¿Es posible perdonar de corazón?

prodigal-son

XXIV Domingo durante el año litúrgico, ciclo “A”

Eclo 27,30-28,7; Sal 102; Rom 14,7-9; Mt 18,21-35

DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2017

 

Fray Diego José Correa, op

Mendoza, Argentina.

 

Jesús lo pide en el evangelio de este domingo (Mateo 18, 21-35). Es una parábola, o sea, una enseñanza con una historia imaginada por Jesús, pero que quiere dejarnos una profunda enseñanza del modo de ser feliz. Jesús quiere que seamos capaces de perdonar de corazón, o sea, sinceramente, a los prójimos que nos han ofendido. ¿Es esto posible? ¡Sí es posible!, con la ayuda de la gracia divina. Pero humanamente, ¿es muy difícil? Por cierto, muy difícil. Sólo alguien muy santo y muy avanzado en la vida espiritual cristiana lo puede lograr. La mayoría de la gente no lo logramos, y mucho menos de un primer intento. Debemos ser realistas y honestos. Nos cuesta perdonar la más mínima ofensa que nos hagan. Imaginemos cuando es una ofensa grave y sobre todo si viene de alguien conocido, querido, familiar, amigo… Mientras más es nuestra relación, más difícil será conceder el perdón. ¿A todos nos pasa esto o sólo a  mí? A todos. Especialmente a aquellos que nos hacen creer a los demás que no les es difícil y que no les cuesta nada. Es mentira. El más mínimo orgullo que tengamos, es ya suficiente para que nos cueste un sacrificio colosal perdonar cualquier tipo de ofensa que nos hagan; y, ¿quién se encontrará que no tenga un mínimo de orgullo propio?

A propósito Jesús y porque conocía profundamente la psicología del hombre caído en pecado original (que somos nosotros), coloca la parábola que este domingo se lee en la liturgia eucarística. Un hombre le debía a su Señor (a su prestamista) una cantidad elevadísima. Tan engrandecida (quizá por los intereses) que sus oyentes, que eran la mayoría pobres y avasallados por el imperio romano, probablemente nunca habían oído una cantidad tan grande de dinero. Su Señor, por la súplica enardecida del deudor, no sólo le perdonó la cuantiosa deuda y no lo mandó vender a él y toda su familia como esclavos y confiscarle todos sus bienes, para saldar la deuda, sino que le condonó, le eximió, es decir, dejó sin efecto la deuda, o sea, como si nada le hubiese debido. En otras palabras, quedó libre de culpa y obligación.

La alegría de esta persona, así perdonada debería ser mayúscula, incomparable, imparable. Nada podría haberle parecido más importante que este perdón. Si por un momento hubiese pensado todo lo que perdía, y lo que no había dilapidado de bienes familiares, económicos y de verse liberado para el futuro, y; además, poder seguir usufructuando de los numerosos bienes que había recibido de su Señor, entonces, era casi para enloquecer de alegría. Pero este insensato, superficial, fatuo hombre, apenas sale de tan maravilloso acontecimiento, se encuentra con un pobre deudor suyo, que le debía una bobería insignificante, comparado con lo que le había sido perdonado a él. Espontáneamente, ¿qué tendría que haber hecho? Lo debería haber abrazado y dicho: “hermano, ya no me debes nada. Vete feliz y nunca más te recuerdes que me debías algo”. ¿Obró así? No. Todo lo contrario. Le exige violentamente que le devuelva todo lo que le debe y ahora mismo, de lo contrario lo  denunciará y le hará encarcelar hasta que pague el último centavo.

Ante este tipo de reacciones uno se pregunta: ¿Por qué a veces en la vida obramos tan neciamente, somos tan imbéciles y tan poco astutos? Actuaciones que nos pueden costar toda una vida de infelicidad y de tormento por no recapacitar, no elegir bien y con grandeza de corazón. Con generosidad. Cuánto nos falta la magnanimidad, la grandeza, la nobleza del alma. Cuántas veces perdemos los verdaderos bienes simplemente por una estrechez imbécil del corazón. Si al final, todos los bienes materiales que acumulamos no tienen otra pretensión que hacernos espiritualmente felices. Si se nos está ofreciendo, en bandeja, como se dice, la felicidad, ¿por qué la buscamos tan complicadamente y precisamente dónde no la encontraremos?

La diferencia está que en la parábola, el Señor Jesús quiere que tomemos conciencia que por más que un prójimo nuestro nos deba mucho, comparado con lo que Dios, Padre creador y bondadoso, nos ha dado y perdonado a nosotros, es nada, pero absolutamente nada. Por ejemplo, ¿la vida terrena de ochenta, cien años, qué es comparada con una eternidad dichosa y feliz? ¿De qué  me sirven unos bienes materiales, por más preciosos y útiles que me puedan resultar, con los bienes de la otra vida que harán innecesarios estos bienes de aquí abajo? ¿De qué le sirve una silla de ruedas a una persona que se curó bien y puede caminar con sus dos piernas? ¿De qué le puede servir una felicidad pasajera de unas horas de diversión, cuando una persona es plena, totalmente feliz y sabiendo que no puede perder esa felicidad, como es el caso de los salvados en el cielo?

Hermanos, amigos, Jesús nos quiere plenamente felices y para siempre, no por un momento. Por eso, no hay nadie más feliz que el que es capaz de perdonar de todo corazón a su prójimo, ya que de este modo asegura el perdón divino para su alma.

Alguno, quizá piense ¿y la justicia? No te preocupes de la justicia, a no ser que seas juez civil y entonces sí que debes administrar la justicia humana con toda rectitud y celo por el bien y la verdad, sin dejar nada injusto que pase. Pero si no eres juez, y lo son muy pocos, entonces tu alegría es no tener que hacer justicia sino perdonar. Si es justicia humana que la administren los jueces civiles correctamente sin ningún tipo de corrupción, si es justicia divina la aplicará Dios,             que es siempre justísimo y que nada ignora. Pero Dios administra justicia con misericordia, ya que él sabe que ninguno de nosotros puede pagarle a Él el débito del pecado, por lo cual Él mismo lo ha pagado en su divino hijo Jesucristo muriendo en la cruz. O sea, no es que se ha hecho injusticia o simple blanqueo injusto, sino que ha sido pagado a precio carísimo, pero lo pagó Él mismo. Nosotros, por nuestra parte, debemos hacer lo que pedimos en el Padre Nuestro enseñado por Jesús: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

María, madre de la misericordia y del amor hermoso, nos consiga del Padre bueno por su Hijo bendito, que tengamos un corazón lleno del amor del Espíritu Santo, que nos capacite para perdonar con grandísima alegría. Santo Domingo de Guzmán, lleno de compasión por los pecadores y que tanto rezaba por su perdón, interceda en el cielo por nuestra capacidad de compasión y misericordia, base de toda relación humana sana y sanadora.

.