Justicia y misericordia

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25/10/15 I Fray Alberto M. Wernly, OP I    

“Jesús… miraba (aspiciebat) cómo la gente depositaba su limosna»” (v.41).

 

  Para comenzar, querido hermano, es necesario tener bien claro que esta es una acción reservada a Cristo, por la simple razón de que él es Dios. No nos corresponde a nosotros sentarnos a mirar cómo la gente deposita su limosna, ayuna o hace sus oraciones.

 

  Para entender mejor esto podríamos preguntarnos: ¿cómo nos mira Jesús?, ¿cómo nos mira Dios?, ¿qué mira o en qué fija su mirada? … desde ya, la respuesta a esta pregunta no puede ser agotada ni exhaustiva por el mismo hecho de nuestra finitud y nuestra reducida mirada sobre la realidad; y la infinitud y total conocimiento que tiene la Sabiduría eterna tanto de su obra entera, como de su tesoro más preciado, a saber, nuestros corazones. Sin embargo, podemos tener presente algunos rasgos de la mirada de Dios. En primer lugar, como ya hemos dicho, es total, y conoce la verdad total de cada cosa. La mirada de Dios, a diferencia de la mirada del hombre, crea y da la esencia a las cosas; por el contrario, la mirada del hombre está llamada, no a dar la esencia a las cosas sino a recibirla como algo dado por Dios. Luminosa diferencia entre el Creador y la creatura que deberíamos tener un poco más presente los hombres de este siglo que todo lo queremos torcer a nuestro gusto –y digo torcer porque por más que se quiera, la realidad o la verdad de las cosas no la podemos modificar-.

 

  En segundo lugar, si la mirada de Dios es totalmente verdadera, podemos decir que su juicio sobre lo que ve es máximamente justo. Y esto sabemos que se refiere especialmente al corazón del hombre, desde donde brotan sus actos propiamente humanos. Dios juzga tanto los actos como el corazón, porque Dios ve tanto una cosa como la otra. Nosotros solo vemos los actos externos. Ahora bien, nosotros ¿podemos juzgar? … en esto es preciso ser claros como lo fue san Agustín: “condenar el pecado, no al pecador”. Hoy se confunde tantas veces, unas por comodidad cómplice y otras por ignorancia, el objeto de juicio, y se termina condenando la capacidad misma de juzgar, llegando así a una contradicción total. Se dice: “yo no soy quien para juzgar”, y luego falsamente se concluye: “da igual una cosa como la otra”. Sí, yo no soy quien para juzgar el corazón del que roba, del que mata, del que comete adulterio, del que es homosexual, del que no honra a sus padres, del que desprecia a su prójimo, etc., … pero sí debo juzgar que es malo robar, matar, cometer adulterio, consentir la homosexualidad, no honrar a los padres, despreciar al prójimo, etc., porque Dios mismo, tanto a través de su ley inscrita en la creación, como en su revelación nos lo ha enseñado.

 

  Y con esto, es preciso tener en cuenta un tercer elemento de la mirada de Dios: la misericordia. Este rasgo fundamental de la mirada y del juicio divino es inseparable de la justicia. La misericordia es esa especie de tristeza ante el mal presente en el prójimo, que mueve al que la padece a socorrer o remediar dicho mal. Por tanto, vemos que la verdad sigue iluminando y siendo la fuente primera, luego, los dos brazos, el de la justicia y el de la misericordia buscan: el primero, dar el bien que corresponde a cada ser, y el segundo, dar el bien como remedio de los defectos. La justicia parte de un juicio verdadero de las cosas, y la misericordia, del dolor entrañable por el mal que sufre aquel que amo.

 

  En Dios estos tres elementos -la verdad, el juicio justo y la misericordia- se dan en perfección y plenitud, y por tanto están presentes en la mirada y en el corazón de Cristo. Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿cómo miramos nosotros?, ¿qué miramos nosotros?, ¿es nuestra inteligencia creada verdaderamente humilde, que se abre a la verdad dada por su Creador, y sólo a aquella que le compete ver?, ¿buscamos formar nuestro juicio conformándolo al de Dios haciéndonos uno con él y su Palabra, sin ambicionar juzgar aquello que supera nuestra capacidad: el corazón?, ¿se entristece nuestro corazón ante el mal de mi hermano, deseando y buscando su bien?…

 

  Miremos como está nuestra mirada, y dejemos más bien que él nos mire. Dios no mira la cantidad de limosna, sino el corazón del donante, tanto la viuda de Sarepta como la viuda del Templo dieron todo lo que tenían para vivir, pero con fe en Dios. El Señor, por boca de San pablo nos dice: “No busco lo vuestro, os busco a vosotros” (II Cor 12,14). Cristo entró en el Santuario de Dios, luego de haber entregado toda su vida en sacrificio por nuestros pecados para llevarnos a Dios. Esa es nuestra vocación, preparar un corazón bien dispuesto para ofrecerlo cada día al Señor en esta vida, y ofrecérselo para siempre en el Santuario del Cielo.

 

  El gran temor de Jesús era y es “una posible degeneración farisaica de nuestras almas: religiosas pero enfermas de poca fe” (un Cartujo). Y esta degeneración comienza con la falta de fe, y sigue con la ausencia de mirada sobrenatural, es decir la mirada desde Dios.

 

  Miremos siempre a María Santísima, para que ella sea el colirio de nuestros ojos enfermos y nos alcance la sabiduría, la fe y la misericordia. Amen.