevaremos a nuestros hermanos hasta la montaña santa de Jerusalén, imagen de la gloria de Dios, sin duda. Unos los llevarán en caballos, otros en carros, otros en camillas, otros a lomo de mulas, otros sobre dromedarios, etc. Como poniendo todos los modos de transportar a otros que habían en ese momento. Hoy en día tantos otros podemos añadir, y tan numerosos, por tierra, aire y mar. Pero lo importante, creo, que es referir la diversidad que cada uno tendrá de “invitar” a sus hermanos a encaminarse hacia la Casa del Señor, y llevarlos como quién lleva una ofrenda sagrada y en un recipiente puro. La imagen es por demás elocuente y nos da para mucha imaginación. Dios mismo tomará de nuestras ofrendas algunos para hacerlos sacerdotes y levitas para su pueblo. Como los misioneros que llegan a África o una isla y, pasado el tiempo, ven cómo Dios mismo elige de entre esas personas misionadas algunos para constituirlos obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, etc. Signo manifiesto del agrado del Señor de nuestra “ofrenda sagrada”. Para esto no hay restricción sino universalidad. Por lo cual, en esta línea es de interpretar las enseñanzas de Jesús de que vendrán muchos de Oriente, Occidente, del Norte y del Sur a ocupar su puesto en el banquete de su Reino (cf. Lc 13, 29). No podemos ni debemos interpretar a Jesús en contra de Isaías.

 

Pero, tampoco debemos ignorar las advertencias de Jesús, sobre la seriedad que tiene que tener nuestra conducta cristiana una vez convertidos a la fe y de llevar el nombre de cristianos. Jesús es clarísimo: todos los obradores del mal, que también es traducido otras veces, como obradores de injusticia (Cf. Lc 13, 27 y Salmo 6, 9), no serán reconocidos por Jesús. El no ser reconocidos por Jesús (“no sé de donde son ustedes”), por más que protestemos títulos, amigos, prácticas, cercanías o pretendido conocimiento de nuestra parte a Cristo y a su Iglesia, él replicará siempre lo mismo: no los conozco. Entonces vendrá la tristísima noticia para ellos: sean arrojados fuera del Reino, donde habrá llanto y rechinar de dientes… imágenes muy fuertes del infierno. Por eso, no podemos de ningún modo negar la existencia del infierno, ni tampoco es importante saber el número de los condenados o salvados, lo importante es la coherencia de nuestra conducta con nuestra fe cristiana. No se puede ser discípulo de Jesús y obrar el mal o alguna injusticia. O sea, si nos acogemos a la fe y a la misericordia, debemos seguir viviendo hasta el fin de nuestros días en la misma fe y en la misericordia del prójimo, que es lo mismo que afirmar, que es imposible ser injusto con nuestros hermanos y pretender ser discípulo de Jesús.

 

De todas maneras, comenzar el cielo ya en la tierra, es obrar bien. Otra cosa es que por eso nosotros padezcamos de parte de los obradores del mal y tengamos que pasar por una puerta estrecha, pero eso en realidad es el problema grande de quién obra injusticia. Ninguna intranquilidad interior, ninguna paz del alma se puede perder si nosotros obramos siempre el bien y nos cuidamos mucho de cometer algún tipo de injusticia o sufrimiento de los demás. Cuando nuestra alma está en paz por obrar el bien entonces nada debemos temer, todo lo contrario, saber que podremos pasar al banquete del Reino porque hemos sido reconocidos por Jesús.

 

María, madre de Justicia, nos ayude a llegar al Banquete del Reino. Santo Domingo de Guzmán, nuestro padre, interceda siempre con su bondad por nosotros que somos pecadores.

“He venido a meter fuego en la tierra”

Homilía para el domingo XX durante el año

“He venido a meter fuego en la tierra y ¿y qué he de querer sino que arda?”(Lc 12,49)

1Si recorremos las lecturas de la liturgia de este domingo, fácilmente vemos que la vida de aquel que es fiel a Dios no es algo cómodo. Al contrario, es causa, en cierta manera, de múltiples sufrimientos. Sin embargo, eso no hace triste ni le quita belleza a la vida cristiana, a la vida de seguimiento fiel de la Verdad.

En primer lugar tenemos el ejemplo de Jeremías, el cual no cesó de predicar lo mandado por Dios, a pesar de no ser palabras cuyo contenido alagaría los oídos de sus oyentes. Jeremías fue fiel, y lo metieron en un poso de lodo; era políticamente incorrecto, sostenía lo contrario a sus jefes, pero como verdadero profeta hablaba desde Dios para salvar a los hombres. Decía la verdad por benevolencia, por caridad y misericordia. Amaba a Dios y por eso amaba a los hombres con el amor más elevado, ya que buscaba para sus hermanos el mayor de los bienes, a costa de la posibilidad de, no solo perder el afecto de ellos, sino aún más, de ser perseguido, injuriado y maltratado.

Sabemos que nuestro Señor llevó a plenitud todo aquello que los profetas anunciaban con palabras y signos (y también con sus vidas). Esto que el Señor nos dice hoy, el mismo lo vivió en su cuerpo y en su alma hasta la muerte y muerte de cruz. Pero, ¿qué movió a los perseguidores de Jesús?… conocemos la historia, y sabemos los motivos, pero es preciso tener presente ahora las palabras del mismo Jesús que leemos en el Evangelio de este domingo. El Señor habla de un fuego, de paz y de división. Comencemos por estas dos últimas, la paz y la división. Recordando la séptima bienaventuranza, y aquello que recordamos en cada Misa: “mi paz os dejo, mi paz os doy”; nos queda claro que el Señor distingue la verdadera paz, de aquella que da el mundo del pecado. Por este motivo, Santo Tomás de Aquino afirmará que “la salud del pueblo se ha de preferir a la paz de cualquier particular” (III, q. 42, a. 2, c.), ya que la verdadera paz es la salud del hombre, es decir, la Salvación del hombre, la comunicación de la vida divina que sólo Cristo puede darnos por ser el Verbo de Dios hecho carne. Esos particulares  de los que habla Santo Tomás, son los que se opondrán a los santos, aún entre sus más cercanos. Aquello que algunos maestros de espiritualidad llamaban: los espirituales, no comprendidos y combatidos, precisamente por aquellos que carecían del fuego que vino a meter Cristo en la tierra y que tanto desea que arda.

El primer fuego metido en la tierra es el mismo Verbo de Dios que asumiendo la condición de siervo, se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Pero que, no por carecer de pecado fue imperfecta su encarnación redentora. Cristo trajo a Dios a lo más profundo del hombre. Cristo, dándonos su Espíritu, que es fuego, infunde en nosotros la llama divina que estamos llamados a recibir y dejarla actuar como le es propio, es decir, quemando y encendiendo. Quemando nuestras miserias y encendiendo en nosotros los sentimientos y pensamientos de Cristo Jesús.

Nada fácil es esto para nosotros, aunque paradójicamente es él el que tiene la iniciativa y la fuerza misma para hacerlo. Basta rogar sin cesar con el deseo más hondo y humilde: que vengaa nosotros su reino, que se haga su voluntad en la tierra así como en el cielo. Esto es, que el fuego del cielo, arda en la tierra de nuestras vidas, y con ellas, encienda el mundo. Para esto es preciso renunciar cada día al mal (como lo hacemos también en el padrenuestro), creyendo y confesando,con nuestra vida, la asistencia de la gracia divina que obra no sin nosotros. Es por esto que la segunda lectura nos dice: “no habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado” (Heb12,4).El quemar y el encender del fuego del Espíritu Santo en nosotros, quiere salvarnos con nosotros, por lo que supone el poner todas nuestras fuerzas, toda el alma, todo el corazón, todo nuestro ser, a disposición de su obra.

No dejemos de bajar, de humillarnos, no cesemos de reconocer la necesidad de este fuego, pero tampoco olvidemos que ya está en nosotros; que por los sacramentos está en nosotros ese mismo fuego del que habla Jesús en el Evangelio, y que lo sigue derramando hoy en cada uno de nosotros cuando lo recibimos en el Bautismo. Pero precisamente el Bautismo no es solamente un rito,… es una vida,… es la misma vida del cristiano, que unida plenamente con Cristo en la Eucaristía, está llamada a morir y resucitar cada día.

Guardemos estas cosas meditándolas, pesándolas, en el corazón, como María, la Madre de Dios, para poder ser ese signo de contradicción que consiste en la Verdad y el buen Amor;como lo fue nuestro Padre Santo Domingo, anunciado ya en sueños a su madre: el perro del Señor que con una antorcha encendida en su boca incendiaba el mundo entero con aquella Palabra de Dios, más tajante que espada de doble filo.

A la espera del Señor

Imagen para el domingo 7 de agosto de 2016

HOMILÍA PARA EL DOMINGO 19º DURANTE EL AÑO LITÚRGICO

-7 de agosto de de 2016-

“¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” (Lc 12, 37). En este domingo el evangelista Lucas nos permite meditar la promesa de Jesús acerca de su recompensa, la que asegura a quienes aguardan su llegada. Una promesa que se inscribe en la misma línea que sigue toda su vida. El enviado de Dios, el santo, el Hijo de Dios vino a servir y no a ser servido. El que es nuestro Señor se hizo servidor nuestro.

Llamada

Desde la profundidad de la historia se escucha la voz de Dios que llama a sus fieles, no sin manifestar su predilección hacia el pueblo. Así lo describe el libro de la Sabiduría: “Tu pueblo esperaba, a la vez, la salvación de los justos y la perdición de sus enemigos” (Sab 18, 7). Afligiendo a los adversarios el Señor cubrió de gloria a los suyos y los “llamó” hacia Él. Esta llamada santa fue para hacer alianza con Él, lo cual solo pudo realizarse en el monte Sinaí cuando el pueblo salió de Egipto.

La luz de la fe guió aquella travesía, todo un pueblo envuelto en la gloria de Dios. Siguiendo en “la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb 11, 1). El impulso de las palabras de la carta a los Hebreos sirve de sustento para dar crédito de lo admirable de la llamada. Todos los que escucharon la voz de Dios y siguieron sus designios en la obediencia son llamados dichosos. Abraham partió para recibir la herencia, vivió como extranjero y esperaba la ciudad de Dios. Su esposa concibió en su vejez atendiendo a la promesa, pues de ellos nació aquella descendencia incontable.

El ejemplo de estos hijos de Dios es lo que reaviva el deseo del servicio y también de la espera a la vez serena y ardorosa. Es la expresión de la patria buscada, una patria mejor que la terrena y es en esto en lo que, como dicen algunos, Abraham se parece al cristiano. De hecho el remate de esta secuencia lo constituye el ejemplo de la obediencia de Abraham. Aunque con dolor, no negó a Dios su propio hijo Isaac siguiendo así el mandato del sacrificio. La razón de esto se expresa claramente en el mismo texto de Hebreos “Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo” (11, 19). La mano que mandó Dios a detener para que no se posara sobre la vida del niño constituye el símbolo de la resurrección de Cristo.

La recuperación del hijo nos hace pensar también en la misericordia de Dios, en la parábola del hijo que vuelve al padre, arrepentido por su alejamiento. La angustia de Abraham al escuchar que Dios le pedía el sacrificio de su hijo como la tristeza de aquel padre al ver partir a su hijo después del reclamo de la herencia son como los ejemplos más profundos del dolor de un padre que, desde el silencio del corazón grita llamando al hijo amado.

Servicio

Tanto Abraham como otros tantos personajes eminentes en la sagrada Escritura son modelos de obediencia a la llamada de Dios. Y como toda llamada es para algo, ese algo constituye un servicio. Así fue como tantos hombres y mujeres cumplieron con el servicio (misión) que se les encomendó.

En el Evangelio de este domingo, san Lucas nos ofrece la oportunidad de ahondar nuestra valoración del servicio cumplido en la comunidad. Pues, según los especialistas, la intención del evangelista es la de mostrar el significado eclesiológico del relato de los criados. La fidelidad de la administración de los bienes y el servicio en bien de los hermanos se cumple en la comunidad cristiana. Y aunque no significan exactamente lo mismo, criado y administrador se identifican en el servicio llevado a cabo en medio de la comunidad.

El ejemplo supremo del servicio, de lo que realmente significa ser criado y siervo se proclama abundantemente en la persona de nuestro Señor Jesucristo. El mismo Lucas lo mostrará bajo esta perspectiva: “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (22, 27). El fiel servidor es aquel que está en medio de la comunidad cumpliendo por obediencia el mandato especialísimo del servicio.

La pregunta de Pedro en la segunda etapa del relato revela la preocupación por el fiel cumplimiento de una tarea que a simple vista parece fácil. «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» (Lc 12, 41). Es notorio pero también congruente que el príncipe del colegio apostólico pregunte esto. Los administradores de la Iglesia muchas veces toman la actitud de los servidores que aun conociendo la voluntad de sus señor se dedican a realizar lo reprobable.

La llamada al servicio, a realizar lo que poco a poco vamos conociendo de la voluntad de nuestro Señor, nos ubica a todos en la misma línea de los servidores que ante todo deberán tener presente en sus vidas la vigilancia. Para estar alerta, para estar despiertos, para estar atentos es preciso que tengamos a mano una lámpara. La luz que esa lámpara irradie no nos dejará adormecidos. La Palabra de Dios y la Eucaristía junto a los demás sacramentos son nuestra luz, aquella que nos permite vivir en la espera ansiada del retorno de nuestro Señor.

Son la luz que guía nuestros pasos ahuyentando las tinieblas del pecado y que nos enciende en la práctica del servicio a los demás. Son nuestro tesoro que llevando a todos lados hará que todo resplandezca, aún lo oscuro y triste de esta vida.

Que la intercesión y el ejemplo de Santo Domingo de Guzmán nos permitan comportarnos como fieles servidores del Evangelio, llevando en nuestras propias vidas los signos del amor misericordioso de Dios.

Fray Ángel Gustavo Sanches Gómez, op

Noviciado, Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina

Busquen los bienes del Cielo…

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18º domingo durante el año litúrgico, Ciclo “C”

Este domingo en sus lecturas bíblicas está contrastado por la comprobación de la fugacidad de las cosas de esta tierra con la eternidad de las cosas de la vida futura. La primera lectura (Eclesiastés 1,2; 2, 21-23), a pesar de ser datado este pequeño libro bíblico a mediados del siglo III antes de Cristo, sin embargo, parece una página escrita en cualquier diario de hoy por un ciudadano de cualquier ciudad del mundo contemporáneo.  Tanta es su actualidad. Precisamente describe la vida cotidiana de una persona sometida a una intensa actividad, hecha con ciencia y eficacia, y sin embargo debe comprobar que todo es fugaz. Todo pasa. Sobre todo su propia vida. Lo que en un momento de su existencia terrena parecía lo máximo y lo mejor logrado, sin embargo, eso también será muy efímero y al poco andar ya lo mirará como un pasado que no vuelve. Lo peor de todo es que tanto esfuerzo y sacrificio, pasan y mirados a la larga desde el futuro para atrás, son como nada y pura vanidad. Es evidente que estamos en una etapa de la revelación bíblica y que no podemos darle una crédito como interpretación acabada, no obstante su realismo es admirable y nos prepara lejanamente para que un día el Mesías pueda proclamar “Felices los pobres” de Lucas 6, 20. El desprendimiento de todo lo creado, para quedarnos solamente con la riqueza que no puede ser atacada por ningún ladrón y que no se roe ni la polilla la alcanza. El sabio Cohélet, que en este libro viene personificado como Salomón, el rey Hijo del Rey David y el más sabio de todos los hombres de la tierra, es capaz de percibir con toda nitidez los sentimientos reales de las personas concretas y cotidianas. Lo hace con tal sensatez que de su descripción hoy en día, como en siglos anteriores y en los posteriores, siempre aparecerá como totalmente presente. Esto diferencia la palabra de Dios de la palabra humana, que ésta al pasar del tiempo va quedando como de otra época, por más que guste y sea admirable. La Palabra de Dios, aún en sus diversas etapas de la evolución de la revelación, goza siempre de ese sabor de eternidad y por lo tanto de vigente.
            No obstante esto, es evidente que a esa visión del Eclesiastés falta lo que pronto vendrá aún en el mismo período del pueblo de Israel con los Macabeos, lleno de fe y esperanza, y sobre todo con la súper revelación de la época mesiánica. Justamente y muy atinadamente, la sabia liturgia católica ha colocado, como segunda lectura de este domingo, el texto de Pablo a los Colosenses 3, 1-5. 9-11, que parece contrastar y llenar de sentido esa angustia kafkiana de la primera lectura.
            Efectivamente, Pablo de Tarso, nos recuerda una verdad fundamental de nuestro bautismo: ustedes han resucitado con Cristo. Por lo tanto ya no debemos buscar en primer lugar los bienes de la tierra, que al final, como dice la primera lectura, son pasajeros, y debemos sí o sí abandonar, y mirar hacia los bienes futuros o celestiales donde ahora vive y goza Cristo, y a los cuales estamos también llamados nosotros a deleitarnos por nuestra injertación en el Cuerpo de Cristo por nuestro bautismo; y, por lo tanto a compartir su misma suerte y herencia. Justamente, si aspiramos a esos bienes celestiales, debemos tener nuestros pensamientos puestos en esas cosas de aquél mundo todavía futuro para nosotros, pero ya realísimo para tantos seres: ante todo para Cristo mismo y para los santos ángeles e innumerables almas de los rescatados, que ya comparten esa feliz situación inacabable, aunque sin que puedan todavía gozar en plenitud, por faltarles su propio cuerpo, que han de recuperar definitivamente el día del juicio final.
            Difícil en el mundo tan inmediatista en que vivimos sumergidos, y por otro lado a disgusto, imaginarnos el acontecimiento de la manifestación de Cristo y nuestra incorporación a él del mismo modo que él ya está: gloriosamente. Más difícil es pensar nuestra vida oculta con Cristo en Dios en esta vida mortal. Vida de la propaganda y la mostración, la exhibición y el aparecer, es más del cotejar y comparar, del competir y sobresalir. Todas cosas que deberían ser ajenas  a la mentalidad cristiana de los seguidores de Jesús. Ocultos con Cristo. Yo siempre me lo he imaginado a este texto paulino como una espiritualidad del querer vivir en el corazón mismo de Cristo, llenos de amor, de felicidad, de paz, de entrega sin límites, pero sobretodo de tranquilos y serenos, con una esperanza muy activa en que de ahí ha de pasarse a la plena manifestación de la gloria definitiva en la patria común, donde todo será visible para todos y donde nada será oculto, y donde nadie sentirá envidia, sino alegría del bien ajeno.
            Por eso es que Pablo, en este mismo texto, nos llama a hacer morir en nosotros la lujuria, la impureza, los malos deseos, la avaricia y el engaño. De este tipo de vida surge, precisamente, el hombre nuevo en nosotros, hombre que no se detiene y sigue creciendo y renovándose constantemente en el conocimiento perfecto de Cristo, hasta llegar a ser la imagen que nuestro Creador quiso y pensó, para cada uno de nosotros en el momento que nos llamó a la existencia.
            Con eso se logra ya aquí en la tierra la eliminación definitiva de toda discriminación. Ya no hay pagano o judío, circunciso o incircunciso, ya no hay bárbaro o extranjero, ya no hay esclavos y hombres libres, todos, absolutamente todos, somos iguales y no sólo eso, sino uno sólo en Cristo, como constituyendo el Cuerpo real de Cristo. Anhelamos ese momento, que por lo visto, tanto falta en nuestro mundo actual, donde las diferencias entre los seres humanos en vez de anularse de día en día, parecen crecer y ser todavía más fuertes. Todo esto no sólo proviene del hombre viejo, sino sobre todo de los demonios, enemigos de nuestra raza humana, que quieren nuestra extinción y nuestra condenación, y por eso fomentan las diferencias entre nosotros, como si fueran verdades identidades de otros seres no humanos. La variedad y las razas, no sólo no conspiran contra la unidad, sino para el enriquecimiento y complementariedad maravillosa de este cuerpo único de Cristo, que conformamos todos los seres humanos y que un día será pleno y total en el cielo.
            Finalmente, en el evangelio de este domingo (Lucas 12, 13-21), Jesús nos enseña que nos debemos liberar de toda avaricia o deseos de acaparamiento de bienes materiales. La única riqueza que permite Dios, es crecer indefinidamente frente a sus ojos, o sea, haciendo el bien con nuestros bienes materiales. O sea, el verdadero rico, es el que con sus bienes es capaz de hacer bien a los demás, y de este modo asegurarse las ganancias para la vida futura, donde Dios no dejará de recompensar a nadie, ni el más mínimo gesto de generosidad con su hermano aquí en la tierra. La parábola del rico que acumula y agranda sus graneros para tener más bienes acumulados para el futuro terrenal, le sirve a Cristo de medio para enseñarnos el desprendimiento que debemos lograr frente a esos bienes de la tierra (dineros, campos, propiedades, etc.). Insensato esta misma noche vas a morir y ¿para quién será todo y lo mucho que has acumulado? ¡Cómo tenemos evidencias de esto diariamente nosotros en Argentina, con nuestras noticias que no dejan de sorprendernos, de los que han acumulado dinero sobre dinero, robando al estado mismo y a los pobres del país de una manera desfachatada y feroz! Vergüenza nacional y personal nos da que argentinos, la mayoría de ellos bautizados, hayan perpetrado tales robos en tan largos años al estado o erario público. Nosotros aquí en la tierra, con razón reclamamos justicia y queremos que los jueces argentinos con toda imparcialidad, apliquen las penas que según leyes argentinas les corresponden. Pero esto, por más que sea, no es nada en comparación con el temido infierno para aquellos que no sólo no se arrepientan de todo corazón y pidan perdón, sino también de que restituyan todo lo robado. Justa reparación. Por eso el Evangelio de este domingo concluye con tan sabias y amonestadoras palabras de Jesús: “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 21).
Fray Diego José Correa, OP
Mendoza, Argentina.