El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será elevado.

lavatorio

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Domingo XXXI. Tiempo Ordinario. Ciclo A

Ml, 1, 14-2; 2, 2.8-10; Sal 130; Tes 1, 5; 2, 7-9.18; Mt 23 1-12.

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Fr Pablo Caronello OP

Convento Santo Domingo, Santiago de Chile

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Santa Teresa de Lisieux en su autobiografía conocida por muchos como “Historia de un alma” cuenta una anécdota muy sugestiva: Una vez en una recreación en la que estaba un poco aburrida, le vino el deseo de acompañar a una de las monjas que tenía la tarea de abrirle la puerta a un obrero que estaba por venir al monasterio a realizar algunas labores. Teresa sabía que había otra monja que quería lo mismo, por eso cuando sonó la campana en la portería, nuestra santa pensando en aquella hermana antes que en ella misma, se levantó muy despacio para darle la oportunidad a esa hermana. Efectivamente sucedió eso y Teresa se tuvo que quedar en la recreación. Una de las monjas de la comunidad que vio lo que había sucedido, tomó a mal esa actitud de la santa y la trató de lenta. Teresa agrega que toda la comunidad pensó que ella había actuado lentamente porque simplemente era así: una monja más inclinada a la reflexión que a las labores manuales, cuando en verdad lo que había hecho Teresa era un enorme acto de caridad.

En la vida de la fe el equilibrio entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos es  muy difícil de lograr, pero es un equilibro esencial para poder caminar fielmente por la senda del Evangelio. La armonía entre nuestra interioridad y nuestra exterioridad es todo un desafío, sobre todo cuando el Evangelio que nos enseñó nuestro Señor Jesús implica una vida que debe emanar del centro de nuestro corazón con la simultánea exigencia de que tal vida deba  transformarse en acción, en palabras y gestos. Pero juzgar la interioridad de un hermano por sus acciones externas es algo muy delicado y posiblemente nos equivoquemos mucho, como se equivocaron aquellas monjas, si nosotros ligeramente quisiéramos hacer lo mismo.

El judaísmo de la época de Jesús, había volcado todas sus prácticas religiosas en las acciones externas, en palabras ampulosas que provocaban la admiración de los demás, o en leyes estrictas que aseguraba a quienes así vivían un cumplimiento taxativo de estas pero también externo y material. Ahora bien, si es cierto que podemos equivocarnos mucho queriendo juzgar la interioridad del otro a partir de sus actos, la distancia entre lo que decimos y hacemos se hace más evidente y esa contradicción  nos pone con más facilidad ante nuestra propia mentira. Por suerte Jesús no ve solo en lo exterior, como lo hacemos nosotros,  sino que también escruta los corazones y así como nos enseñó el mandamiento del amor, de la ley que brota desde el corazón, así se opuso rotundamente a los escribas y fariseos que sustentaban su práctica religiosa en la exterioridad de la legalidad.

Jesús no viene a contradecir la ley dada a Moisés en el Antiguo Testamento, por eso no va en contra de lo que los escribas y fariseos enseñaban. Por el contrario, el blanco de su crítica consiste en señalar la distancia entre la doctrina y las obras de estos. Lo novedoso del Evangelio de Jesús es que Él se presenta a nosotros como  fuente de  doctrina que es a su vez  modelo de nuestro actuar. Sabemos y confiamos que en Él no hay distancia entre ser y hacer, porque todo su hacer es fruto de su ser y emana de él. Por eso en Cristo la armonía entre interioridad y exterioridad se da de un modo completo; Él mismo, su persona es la doctrina, él es el único maestro y el único doctor. En cuanto a nosotros, indudablemente no nos es posible a largo plazo tener una ortopraxis si no va acompañada de una ortodoxia; pero es verdad también que no es del todo confiable una ortodoxia que no esté ratificada con una coherencia en el vivir.

Los que somos  discípulos del Maestro solo podremos imitar su doctrina poniéndola en obras. ¿Cómo resumir la enseñanza del Señor? Pues como lo hace el Evangelio de san Juan, con el Mandamiento Nuevo del amor. Pero también nos podemos acercar al mismo núcleo doctrinal con la expresión proclamada en el Evangelio de hoy: “el que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado”. Es propio del que ama ser humilde, estar en tención y atención hacia el otro, hacia sus necesidades. Poniendo en práctica el mandamiento del amor, o lo que viene a ser lo mismo, la virtud de la humildad, es el modo que tenemos de armonizar nuestra exterioridad con nuestra interioridad. Una actitud humilde, una actitud de caridad podrá no ser comprendida, podrá ser tomada por otra cosa, pero jamás podrá ser jactanciosa o narcisista. El hombre exterior pone toda la atención en lo que aparece, en lo que se muestra visible ante la admiración de los demás, como la critica que Jesús hace a los escribas y fariseos. Pero el hombre interior al poner en centro de su atención en las obras que deben brotar como verdaderas desde el centro de sus ser, le preocupa poco lo que aparece externamente, tal como nos lo enseñaba santa Teresa de Lisieux en su anécdota de la recreación, lo mismo que como no le interesó a Dios, el Señor omnipotente, aparecer ante los ojos del mundo y de la historia como el humillado y vencido en la cruz.

La humildad y el amor son el camino para unificar nuestra exterioridad y nuestra interioridad. Importa que lo interior se manifieste al exterior, pero esa exteriorización jamás podrá ser el centro de nuestra atención. Sabiendo lo complejo que es interpretar las intenciones de los demás desde el exterior, seamos humildes y dejemos a Dios que juzgue la interioridad de los demás. Nosotros pongamos nuestros ojos en lo único importante: seguir de cerca las huellas de Jesús, nuestro único Maestro, nuestro único Doctor.

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