Aquel que viene …es más poderoso

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Homilía II Domingo de Adviento

Esta contundente afirmación la realiza el Bautista en medio de la advertencia acerca de la necesidad de producir los frutos de una sincera conversión (Mt 3, 8). Un programa simple y a la vez desafiante para este tiempo de Adviento.

 No juzgará según las apariencias

Lo que el profeta proclama es la muestra del poder indiscutible de Dios, cuyo juicio escapa a las previsiones humanas. Es como una oda al poder incorruptible de Dios: “no juzgará según las apariencias ni declinará por lo que oiga decir” (Is 11, 3).

La rectitud del juicio se expande a todos, no se muestra favorecedora ni con unos ni con otros. Mira al consuelo de los humildes pero en función de la justicia que “ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas” (Is 11, 5). Se trata aquí, como lo afirman los comentaristas del Libro de Isaías, del advenimiento de los tiempos mesiánicos. Como lo hace la Virgen en el Magnificat quien “profetiza, en sus varios aspectos, una sola cosa: el triunfo de los pobres…”.

Aquél que viene tiene el enorme poder de restaurar todas las cosas, revirtiendo las conductas, haciendo que lo que antes era daño y destrucción; ahora el mundo sea cubierto con un manto de paz. Esto es a lo que se refiere la imagen que el profeta ofrece de los tiempos mesiánicos: la ferocidad de los animales se vuelve mansedumbre (cf. Is 11, 5-9).

Quizá sea esto lo que debemos reproducir en nuestra vida, cambiando la ferocidad de los malos pensamientos, sentimientos y acciones en palabras y obras que manifiesten esa mansedumbre y el deseo de reconciliación. Para que busquemos “andar juntos” con aquel hermano al que creemos irreconciliable.

Los mismos sentimientos de Cristo

San Pablo expresa este precioso deseo a la comunidad de los romanos. Pues, “con un solo corazón y una sola voz” deberemos todos juntos dar gloria a Dios (cf. Rom 15, 6). Lo mismo que hizo Cristo debemos hacer nosotros, si hemos recibido consuelo eso debemos dar, si hemos sido acogidos por Dios debemos acoger a todos, si Cristo se puso a nuestro servicio eso debemos imitar en relación a todos, especialmente con el carente de protección (cf. Rom 15, 7-8).

Si todos estos frutos no son producidos, cuya raíz es una sincera conversión, entonces habrá corte y desecho. Lo que asegura el Bautista es más una proclamación dichosa del que ha de venir, es la invitación permanente a tomar cada vez más conciencia de la dignidad del bautismo por el que hemos recibido el Espíritu Santo.

Preparar el camino implicará también cooperar en la desarticulación de las raíces de cizaña aún presentes en nosotros. De modo que cuando Él pase encuentre el camino abonado de buenas obras. Ser cooperadores de la obra de amor por la que el Divino hortelano viene a trabajar: “tiene en su mano la horquilla y limpiará su era…” (Mt 3, 12).

fray Gustavo Sanches

Mar del Plata – Argentina

Así también será en el Adviento del Hijo del Hombre

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Homilía para el I Domingo de Adviento (ciclo A)

Querido hermano, compañero en la espera de la Parusía:

Uno de las maneras más hermosas y más solemnes de llamar a Jesús está en el comienzo del Apocalipsis. Resulta muy complicado traducirlo de modo que se pueda combinar la elegancia de nuestra lengua con la exactitud de los términos en el idioma original. Podríamos intentarlo con la afirmación de que El Señor es “el-que-es, el-era y el-viniente” (Ap 1, 4 y 1, 8). Un gran escritor argentino dice, al comentar estos versículos, que en inglés puede hacerse, con atractivo y con corrección gramatical, la siguiente versión: “the Being, the Was, and the Coming-on One”, lo que sería equivalente, en un castellano bárbaro a “el Siendo, el Era y el Viniéndose”.

Estas palabras resuenan en el Evangelio que proclama la Iglesia en el primer domingo de Adviento. Jesús es el Señor que viene. No sólo el que vendrá, sino el que viene. El Viniente. Lo que está llegando y se acerca no es el castigo inminente ni el temor de una calamidad (¡“uno será llevado, el otro dejado”!), sino la presencia del Único que es. Porque es el Único-que-era. Porque es el Único Viniente.

El Adviento nos coloca hoy en un momento único. ¡Cuántos de nosotros, a esta altura del año civil, comenzamos a clamar por un fin, por la culminación de los trabajos! ¡Cuántos de nosotros no pueden hacerlo, porque sumidos en la pobreza y en la indiferencia de los poderosos, ven el descanso vacacional sólo como una tierra de promisión a la cual nunca parecen llegar! Nos aúna un clamor que busca que acaben nuestras fatigas y angustias. El Adviento que hoy comienza nos muestra cómo el anhelo legítimo, pero parcial, del hombre no es más que un reflejo de la sed más profunda que lo aqueja. La búsqueda del descanso para el corazón inquieto que no sacia si no es con el infinito.

Comienza el tiempo de Adviento. Podemos estar como los contemporáneos de Noé: ocupados en asuntos muy legítimos, muy urgentes, muy importantes. Podemos estar en el campo, porque tenemos que trabajar para sustentarnos. Podemos estar moliendo, cocinando, preparando lo necesario para nuestro cotidiano subsistir. No me malinterpretes, querido amigo. ¡Son realidades verdaderamente importantes! El trabajo, el cuidado de los demás, los detalles en los cuales transcurre lo más importante (que no pasa ni en la elección de un presidente, ni en los truculentos pormenores de la estrella de turno, ni en lo-mal-que-estamos, ni en lo-peor que estábamos – y no, tampoco, en lo-mejor-que-estábamos). Nuestro Señor no menosprecia estas realidades. Por el contrario, es un buen amigo que supo disfrutar de la compañía y del cuidado de sus cercanos; es uno que supo ganarse el pan cotidiano con su trabajo.

Si prestamos atención a la advertencia de Jesús, podemos comprobar que había dos hombres trabajando y había dos mujeres moliendo. Pero sólo uno, sólo una, pudieron recibir al Viniente. ¡No nos detengamos en una mirada autocomplaciente! Tú y yo podemos ser los dejados. O podemos ser los llevados. ¡Todo depende de su Gracia! Como todo depende siempre de Él (y no a pesar de ello), debemos andar como en pleno día, vestidos de la luz que Él irradia, con dignidad. Así nos amonesta el Apóstol Pablo, el ansioso del Viniente: ¡Basta de excesos!, ¡basta de lujurias y esclavitudes!, ¡basta de envidias y peleas!

Detengámonos, querido compañero, en el Viniente. Se acerca su Parusía, su Adviento, su Presencia (que son, las tres palabras, la misma cosa). Hoy su Parusía es más próxima que ayer. ¡No (sólo) porque falte menos tiempo! Hoy es más cercana porque es el que viene continuamente. Es el que vino y el que vendrá. El que vino en humildad, recostado en un pesebre y crucificado como un pecador, y el que vendrá en Gloria para reinar y juzgar. Pero es también el ya presente, porque ya nos reviste, el que nos alegra “porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe” (Rm 13, 11).

Jesús, tú eres el viniente, el que viene. ¿A dónde vienes, Señor, si no hay lugar en donde no te encuentres? ¿Puede existir alguna cosa, puede permanecer una realidad cualquiera, si tú no estás misteriosamente en ella? Y, sin embargo, eres el Viniente. Porque si tú nunca dejas de estar en todo lo que es, en todo lo que es bueno, y verdadero, y bello, el hombre (¡tú y yo, querido hermano!) puede pretender que tú eres el Ausente. Que tú eres el Yente, no el Viniente. Que tú te has ido y que así (¡pensamos tú y yo: sólo así!) hay una parcela en la existencia que escapa a tu mirada.

¡Señor, tú que vienes, purifica nuestro corazón! Ven, Jesús, a nuestras vidas, tú que nunca estás lejos. Ven, porque sólo así nosotros podremos ir hacia Ti. Ven y danos tu Gracia, fuente de todo bien, para que podamos ser llevados contigo y no seamos dejados atrás. Amén.

 fray Eduardo José Rozas

Códoba – Argentina

 

Vencido vence.

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Solemnidad de Cristo Rey

            Mofado, escarnecido, burlado. El pueblo mira al crucificado (Cf. Lc 23, 35). Les parecía increíble lo que estaban contemplado. El Maestro, el que decía ser el Mesías, el que obró tantos milagros, el que llamaba a Dios “su” Padre. El que fue reconocido por el cielo como el Hijo de Dios, ahora inmóvil, vencido, crucificado agoniza. No hay duda que va a morir. Terrible el castigo y espantosa la muerte. ¿Pero si hay Dios y es ese el que predicó Jesús qué Dios tan perverso que no se compadece ni de su propio Hijo? Todos sabemos que es un caso de corrupción máximo de la justicia y el poder político. No sólo no hizo nada malo que no merecería ni siquiera un solo azote, sino todo lo contrario, pasó su vida haciendo el bien. Nadie jamás pudo dudar de que mintiera, ni en lo más mínimo. Entonces, ¿si hay justicia divina cómo permite esta crueldad pavorosa?

Es el rey de los judíos. Es la mayor burla de un gobernante que odia a los gobernados y odia a Jesús. Poniendo así (lo escrito escrito está) humilla y avergüenza a ambos: al crucificado y a todos los judíos. Les guste o no, es de ustedes. Ustedes lo han crucificado. Yo no soy judío ni estoy aquí en este cargo por agrado o elección personal. Bien lejos de aquí estaría a gusto gobernando un pueblo sometido y servil que no levanta la cabeza. Pero ustedes, son rebeldes, siempre en pugna con el poder que los domina, y ahora este judío que pretende no sólo ser el rey de ustedes sino también y por sobre todo “el hijo de Dios y Dios como su padre”… jajaja, no me hagan reír… qué es ese Dios teniendo un hijo y ahora encima en vez de mostrar su poder de hijo de Dios se deja humillar, escarnecer, vituperar y crucificar por mi poder, por mis soldados… judíos, no me hagan reír… les maté al rey de ustedes y ahora se terminó todo. Está vencido para siempre. Siempre recordarán que yo, Pilato, les he matado el rey Dios de ustedes judíos… ahora para siempre deberán ser esclavos del poder invencible que es el imperio romano. Ahora lo saben de nuevo, pueblo rebelde y obstinado.

El vencido, el triturado, el no ayudado por nadie, ni siquiera por el cielo, es sin embargo el vencedor. No terreno. No de prudencia humana. No de sabiduría de los hombres. Hasta aquí llegó tu lógica oh hombre hijo del pecado original. Ahora comienza a obrar la fe en el Dios de Jesús. No es el dios que los hombres han pensado y concebido en sus mentes. El Dios de Jesús es desconcertante. Es totalmente otro, distinto. Oh hombre, o mujer, sino te despojas de “tu sabiduría”, de “tu lógica”, de “tu yo humano”, no podrás acoger al Dios de Jesús. No pongas resistencia. Simplemente ábrete. Simplemente déjate iluminar. Deja que Jesús sea plenamente el Dios único y total de tu vida y comprenderás maravillas de maravillas. Verás que la cruel muerte del Rey de los Judíos es el triunfo definitivo sobre la muerte misma y sobre la tristeza única del hombre que es el pecado.

Celebramos el domingo de Cristo rey de universo y la liturgia de este domingo nos pone para nuestra enseñanza y meditación el texto de la Crucifixión de Cristo (Lucas 23, 35-43). Qué paradoja. Desde el madero reina y desde el duro madero nacerá su Reino. Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Te lo aseguro, dice el rey crucificado, hoy estarás conmigo en mi reino, el paraíso. Todo cobra sentido, el libro de los siete sellos, escrito por dentro y por fuera, lo explica el cordero degollado resucitado. La resurrección vence la muerte, pero para siempre y de todos los que aceptan al crucificado rey de los judíos. Sí, Jesús es nuestro Rey eterno y universal, y no hay ninguno más. Él nos compró al precio de su sangre y le pertenecemos. Hemos sido lavados en su agua y sangre, por eso nuestro Bautismo nos injerta en Cristo Rey del Universo y nos hace reyes y sacerdotes para Dios nuestro padre.

Señor Resucitado, aumenta nuestra sed de ti, sácianos con la fe que tenemos y haznos dignos de alcanzar misericordia. Misericordia que ahora concluimos en el año de la Misericordia, que alabamos y queremos alabar eternamente y que mientras tanto suplicamos todavía en este valle de lágrimas.

Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina.

«In patientia vestra possidebitis animas vestras» (en vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas, Lc 21, 19)

Domingo XXXIII durante el año I Mal 3,19-20; Sal 97,5-9; 2Tes 3,6-12; Lc 21,5-19.

Querido lector:

Nos encontramos ante un texto del santo Evangelio, donde nuestro Señor, que no cesó de llamarnos a vivir su caridad, nos hace abrir los ojos. Quiere mostrarnos que no es verdadera caridad la ingenuidad que se niega a ver o reconocer el mal y la mentira.

El santo es aquel que vive de la fe en Dios, y que esperándolo todo de él, lo ama ardientemente y por sobre todas las cosas, y ama –por amor a Dios– a su prójimo, a sus hermanos. Pero esto es algo verdaderamente distinto de ser un ingenuo o un tonto. El santo está llamado a ser templo indestructible de Dios, por ser templo espiritual. Éste es, el templo y la morada que se ha construido Dios en los últimos tiempos, por medio de Cristo, y enviándonos su Espíritu. Dios quiere disponer en nosotros una morada sagrada, en la que habitar, no hecha por manos de hombres, sino, por sus propias manos. Ese templo estamos llamados a ser nosotros en nuestras almas, y como piedras vivas del Templo que es el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia unida a su Cabeza.

Por esto, el Señor –aun refiriéndose a la futura destrucción del templo de Jerusalén–, en primer lugar, quiere enseñarnos claramente que «nada hay de lo hecho por los hombres que no sea destruido por la vejez, o derribado por la fuerza, o consumido por el fuego» (San Ambrosio). Nada de lo construido en este mundo, tiene valor, si no está unido a lo que es eterno, a Dios. Por esto, en cuanto al templo de nuestra alma, dice san Ambrosio: «se destruye cuando falta la fe; y principalmente cuando alguno invoca en falso el nombre de Jesucristo, pugnando con su conciencia».

El Señor, no busca que estemos alarmados o enloquecidos por las catástrofes y las guerras, y por el fin del mundo (del cual no sabemos ni el día ni la hora). Jesús, nos pide algo que a veces se confunde con lo anterior, nos pide que estemos vigilantes. El santo es alguien que está vigilante, por un lado, de la primera llamada que es la muerte de cada uno, y de la Venida en gloria para Juzgar al fin de los tiempos, donde juzgará a cada uno según sus obras; por otro lado, está vigilante, despierto en medio de la noche de confusión, de mentiras y de maldad del mundo, buscando la claridad, la verdad y el bien en la realidad y en las cosas, sabiendo que proceden de Dios. Por eso nos dice: «Mirad que no seáis engañados». El santo está llamado a buscar la verdad, y a esto, precisamente, lo hace por amor. Y busca ardientemente que su hermano no se pierda a causa de la mentira, por no invocar, o invocar en falso, el nombre de Jesucristo (como decía san Ambrosio). El santo está inquieto y vigilante, porque conoce lo que «dice el Señor: “Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Invóquenme y los escucharé y pondré fin a su cautiverio”» (Cf. Jer 29, 11.12.14, Introito de la Misa); porque sabe cuáles son los designios de Dios, y sabe que estamos en cautiverio a causa de no invocarlo y de no escucharlo. El santo, vive como hijo, alegre bajo la mirada de su Padre, pero sabe que si no obedece o vuelve a su Padre –que es infinitamente misericordioso– se perderá irremediablemente en el cautiverio. El santo sabe que este cautiverio, es y atrae más castigos sobre los cautivos…, y que «todo lo que consagramos a la práctica del pecado, se nos convertirá en motivo de castigo» (San Gregorio). Porque el santo no confunde la misericordia con el falso perdón despiadado del padre que no tiene la caridad de corregir a su hijo para que vuelva a la verdad y al buen camino. El santo sabe que la misericordia no consiste en dejar sin formación a sus hijos, bajo el pretexto de que él elija de grande, privándolo de la verdadera capacidad de elegir que se forma con la inteligencia de un buen maestro, y no espontáneamente. El santo recuerda que el Señor, como buen padre, al perdonar a la pecadora le dijo en adelante no peques más. El santo sabe que debe reparar y sufrir unido a Cristo por sus pecados, y que de este modo, y sólo unido a Cristo, esta reparación tendrá valor de eternidad. El santo, al invocar al Señor en verdad, puede decir: «Mi dicha es estar cerca de Dios, y poner mi refugio en el Señor» (Sal 72, 28, antífona de comunión).

El Señor, nos habla de guerras y sediciones, «las guerras son propias de los enemigos, y las sediciones de los ciudadanos: para que sepamos, pues, que seremos turbados exterior e interiormente, dice que tendremos que sufrir de nuestros enemigos y de nuestros hermanos» (San Gregorio).

El Señor no nos quiere locos ni alterados, sino serenos y vigilantes, firmes y enamorados de la Verdad, de Cristo, y realizando esta verdad en el amor. El Señor quiere que nosotros seamos santos. El Señor quiere que tú, que estás leyendo, seas santo. Para que cuando llegue a buscarnos y nos tengamos que presentar ante él, no busquemos escapar, sino que, con humildad y confianza, nos levantemos y alcemos nuestra cabeza, pues llega nuestra liberación (Lc 21, 27-28).

Pidiendo a Nuestra Madre santísima la gracia de ser santos vigilantes para la venida del Señor, te propongo ahora que reces con confianza y atención la oración colecta de este domingo: «Señor y Dios nuestro, concédenos vivir siempre con alegría bajo tu mirada, ya que la felicidad plena y duradera consiste en servirte a ti, fuente y origen de todo bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amen.»

Fray Alberto M. Wernly, OP

San Miguel de Tucumán

Hijos de la Resurrección

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

Aquellos hermanos, los que murieron por amor a las leyes y los que murieron sin dejar descendencia, están hermanados en Aquel que es la Vida, el que da la Vida. Son hijos del Dios de los que viven. Son los que despertando a la vida verdadera se sacian de la presencia del Señor. Y como Él es la resurrección y la vida, de lo que se ven colmados es de resurrección y vida.

Los pies firmes en el camino señalado

Este versículo del Salmo que canta la liturgia en este domingo resulta una hermosa y clara descripción del itinerario seguido por los siete hermanos que dieron su vida por Dios. Ellos son como el gozne martirial entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Son la antesala de la firmeza con que un alma fiel es capaz de dar la vida por Aquel en quien cree. Claro que comparten el mérito con los profetas, a quienes persiguieron y mataron.

No obstante, es significativo que en medio de los tormentos emita uno de ellos, en nombre del conjunto, una de las expresiones más contundentes de la fe en la resurrección: “Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes” (2Mac 7, 9). Junto a esto quedan ligados otros pasajes, como el del profeta Isaías: “Vivirán tus muertos; resucitarán los muertos míos. Despierten y exulten los que moran en el polvo; porque rocío de luz es tu rocío, y la tierra devolverá los muertos” (26, 19).

Pero la expresión tan vívida del segundo hermano a punto de morir es una muestra patente de la firmeza del corazón dispuesto a seguir el camino indicado por Dios hasta las últimas consecuencias. Ello no puede ser más que la suprema condición de quien ha dirigido largamente sus pasos y todo su ser hacia el camino del bien. “Y mis pies se mantuvieron firmes en los caminos señalados: ¡mis pasos nunca se apartaron de tus huellas! Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes: inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras” (Sal 16, 5-6).

Esteban “…exclamó: He aquí que veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está de pie a la diestra de Dios” (Hch 7, 56). La visión del protomártir es como una confirmación del anhelo del salmista cunado afirma que gracias a la justicia del Señor podrá contemplar Su rostro, saciándose de Su presencia al despertar (cf Sal 16, 15). Esta confesión es la comprensión de los que aguarda a los fijan en Él sus ojos.

Fijar en Él nuestros ojos significará unir nuestra mirada a Aquel que es el todo de nuestra vida con la mirada puesta en aquel que necesita: el que tiene hambre, sed, está enfermo, preso, desnudo, etc. De modo que, bajo ningún aspecto nos sea ajeno el entender y poner por obra lo que cristo nos manda: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mt 25, 40).

Un Dios de vivientes

La cuestión con los saduceos continúa en el templo y es una de las tantas ocasiones en que perversamente buscan poner a prueba la legitimidad de la predicación de Jesús. El mismo dará cuenta de su autoridad al exponer “su fe y confianza en el poder de dar la vida del Dios que anuncia en el templo” (Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, p. 190).

Los Padres de la Iglesia concuerdan en señalar que los saduceos, quienes no creían ni en la resurrección, ni en los ángeles, inventaron la fábula de los siete hermanos para burlarse de los creían en la resurrección. San Ambrosio compara a la mujer de la historia con la samaritana de la que sabemos, por boca de Jesús, que tuvo también varios maridos. Aquella mujer es como la representación de la sinagoga, pues teniendo esposos sin embargo permaneció sin descendencia. La infertilidad de los hermanos es expresión de una religiosidad vacía moldeada en la apariencia de las formas exteriores pero sin vida interior plena, la que de verdad engendra hijos para Dios.

Por esto mismo, el contraste entre los hermanos de la historia de los saduceos con los del Libro de los Macabeos, es tan fuerte porque de la entrega generosa de los siete hermanos y su confianza en la resurrección como obra de Dios podemos aprender lo que significa “sembrar vida”. El ejemplo de los que aman a Dios y se comportan según este amor va generando en el camino de esta vida nuevos hijos para la eternidad. Es por ello que jamás debemos menospreciar el eco que toda obra buena realizada por amor a Dios y a los hermanos puede tener entre nosotros.

La Palabra de Dios nos llama a reflexionar en la fecundidad de una vida entrega al Señor, hecha de la siembra de pequeñas semillas que dan mucha vida. Vida que es pura confesión del Dios de los vivientes. Pues, como dice San Juan Crisóstomo: “el Señor no se goza tanto cuando se le llama el Dios del cielo y de la tierra, como cuando se le llama el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Y así como entre los mortales ciertamente los criados son llamados por el nombre de sus señores -como arrendatario de tal señor-, Dios se llama, en sentido contrario Dios de Abraham” (Catena Aurea).

Que nuestro Señor Jesucristo, primicia de la los que resucitaron, nos conceda la gracia de vivir siempre dando vida, en medio de un mundo que aunque teme hablar de la muerte paradójicamente vive propiciando la muerte de tantas maneras. Que todos, Señor, podamos ser llamados “hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (cf. Lc 20, 36). Que todos seamos verdaderamente vivientes, viviendo sólo para Ti.

fray Gustavo Sanchez Gomez OP

Mar del Plata – Argentina

El camino de Zaqueo

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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

El Evangelio según San Lucas nos sigue presentando este domingo la prolongada subida de Jesús hacia Jerusalén, lugar donde se consumará la entrega voluntaria de su vida a cambio de la nuestra que estaba condenada a muerte por desentenderse de Dios, su fuente. La última parada de los peregrinos a la ciudad santa es Jericó, donde Jesús tendrá este simpático encuentro con Zaqueo, jefe de publicanos.

Conocido es ya que los publicanos eran colaboradores de Roma, la potencia invasora, para el cobro de impuestos, y que además abusaban de su cargo para recaudar de más, eran gente con muy mala fama, considerados impuros y por lo tanto con los cuales no se debía tener contacto si no se quería quedar excluido del culto. Zaqueo no sólo era publicano, sino jefe de publicanos, reduplicativamente alguien a quien evitar. Esto es lo que se veía desde fuera, esto es lo que explica la murmuración de la gente respecto de Jesús, ya que decide ir a alojarse su casa.

Si no nos dejamos llevar por las etiquetas sociales que daban cuenta de Zaqueo, podemos descubrir al menos dos cosas sobre su actitud ante Jesús. La primera: su deseo de conocerlo que se manifiesta en la situación casi ridícula de subirse a un sicómoro para poder verlo pasar, pero aún, más la alegría con que lo recibe.

Sin embargo, hay otra cosa que nos habla de la disposición interior de Zaqueo, que habitualmente se nos pierde en la traducción. Cuando éste dice: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”, pareciera darse a entender que a causa del encuentro con Jesús, Zaqueo decide rectificar su conducta. Esto bien podría ser así, pero no es el caso. Estas acciones que presenta el publicano son algo que ya viene realizando, los verbos están en presente: “doy” y “devuelvo”. Esto manifiesta que Zaqueo estaba preparado para el encuentro con el Señor porque  su obrar, si bien aún entremezclado con una profesión y costumbres objetables, había comenzado hacer el bien en lo que estaba a su alcance.

Así el Evangelio de hoy nos presenta la disposición de corazón, la búsqueda genuina y traducida en obras de bien que pueden ayudar a reconocer al Señor cuando pasa por nuestra vida o la de los demás. Hasta tanto esto ocurre, se podrán vivir momentos de claroscuros donde haremos el bien en algunas obras pero aún sin resolvernos a enderezar toda nuestra vida. La búsqueda de la verdad será lo que haga posible que algo bueno salga de allí, el mismo Señor nos puede asistir con gracias especiales (actuales) para poder encontrarlo, aun cuando todavía no vivamos en estado de gracia santificante. Desde fuera, esta situación puede no dar buen aspecto, incluso se nos podrá tener por pecadores como a Zaqueo, aun cuando estemos subiendo al sicomoro o experimentando la alegría del encuentro con el Señor pero sin poder todavía plasmar esto en todas sus consecuencias.

Este es el fundamento por el cual la Iglesia puede rezar en la misa por los hombre de buena voluntad que buscan a Dios obrando en conciencia, porque quien busca la verdad busca a Cristo aunque no lo sepa. Pidamos al Señor que nos ayuda a promover todo lo bueno y verdadero que hay en nuestra cultura para poder facilitar el encuentro de los hombres con el Señor y sobre todo a no condenar según la apariencia exterior los caminos de nuestros hermanos.

fray Emiliano Vanoli OP

Mar del Plata – Argentina

Misericordia Veritatis

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Oración del fariseo y del publicano. Mosaico de la Basílica de Sant’Apollinare Nuovo (Ravenna, s.VI).

Domingo 30 del tiempo ordinario

  • Ecclo 35, 12-14; 16-18
  • Sal 33
  • 2 Tim 4, 6-8; 16-18
  • Lc 18, 9-14

El texto evangélico de este Domingo prácticamente no necesita presentación. Un lugar y un tiempo de oración. Dos hombres, dos maneras de dirigirse a Dios, dos juicios de Jesús. Sin embargo, esta página de Lucas no es sencilla. ¡Pobre de mí si quisiera enseñar el sentido de ella! La comparación entre el fariseo y el publicano ha recibido innumerables comentarios, reflexiones y consideraciones. Sólo te propongo, querido lector, una reflexión. Que el Espíritu Santo, verdadero maestro interior, nos ilumine y nos conduzca más plenamente a la verdad.

Decíamos que no es sencilla. De tanto escucharla, tal vez nos acostumbramos. O, tal vez peor, nos hicimos de esta parábola idea demasiado simplificada. La extendida llamada a ser espontáneos, descontracturados e informales nos lleva a un natural desprecio por el fariseo arrogante y formal. ¡Podemos terminar haciendo un reproche al fariseo… como verdaderos fariseos! En una caricatura del Evangelio, que no deja de estar guiada por su enemigo, podemos dirigirnos a Dios diciéndole: “Te doy gracias, Señor, porque no soy como ese fariseo”. De esta manera, podemos estarnos alejando de aquello que Jesús nos quiere transmitir, quedándonos en superficialidades. De esta manera, como ya no nos preocupamos si comemos con las manos ritualmente impuras (cf. Mc 7, 2-4), podemos pensar que el fariseísmo no nos afecta.

Pero también el publicano puede ser mal comprendido. No sólo por aquellos que, como el hermano mayor de la parábola, no se alegran de su retorno a la casa del Padre. Su figura puede volverse inaccesible para los que no parecen pensar que dicha vuelta sea necesaria, y prefieren la región de la desemejanza antes que el calor del hogar paterno. Porque el publicano en el Templo tiene una verdadera conversión, como tantos otros durante el paso del Verbo Encarnado por nuestro valle de lágrimas.

No olvidemos el trayecto de Jesús. Él se dirige resueltamente a Jerusalén, Ciudad del gran rey, “altura hermosa, alegría de toda la tierra” (Sal 47, 3). Pero, también, “la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados” (Lc 13, 34), en la que Jesús será rechazado, sufrirá y recibirá la muerte. Al entrar en esta ciudad, es aclamado por los pequeños. Pero los fariseos buscaban que callaran, obteniendo la dura respuesta de Jesús: “Si ellos se callan, gritarán las piedras” (Lc 19, 39-40).

Poco antes de este ingreso, y poco después de contada esta parábola, el Señor va a Jericó, en donde tiene un encuentro profundo e íntimo. No con un fariseo. Por el contrario, con un defraudador, un colaborador con los enemigos invasores, un pecador. Se trata de Zaqueo, el recaudador de impuestos que recibe el mejor obsequio que podamos esperar: ¡que Jesús permanezca en su casa (cf. Lc 19, 5)! ¿Cómo no podría recibirlo con alegría si había llegado la salvación a su hogar? ¿Cómo no se volvería a él, restituyendo todo lo que había robado? El Hijo del Hombre le devolvió su dignidad de hijo de Abraham. Como la mujer que se alegra por encontrar la dracma perdida, Jesús halla lo extraviado. Pero él no sólo se goza, junto con los ángeles en el cielo, sino que devuelve la alegría al que se había perdido.

La necesaria conversión de los extraviados, los enfermos a los que el médico viene a curar (cf. Mt 9, 12), quiere decir que el pecador no se encuentra en amistad con Dios. Pero nuestra felicidad está sólo en ser amigos de Dios. Por eso, en la primitiva motivación del fariseo hay algo positivo. El deseo de cumplir la voluntad paterna no sólo es algo que no hay que rechazar, sino que es lo que Jesús nos enseña: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 14). Es importante no olvidar esto: el Señor quiere la conversión del pecador y quiere que podamos vivir su voluntad. No como el déspota que manda arbitrariamente, sino por un exceso de amor que no soporta nuestra infelicidad. Al vincular la amistad con el cumplimiento de sus preceptos no nos impone una carga exterior, sino que nos ilumina sobre nuestra vocación última de comunidad familiar con él.

Ahora bien, ¿cuál es el reproche de Jesús a los fariseos? Lo vemos en el texto de hoy. Ciertos hombres “se tenían por justos y despreciaban a los demás” (Lc 18, 9). En muchas ocasiones, en el Evangelio lo señala de una manera similar: es la hipocresía (cf. Mt 7, 5; 22, 18; Lc 13, 15).

¿A qué nos referimos con esta palabra? A una duplicidad, que esconde lo que es real, a través de alguna máscara. De hecho, en sus orígenes griegos, este término estaba relacionado con el teatro. El que interpretaba un papel, simulando un personaje que no era, era un hypokrités. Por eso, el que oculta lo que está en su corazón con un barniz de piedad y de falsa santidad es el hipócrita por excelencia.

Sin embargo, creo importante señalar que puede haber, al menos, dos tipos de hipócritas. Tal vez el más común sea el que esconde su trampa y su mentira haciéndose pasar por bueno. Realiza lo malo, pero aparenta bondad hacia los hombres. Es una hipocresía buscada, voluntaria.

Pero hay una hipocresía mucho más sutil, porque se asienta en la verdad. Es la que tiene el que, efectivamente, realiza buenas obras. No quiere esconderse: “ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias”. ¿Acaso está jugando un rol teatral? Tal vez sí. Pero supongamos que no. No necesariamente está dentro de nuestra primera clasificación. Por eso, Jesús les dice: “Esto es lo que había que practicar, aunque sin omitir aquello”. ¿Qué es aquello? “La justicia y el amor de Dios” (Lc 11, 42). Por esta razón, el fariseo que se escandaliza del perdón del pecador, debe aprender “qué significa: Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mt 9, 13).

El corazón del hombre, rebuscado y fácilmente engañable, puede llegar a pensar que con esas pequeñeces su pecado deja de contar. En la época de Jesús eran diezmos y ayunos, hoy podríamos pensar otras cosas. Pero hoy, como siempre, Juan nos recuerda: “Si decimos: ‘No tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1, 8). Nuestro Dios busca el reconocimiento de nuestras faltas y el pedido de reconciliación. Pecadores y malos como somos, pedimos piedad al Señor. Bondadoso y misericordioso como Él es, no sólo perdona, no sólo olvida ni sólo corre su rostro, sino que nos convierte en hijos adoptivos, admitidos a su intimidad, llamados a “reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29).

Después de haber dicho todo esto, tenemos que volver a lo principal. Porque en esta parábola, el personaje central no es ni el fariseo ni el publicano. Es Jesús. Él se nos revela como el que conoce el corazón del hombre, sabe que en su interior hay desprecio y mentira. Como Verbo y Sabiduría del Padre, discierne nuestro pecado, por el cual dejamos la fuente de agua viva y vamos detrás de cisternas agrietadas, que guardan aguas estancadas y muertas (cf. Jr 2, 13).

Este conocimiento de Jesús, que es algo propio de Dios, no tiene que hacérsenos pesado. Por el contrario, tenemos que verlo como una real Misericordia Veritatis, una “misericordia de la Verdad”. Al darnos a conocer la verdad de nuestro corazón, Jesús nos ofrece un remedio y una vía de conversión. Por eso, confiados en aquél frente al cual no hay hipocresía posible, sino que escruta nuestro interior, podemos cantar con el salmista (Sal 138, 23-24):

           

Señor, sondéame y conoce mi corazón, 

ponme a prueba y conoce mis pensamientos, 

mira si en mí está el camino de la mentira, 

guíame por el camino de la eternidad. 

 

Amén.

fray Eduardo José Rozas OP

Córdoba- Argentina

La oración triunfa

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Homilía para el domingo 16 de octubre de 2016.

(29º Durante el año litúrgico, Ciclo Dominical “C”)

En este domingo la liturgia de la Palabra de la Eucaristía para hoy nos presenta decididamente el valor de la oración (Éxodo 17, 8-13). O sea, dialogar con Dios, como lo hace un amigo con su amigo, una madre con su hija, un hermano con su hermano, etc. Muchas personas a veces dicen: “padre, es que yo no sé orar”. Yo les digo, pero si es lo más simple que hay. Les digo ¿usted alguna vez conversa con otra persona? Me miran como diciendo, obviamente. “Sí, claro que hablo con muchas personas”, me responde, entonces yo les digo: “eso hágalo con Dios y ya estará rezando”. No importa que a Dios no lo vea. Él sí que lo ve a usted. No sólo lo ve, sino que lo oye siempre. Nunca está distraído. Al contrario, siempre está sumamente atento a cada palabra suya, a cada gesto, a cada petición. Tampoco Dios se cansa nunca de oírle hablar, todo lo contrario, se pone muy feliz de oírlo y a medida que usted le habla, Dios más y más lo ama a usted, o al menos, usted toma conciencia del infinito amor de Dios hacia usted.

En esta primera lectura de hoy que hemos mencionado, el pueblo de Israel que va por el desierto hacia la tierra prometida, se encuentra con enemigos comandados por Amalec, que les cierran el paso. Como dicen los padres de la Iglesia, este es como el signo del Demonio que se interpone en nuestro caminar hacia la patria prometida, el cielo. ¿Qué hace su óptimo caudillo, Moisés? No dice: “vamos todos a luchar contra las fuerzas enemigas de Amalec”. Encarga a su ayudante principal, Josué, que elija a algunos de sus hombres (evidentemente los mejor preparados para combatir), y que vayan a presentar batalla al ejército amalecita. ¿Qué hace Moisés? Sube al monte a orar. Allí estará todo el tiempo de la batalla con las manos tendidas al cielo para impetrar de Dios el éxito de Josué y sus hombres. Moisés lleva dos acompañantes para la oración. Pero también tiene en su mano el bastón de Dios, con el cual ha obrado y seguirá obrando milagros. Pero Moisés es anciano y se le cansan los brazos de tanto tenerlos tendidos al cielo. Entonces, sus dos asistentes  le hacen un asiento de piedras, donde Moisés puede estar sentado para la oración y cada uno de ellos le sostiene los brazos, porque ya habían podido comprobar que mientras Moisés tiene los brazos en alto vence Israel, pero cuando Moisés, por cansancio bajaba los brazos, vencía Amalec. Entonces le sostuvieron los brazos desde el amanecer hasta el anochecer y de ese modo ganó la batalla el pueblo Dios y pudo seguir adelante su camino para llegar a la tierra prometida. Todo esto, es evidente que nos quiere enseñar algo muy importante para la vida de todo auténtico creyente: ganar nuestras batallas contra el mal, sea el que sea, depende no sólo de nuestras fuerzas humanas (ya que los israelitas lucharon con gran esfuerzo y profesionalismo), sino sobre todo del querer y del accionar divino. Dios quiere que nosotros tomemos conciencia de esa realidad y no que nos fatiguemos solos pensando que nuestra labor es suficiente para vencer al enemigo del hombre y del bien en general. De ahí la insistencia constante de la Iglesia en el valor de la oración tanto para vencer al mal, como para ejecutar el bien.

Si pasamos al fragmento evangélico que hoy nos presenta la liturgia (Lucas 18, 1-8), comprobaremos más aún la importancia de la oración que ya nos ha enseñado la primera lectura del libro del Éxodo. Ante todo, el mismo evangelista Lucas nos introduce en el tema diciendo que Jesús dijo esta parábola con una finalidad muy precisa: enseñarnos que es necesario orar siempre y sin desanimarse. La parábola trata de un juez inicuo al cual una pobre viuda le suplica que le haga justicia. El juez como es una deplorable persona, que ni teme a Dios ni le importan los seres humanos, no le hace caso. Pero la mujer llena de necesidad y paciencia, sigue suplicando día tras día a ese juez que le haga justicia. Finalmente, como diríamos en criollo, la viuda le gana por cansancio. Tanto le fastidió y no se cansó de ir una y otra vez, que finalmente el juez “se la sacó de encima” (esta es la finalidad de que la haya atendido),  haciéndole justicia o sea respondiendo a su demanda. Es lo que pasa en este momento en nuestro país de Argentina: miles de personas suplican a la justicia hasta en los más remotos lugares de la patria que se haga justicia. Unos jueces por temor a los injustos y ladrones que son poderosos, otros jueces porque están recibiendo dádivas de ellos para no obrar, otros por falta de medios adecuados y sobre abundancia de tareas acumuladas, etc. etc., son pocos y muy lentamente los que hacen justicia en nuestra Argentina. Realidad que por cierto no es extraña a otros países latinoamericanos.

Jesús pretende dejarnos algunas cosas seguras con la enseñanza del evangelio de este domingo: Dios no es un juez injusto que no responda a las demandas de sus fieles suplicantes; segundo, aunque demore Dios hará justicia, ¿cuándo?, ¿cómo?, no lo sabemos, pero sí que hará justicia. Tercero la importancia de no cansarse de suplicar por esa intención por más que pase muchísimo tiempo sin que el acontecimiento se concrete. Quizá, como enseña San Juan Crisóstomo, el bien está justamente en pedir, y por eso Dios no lo concede, ya que el mayor bien se ha asegurado: que esa persona esté siempre pendiente de Dios ante su necesidad. En cuarto lugar, puede ser que venga a menos la fe de las personas y entonces no sólo se canse de pedir, sino que se debilite mucho o toda, la esperanza de la persona respecto de Dios. Bien sabemos que perdida la fe, se pierde también inmediatamente la esperanza y también el amor, que era motor por lo cual orábamos pidiendo buenas cosas generalmente para nuestros prójimos. En quinto lugar, Dios hará justicia en un abrir y cerrar de ojos. Eso puede ser en el momento menos pensado por el que suplica o porque en el juicio particular o en el juicio general y final, Dios hará plenamente justicia a todos y cada uno de los seres que han existido en la humanidad. Esto no lo dudemos. El juicio particular, que tiene lugar en el mismo momento de la muerte de la persona, se complementará y perfeccionará en el juicio general y final de la humanidad al fin del mundo.

Pero este evangelio termina con una pregunta de Jesús muy inquietante: ¿Cuándo Jesús regrese a la humanidad finalmente, encontrará fe sobre la tierra? O sea, que en los tiempos finales la fe de las personas puede enfriarse o directamente perderse, como está pasando en la actualidad y es progresivo desde algunas décadas atrás. Momento verdaderamente trágico. Sin fe nadie puede salvarse. ¿La segunda venida del Señor sería más para condenar a los que en ese tiempo vivan que para salvar? La pregunta está formulada sobre la misma afirmación de Jesús. También él la hace en signo de interrogación no de afirmación. No podemos nosotros forzar la intervención de Jesús, y solamente podemos preguntarnos, si efectivamente será así o no. Por de pronto lo más necio de nuestra parte sería no importarnos nuestra fe personalmente; lo más sabio y prudente sería aumentar nuestra fe de día en día, ya sea por la escucha de la palabra de Dios, la atención atenta de la predicación de la Iglesia, la práctica de los sacramentos de la fe, el ejercicio efectivo de las obras de misericordia, al menos alguna(s) de las 14 obras de misericordia, que tanto nos recuerda en este año de la Misericordia el Papa Francisco. Amemos a Dios y temamos el juicio donde sólo la misericordia dada y recibida nos salvará.

Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina.

 

Levántate y vete, tu fe te ha salvado

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Homilía para el Domingo 9 de Octubre

XXVIII durante el año

2 Rey 5,10.14-17; Sal 97,1-4; 2 Tim 2,8-13; Lc 17,11-19

Querido hermano, estos domingos la liturgia nos ofrece unos textos del capítulo XVII del Evangelio según San Lucas, en el que en medio de las enseñanzas de Cristo, los apóstoles le dicen: “auméntanos la fe” (v. 5).

Sobre el texto del domingo pasado (“somos siervos inútiles; lo que debíamos hacer, hicimos”, v. 10), Santo Tomás nos trae a consideración un texto de San Beda, quien concluye: “Somos siervos, porque hemos sido comprados por precio; inútiles porque el Señor no necesita de nuestras buenas acciones, o porque no son condignos los trabajos de esta vida para merecer la gloria; así, la perfección de la fe en los hombres, consiste en reconocerse imperfectos después de cumplir todos los mandamientos”.

Ahora bien, este domingo, el Señor quiere hacernos dar un paso más en el aumento de nuestra fe, mediante un hecho milagroso, cuyo diálogo no debemos descuidar en lo más mínimo. En su camino hacia Jerusalén, le salen al encuentro diez leprosos, pero se quedan a distancia y sólo se le aproximan por sus gritos, mediante los cuales manifiestan su anhelo. Luego, lo sabemos… Jesús los envía a presentarse a los sacerdotes, y sólo uno, al verse sanado, volvió a dar gracias.

Basta una sola expresión para ver claramente que lo que este acontecimiento tiene por fin: “tu fe te ha salvado” (v.19). No es solo la salud del cuerpo, sino la del alma, la que da la fe que han rogado a Cristo los apóstoles. ¿Acaso dice el evangelio que a los otros nueve les volvió la lepra? No. Sin embargo, el verdaderamente salvado, por tratarse de la salvación verdadera, es el que tuvo fe.

Pues bien, podemos preguntarnos ahora en que consiste esta fe que queremos –junto con los apóstoles- que el Señor aumente en nosotros. Para esto repasemos el diálogo: “Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros” –gritan los leprosos- (v. 13). La primera invocación es a Jesús como maestro. Luego, al verse curado, el samaritano “volvió atrás glorificando a Dios” (v. 15); y Jesús, dijo: “¿no se hallaron quienes volviesen a dar gloria a Dios, sino ese extranjero?” (v. 18). Del ruego al Maestro, a la glorificación de Dios. En esto consistió el camino de crecimiento en la fe de ese extranjero: en un paso del miedo distanciador de la impureza de la Ley, a la confianza humilde y postrada rostro en tierra ante Aquel que no purifica sólo la lepra del cuerpo, sino también y sobre todo, la del alma. Un mero maestro de la ley o de cualquier otra filosofía, será siempre incapaz de dar al hombre lo que verdaderamente lo sana. Sólo Dios, un maestro que es Dios, puede infundir y escribir en el hombre, en su corazón, la ley de salvación, la del Amor divino, el único capaz de sacar al hombre de la lepra de su miseria.

Hay algo más, que tiene que ver con la lepra, el agradecimiento, y la fe. Una de las peores lepras que puede padecer y retener el hombre es el no agradecer, origen de otra lepra que se cuenta entre las más pestilentes: la del resentimiento, y estas, encuentran su raíz en la peor, la de la soberbia. Pero… y esto, ¿qué tiene que ver con la fe? Al experimentar en él, la curación de la lepra física, al modo de los sacramentos, el Espíritu le manifestó la divinidad de Aquel que lo había curado. Ese extranjero, que siendo uno, simboliza la unidad de la fe, al haber recibido este don, vuelve confiado a postrarse ante la grandeza de Aquel que, no sólo conoce y ve sus pecados, sino que es el único que puede aniquilarlos por el poder divino de su amor. El único amor capaz de recrearnos, el Amor de Dios,… que es Dios.

Ante esta escena podemos ver que la fe nos alcanza la humildad al vernos ante la Majestad divina; pero la fe crece y se purifica a su vez por la misma humildad. La humildad dispone al hombre mediante el reconocimiento de su ser creatura, de su ser pecador, pero sobre todo, de ser el destinatario de los dones divinos y el objeto del amor de Dios; la humildad le hace reconocer los dones, el amor y la gratuidad de Dios, y lo convierte en gratitud y alabanza. Por esto, concluye este comentario San Beda diciendo: “Cayó con la faz sobre la tierra porque se acordó del mal que había hecho, y se avergonzó; y Jesús le mandó que se levantase y se fuese, porque al que se prosterna conociendo humildemente su debilidad, merece que la palabra divina le consuele y le mande adelantar en el camino de obras más santas. Si la fe salvó a aquel que se había postrado a dar gracias, la malicia perdió a los que no se cuidaron de dar gloria a Dios por los beneficios recibidos. Por estos hechos se da a conocer que debe aumentarse la fe por medio de la humildad, como se explica en la parábola anterior (la de los siervos)”.

Pidámosle a la Esclava Santísima, cuya humildad miró Dios, que nos haga semejantes a Ella y a su Hijo, que siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz (cf. Flp. 2, 6-11). Que mirándolo a Él en la contemplación de sus misterios en el Rosario de María, el Señor nos dé la forma de su Hijo, y como hijos fieles de santo Domingo seamos alabanza, bendición y predicación viva del Evangelio de Dios.

Fray Alberto M. Wernly, OP

San Miguel de Tucumán

El deber del perdón

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Homilía Domingo 2 de octubre

XXVI Tiempo Ordinario ciclo C

El Evangelio de este vigesimoséptimo domingo del Tiempo durante el año nos presenta sin ningún tipo de preludio dos temas bien importantes: el perdón y el deber. Se habla, sin más, de la necesidad del perdón ante las ofensas conferidas y de la lealtad a la tarea concedida. Entremezclados aparecen el hermano que peca y el servidor del campo, ellos son la ocasión para destacar las virtudes que hemos de ejercitar en relación con el prójimo. Veamos de qué manera podemos aprovechar estas nobles enseñanzas.

Reprimenda y arrepentimiento

El capítulo 17 se inaugura con la potente advertencia a los discípulos, de modo que no lleguen a ser ellos mismos la causa del escándalo para los que desean seguir el camino recto, pero que aún permanecen débiles. “Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lc 17, 1). Así es como Jesús declara que tanto los discípulos avanzados como los principiantes deben cuidarse de no ser motivo de escándalo, pues las limitaciones y fragilidades no son ajenas a nadie. Con ello se descubre que “los discípulos pueden ser tan débiles como los niños ante la poderosa fuerza de la persona que les hace caer en la apostasía” (R. J. Karris OFM, Comentario al Evangelio de Lucas).

El cuidado que debemos profesar unos por otros llega hasta lo más profundo del alma disponiendo además de la discreción que mira a sanar lo que se presenta como contrario a la caridad. Ante el pecado que lleva a la división los pasos son bastante claros: debe haber reprimenda, arrepentimiento y perdón. El perdón alcanza así la cúspide de esta secuencia de verdadera caridad. Quizá sea ésta la clave que nos permita aprender a vivir intensamente el perdón entre nosotros. Puede servir de ¡parate! a la propensión inmisericorde de acentuar el regaño y la fijación en el error y en el pecado de los hermanos. De igual modo nos es muy útil para alcanzar un equilibrado ejercicio del perdón sin desestimar la reprimenda como necesario cauterio para alcanzar la salud.

Ahora bien, quién podrá realizar esto con arreglo a lo que la caridad nos manda a efectuar. Para ello, como siempre, debemos atender a las palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo.” (Lc 17, 4). El perdón de las ofensas no es una regalía por pura complacencia de nuestra parte, es un mandato sacrosanto que viene de Aquel que se ha dignado a perdonar nuestras propias faltas. Por eso buscamos atender a Su palabra que nos dice: “perdónalo”. En todo esto la escucha generosa del hermano que se arrepiente tiene un lugar preponderante. El Señor nos manda también a escuchar: “me arrepiento”. De modo que cuando seamos nosotros los que rogamos el perdón también seamos escuchados para que no nos suceda como en la profecía de Habacuc: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches, clamaré hacia ti: ¡Violencia, sin que Tú salves!” (Hab 1, 2).

Simples servidores

Lo que sigue en el Evangelio de Lucas es la tan difundida imagen de lo que es capaz de producir una fe auténtica. “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería” (Lc 17, 6). Esta fuerte afirmación es ilustrada por la suposición del servidor dedicado a las tareas campestres. La morera y el servidor se ven así vinculados por el servicio en la obediencia. Ambos deberán hacer caso respondiendo con prontitud a los que se les manda: “arráncate de raíz” y “prepárame la cena y recógete la túnica para servirme” (Lc 17, 8). La morera es un árbol lo suficientemente grande y extenso en raíces como para que resulte dificultoso el hecho de que pueda arrancarse sólo y crecer bajo el agua. De igual modo, puede ser tanto o más dificultoso que alguno se crea lo suficientemente bien plantado en las propias seguridades como para escuchar al Señor que nos dice: “arráncate de raíz”.

Con frecuencia la soberbia se instala de tal manera que va haciendo crecer en nosotros raíces de envidia, orgullo, vanidad y tantas otras cosas que nos impiden hacer caso. Y contra eso nada mejor que “reavivar el don de Dios” (cf. 2Tim 1, 6). Porque el espíritu que el Señor nos ha dado es de “fortaleza, de amor, de sobriedad” (cf. 2Tim 1, 7). Que sean estas las herramientas con las cuales podamos arrancar la soberbia del corazón está probado por la experiencia. Cuanto más vivimos las virtudes, cuanto más nos encaminamos por el sendero de la humildad tanto más se apartan de nosotros las sombras del bullicio que no permiten que escuchemos la voz de Dios.

Es esa simpleza con la que podremos vivir de un modo más armónico nuestra relación con Dios y también con los hermanos, sin los accesorios de las palabras elegantes pero vacías o de las obras interesadas por la honra más que de difundir el bien. En esto mucho tenemos para aprender de la conducta pura de la Santísima Virgen, quien vivió plenamente la serena humildad. Es ella quien puede aleccionamos en la entrega cotidiana del servicio. Con ella contemplamos el altísimo servicio que realizó nuestro Señor Jesucristo, quien se encarnó, pasó haciendo el bien, padeció las ofensas de los hombres, fue muerto en la Cruz y nos trajo la alegría de la resurrección.

Que en este mes que iniciamos, la contemplación de los misterios del Rosario hagan surgir en nosotros la caridad auténtica que mira a la obediencia que escucha, acoge y cumple el mandato del perdón. Sobre todo por la memoria agradecida del perdón recibido en nosotros mismos como don inestimable de Dios.

fray Ángel Gustavo Sanches Gómez

Mar del Plata