Ordenación presbiteral de fr. Daniel Gordillo y fr. Cristian Yturre

El sábado 2 de septiembre Mons. José María Arancibia, Arzobispo emérito de Mendoza, ordenó presbíteros a fr. Daniel Gordillo y fr. Cristian Yturre, en el Santuario Ntra. Sra. del Rosario del Milagro (Córdoba). A continuación transcribimos el texto de la homilía.

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Ante todo quiero agradecer la invitación del padre Javier Pose, provincial de la Orden en Argentina, para celebrar la ordenación sacerdotal de los hermanos Cristian y Daniel. Este es un momento de gracia y bendición para todos; para la Orden y para la Iglesia entera. Confieso, además, que me siento obligado a expresar una especial gratitud, porque en este mismo santuario, y en un día de septiembre, yo también fui ordenado sacerdote.

Hoy me presento ante ustedes, queridos diáconos, como testigo gozoso de la Iglesia, para cantar en primer lugar la misericordia de Dios que, en su admirable providencia, los ha llamado a la vida por el amor de sus padres, y a la dignidad de hijos de Dios, por la fe y el bautismo. El mismo Señor los invitó también a la vida consagrada, en el seno de la Iglesia; y ustedes, respondiendo a esa vocación, se han ejercitado en el seguimiento radical de Cristo, acompañados de sus hermanos, bajo el lema: Bendecir, Alabar y Predicar. Así pues, como miembros de la Orden de Predicadores, se han preparado para la ordenación sacerdotal, que seguramente han deseado largamente, y han pedido con libre voluntad. De mi parte, confío en el ponderado juicio que han hecho sus superiores, acerca de su capacidad e idoneidad, para ser ordenados hoy.

Me complace también proclamar la fe de la Iglesia Católica respecto al presbiterado, que así se expresa en palabras actuales y muy bellas:  “Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre”. (PDV 15,4)

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Esta verdad de fe no deja de asombrar y -como creyentes- es saludable reconocer las maravillas que hace Dios. ¿Cómo es posible representar al mismo Jesucristo? ¿Por qué cree y confiesa la Iglesia, que los sacerdotes son participación y continuación del mismo Cristo sumo Sacerdote (cfr PDV 12,4? ¿Cómo pueden ellos ser signo sacramental visible del mismo Cristo (cfr PDV 16,6)? Confesamos que la verdad del sacerdote nace del misterio de Dios; es decir del amor del Padre, de la gracia de Jesucristo y del don del Espíritu Santo. Los nuevos ordenados podrán decir pronto, y en primera persona: “El Señor me ha ungido y enviado a evangelizar a los pobres”. Por eso ellos mismos han elegido la lectura del profeta Isaías (Is 61,1-3), cumplida ante todo en el mismo Jesucristo, que así lo anunció en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-21). Presentación que suscitó la admiración de su gente y muy pronto el rechazo.

Pero este don inestimable de gracia, no es debido a los méritos propios. Nadie lo merece ni lo obtiene por su esfuerzo. Es absolutamente un don de lo alto. El Señor dice en el Evangelio proclamado: “No son ustedes los que me eligieron sino que yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto” (Jn 15,16). Confesamos, por lo tanto, que Jesús les comparte el amor que ha recibido del Padre y les pide que permanezcan en ese amor para ser felices, con un gozo perfecto. Su amor fue el más grande de todos, porque Él dio la vida por sus amigos. Ustedes son ahora sus amigos, porque les ha dado a conocer los secretos del Padre. Desde ahora, pues, todo su ministerio de frailes predicadores será mostrar a la gente, con gestos y con palabras, que Dios los amó hasta el extremo y que los sigue queriendo sin medida. Pero esto lo dirán, no tanto porque lo han aprendido, sino porque viven la experiencia, meditada y contemplada, de la comunión con Cristo en el Espíritu; de esta unión sacramental y perpetua brotarán los frutos no perecederos de gracia, perdón y paz. Esa es la grandeza de nuestro servicio pastoral.

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Ustedes han recibido una buena formación filosófica y teológica. Comprenderán entonces que, además de destacar la relación de sacerdote con Jesucristo, quiera recordar también su sentido eclesial. Todo sacerdote es ministro y servidor de Cristo, además de ser su amigo, y por eso mismo cumple su misión en la Iglesia del Señor, que es: “misterio, comunión y misión”. Síntesis admirable formulada en estos tiempos, que nos alegramos de volver a proclamar. Por ello, en la Iglesia así concebida, cada sacerdote ya sea religioso o diocesano, ofrece su oración y contemplación, su estudio y su palabra, las obras apostólicas y la entrega abnegada de su vida.. “Y así es servidor de la Iglesia misterio, porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de la presencia de Cristo resucitado. Es servidor de la Iglesia comunión porque -unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio- construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y servicios. Por último, es servidor de la Iglesia misión porque hace a la comunidad anunciadora y testigo del Evangelio” (PDV 16,5). Pienso que, precisamente desde el carisma dominicano, se comprende muy bien que el sacerdote: “Enraizado profundamente en la verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos su salvación, está llamado a establecer con todos los hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la justicia y la paz. En primer lugar con los hermanos de las otras Iglesias y confesiones cristianas; pero también con los fieles de las otras religiones; con los hombres de buena voluntad, de manera especial con los pobres y los más débiles, y con todos aquéllos que buscan aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la salvación de Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mc 2, 17)” (PDV 18,2).

Queridos hermanos: no tengan duda ni temor; la Palabra de Dios los anima con su fuerza singular; así lo confiesa Pablo en la carta proclamada: “Investidos misericordiosamente del ministerio apostólico, no nos desanimamos y nunca nos hemos callado por vergüenza …No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor y nosotros no somos más que servidores de ustedes, por amor de Jesús” (2 Cor 4,1-2. 5). En realidad somos vasijas de barro, como afirma el Apóstol, pero el don que llevamos es tan grande como el poder y la misericordia de Dios.

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Hace unos cuantos años, los frailes de Mendoza me ayudaron con algunos escritos a conocer a Santo Domingo. Pero yo no voy a enseñarle nada nuevo sobre el santo Patriarca, ni ustedes lo necesitan en este momento. Me atrevo, sin embargo, a compartir la conclusión que anoté entonces y que en estos días he repasado. Santo Domingo de Guzmán: sacerdote entusiasta del estudio sagrado y de la predicación; anunciaba con pasión la palabra de Dios, orando con fervor y sin descanso; anduvo por todos los caminos, en busca de quienes más necesitan del Evangelio; precisamente en tiempos de mucha ignorancia, persecuciones y herejías; en completa pobreza personal; distinguido por una exquisita caridad, por su actitud humilde, afable y siempre alegre. Añado ahora, parafraseando las palabras del Señor: Dichosos ustedes si viven para seguir sus pasos y lo imitan, ¡para gloria de Dios, en su santa Iglesia!

Deseo concluir con una breve oración. Hace muchos años un fraile a quien impuse las manos como presbítero, me hizo conocer la oración del beato Jordán a Santo Domingo. Esta vez he encontrado una más moderna y tan hermosa como aquella.

Santo Domingo / padre y fundador nuestro, / hombre del Evangelio,/ de oración y de apostolado. … …

Inspíranos a vivir un Evangelio integral, / como respuesta a un mundo / que busca y nos reta;  / y así, padre, / tu ejemplo nos estimule, / y la Verdad nos ilumine / en el estudio y la oración; / y ambos nos urjan  / a transmitir a los demás / lo que contemplamos y vivimos.

Haznos, padre, como tú: /confiados en la Providencia, / dóciles al Espíritu, / constantes en contemplar, / convincentes en predicar, / prudentes al enseñar, / generosos en servir, / valientes en emprender; / en la alegría agradecidos, / en el dolor esperanzados, / en el cansancio perseverantes, / en el convivir sinceros.

Concédenos, Santo Domingo, / vocaciones nuevas, / que continúen tu obra de la “Sagrada Predicación”, / hablando con Dios o de Dios. … … AMEN.  (Baltasar Hendriks, op).

 

+José María Arancibia

Arzobispo emérito de Mendoza

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