EL REY CELEBRA LAS BODAS DE SU HIJO

banquete

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XXVIII Domingo Tiempo Ordinario

Is 25,6-10a; Sal 22,1-6; 4, Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14

-15 de octubre de 2017-

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Fray Diego José Correa, OP

Mendoza (Argentina)

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Jesús ha buscado dejarnos la mejor imagen posible del acontecimiento más feliz del cual nosotros podemos gozarnos: las bodas del Hijo del Rey. Evidentemente, se trata del pacto nupcial de Dios con su amada humanidad. Es por ese pacto, unión, que se puede llevar adelante el rescate definitivo y eterno del ser humano.

Ha invitado a los principales destinatarios que podrían participar de ese gran acontecimiento: la fiesta de las bodas de su Hijo único. Venía el padre/rey muy feliz y contento para cursar las invitaciones pensando que nadie se querría perder esa gran fiesta de bodas. ¡Cuál no sería la sorpresa del rey/padre al ver que cada uno, por diversos motivos se justificaba y le respondía que no asistiría a la boda!

Como para motivarlos les dijo que ya habían sido matados sus terneros y los mejores animales para la fiesta. Se veía que en verdad iba a ser una fiesta donde podrían beber y comer y gozar muchísimo. Pero, no solamente fueron descorteces de no aceptar la invitación del rey a los principales invitados (los sumos sacerdotes y los fariseos), sino que a los sucesivos servidores que les había enviado para invitarlos los maltrataron y mataron. Eran los enviados del rey (patriarcas, profetas, reyes, y el mismo Hijo).

Entonces, indignado el rey porque los principales destinatarios no eran dignos de la fiesta real (fariseos, sumos sacerdotes, saduceos, etc.), mandó a sus servidores que salieran a todos los cruces de caminos e invitaran a todos los que encontraran (pobres, paganos, pecadores…). Tanto que la sala real se repletó de invitados.

Nada fruta los proyectos de Dios. Los que se frustran son los que no quieren seguir los proyectos de Dios (los que no se quieren vaciar de sí mismo, de su yo, de su soberbia demoníaca). Los pobres y los indigentes, que tanto anhelaban una tal invitación, rápidamente aceptan y concurren felices, deseando comer mucho y beber buen vino nuevo.

La sorpresa está en que uno (¡solamente uno!) de los que llenaban la sala, no había venido con su traje de fiesta (es una parábola, no una realidad, de lo contrario ¿cómo estarían estos andrajosos con trajes de boda?). Aquí el traje de boda para entrar es el amor. Dejar fuera el odio, el resentimiento, la bronca. El verdaderamente humilde nunca está lleno de bronca, ya que no se siente digno de nada y todo lo que le dan le parece una magnífico e inmerecido regalo. Ese es el auténtico pobre. No el que reclama a gritos y lleno de odio derechos que nunca ha ganado y que jamás debería tenerlos gratuitamente. El que así obra es un pobre zángano ideologizado, que le han llenado la cabeza de odio y desprecio por los que sí han obtenido cosas por el esfuerzo y el trabajo esforzado de años.

Este hombre, sin traje de boda en la fiesta real, era un infiltrado, un mentiroso, no comulgaba ni con el rey ni con el Hijo de quién celebraban las bodas reales. Él venía en realidad para espiar, para criticar, para murmurar. Pero al rey/señor no es posible engañarlo, porque no solamente ve por afuera, sino por dentro, ve el alma. Aquí está el verdadero traje de fiesta: la alegría de haber sido llamado a entrar y nada menos que para participar de la boda del hijo del rey (la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo).

A esta boda se entra en plena comunión de obediencia humilde, sabiéndose no merecedor de ella, que él participa porque los que de verdad deberían estar (los judíos) no han querido venir. Es un pagano a quién Dios le ha dado también la posibilidad de recibir el don del Espíritu Santo, como a algunos judíos fieles y humildes (los apóstoles, los demás discípulos y discípulas del Señor, algunos familiares de Cristo, etc.).

Participar en esta boda, actualizada en cada Celebración de la Eucaristía, es el mayor de los regalos inmerecidos, es un don generoso del rey/padre y que quiere que gocemos sus hijos fieles, sencillos, que se sienten como se han sentido todos los grandes santos: indignos de participar. Lejos de exigir, como si fuese un derecho, que un conviviente sin matrimonio pueda ser partícipe de este banquete de boda…, si es humilde, espera que sea invitado por uno de los servidores del rey y que se haya certificado que tiene el traje de bodas para participar en la Eucaristía, -banquete real y magnífico, donde se nos ofrece el más abundante alimento que salta hasta la vida eterna y el vino nuevo que nos diviniza al recibir la sangre de Dios-.

Hermanos/amigos, no desconfiemos ni del amor del Padre ni de la entrega generosa del Hijo en su boda con la humanidad. Solamente que cuando seamos invitados a ese banquete ante todo asistamos, no seamos descorteces y mal educados, menos agresivos con los que nos invitan, pero, por sobre todo revistámonos del verdadero traje de bodas para entrar: el amor, la caridad sincera, la humildad extrema, el arrepentimiento franco de todos nuestros pecados y lejos de pretender participar en él estando en pecado o peor aún en estado (permanente) de pecado. Ya conocemos lo mal que le caían a Jesús las personas dobles, falaces, hipócritas. Alaba a Natanael (el futuro apóstol Bartolomé), por ser un verdadero israelita: no había doblez en él. En la Eucaristía participemos cuántas más veces podamos. Es la invitación del Hijo a su propia boda. Pero concurramos siempre con el traje de boda, ya que las palabras de Cristo para el hombre que entró sin él en el banquete son durísimas: “Átenlo de pies y manos y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Con la Eucaristía no se juega. Es cosa tan seria e importante, que contiene no sólo a Dios sino lo mejor de Dios: su Sacrificio de mayor amor por la humanidad entera. Por esto, para participar en él debo tener fe plena en ese sacramento, comunión plena con la Iglesia (que es la única que hace la Eucaristía) y arrepentimiento total de mis culpas y que me hayan sido perdonadas por la Iglesia, no basta un auto perdón o que yo le haya pedido perdón a Dios individualmente. Esto está muy bien, pero es necesario además, recibir explícitamente el perdón sacramental, por la mediación de aquellos a los cuales Cristo les entregó el poder de perdonar los pecados, como primer acto después de la resurrección (a los obispos y los sacerdotes delegados por ellos). Ellos y solamente ellos recibieron el poder de Cristo de perdonar los pecados. Respetémoslos y recibámoslos como un inmerecido regalo del Cielo, y acudamos a ellos que son los únicos instrumentos seguros y eficaces para perdonar los pecados.

María, madre de nuestra fe, auméntanos la fe católica y mantiénenos siempre fieles en ella hasta el final de nuestra existencia terrena. Amén.

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