Madrugar para encontrar la Sabiduria

juicio.

Domingo XXXII Tiempo Ordinario

Sab 6,12-16; Sal 62, 2-8; 1Tes 4,13-18; Mt 25,1-13

12 de Noviembre de 2017

Fray Alberto Wernly

San Miguel de Tucumán

Querido hermano:
El Señor hoy, nos habla de madrugar, de ser previsores, de estar preparados para lo único necesario: su sabiduría. Pero para entender mejor eso, es más que necesario recordar primero que es esto de la sabiduría, para considerar correctamente este madrugar y este tener abundante aceite para recibir al Esposo.
La Sabiduría misma es una persona, es el Verbo, que es el Hijo de Dios, engendrado eternamente por el conocimiento divino. La Sabiduría, siendo la impronta de su ser, es lo más amable, por ser la verdad perfecta del Padre, amada y amante, de cuyo mutuo amor eterno, procede el Espíritu Santo. La sabiduría humana, es el conocimiento racional más perfecto en el orden natural, por ser el conocimiento de la causa de todo lo que es, es decir de Dios, y el juicio de todas las cosas desde su causa. Pero hay una sabiduría sobrenatural en el hombre, por la cual conocemos a Dios por connaturalidad, es decir, por participar de su misma vida, por poseer en nosotros su ciencia y su amor. Esta sabiduría nos es dada por medio de la gracia santificante, que nos da la más perfecta de las virtudes: la Caridad. Uno conoce a su hermano, por participar de su misma naturaleza humana, su misma sangre, familia y modo de vida. Del mismo modo, al hacernos partícipes de la naturaleza divina (2Pe 1,4) por la gracia, Dios nos llama a algo muy alto, nos invita a una relación esponsal con él, a vivir él en nosotros y nosotros en él. Ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (1Jn 3,2).
Como lo que quiere el Señor para nosotros es tan excelente, no basta con ser lavados del pecado. Dios quiere darnos mucho más, quiere hacernos capaces de recibir y gozar de una felicidad tal. Pero, así como quien no tiene dientes no puede comer alimento sólido, o quien no tiene el sentido del gusto no sólo no distingue lo dulce de la salado, sino que tampoco podrá disfrutar de un buen sabor; así tampoco, quien no tenga las capacidades y sentidos espirituales desarrollados según lo que Dios tiene preparado para cada uno, tampoco podrá recibir ni gustar la Sabiduría de Dios.
Por el contrario, sabiendo que el conocimiento y el deseo se cultivan y se hacen más capaces conociendo mejor y amando así cada vez más el objeto que lo perfecciona; así también, el Señor quiere que nos dispongamos. Para esto es que debemos madrugar constantemente de las tinieblas del pecado y de la tentación. Pero, como nos enseña san Juan Crisóstomo, esto no es suficiente, ya que tienen ciertamente aceite las vírgenes necias, pero no abundante. Precisamente la gran diferencia entre las sabias o prudentes, y las necias o tontas, es la cantidad del aceite. Para entender mejor, san Hilario, tras indicar que las lámparas son la luz de las almas resplandecientes por el bautismo, y los frascos son los cuerpos humanos en cuyas entrañas se ha de esconder el tesoro de una recta conciencia; nos dice: Oleum boni operis est fructus (el aceite es el fruto de las buenas obras), y que mora sponsi paenitentiae tempus est (la demora del esposo es el tiempo de la penitencia). En esto último, se nos manifiesta la perenne doctrina católica sobre la Caridad y el don de Sabiduría, cuyo pecado opuesto es precisamente la necedad. El don de sabiduría no es un mero adorno, no nos fue dado en vano, sino para alcanzar la salvación.
Hermano mío, no descuides el deseo y el cultivo de tu vida espiritual, pidiendo a Dios poder contemplar su rosto; madrugando cada día mediante la penitencia, y acopiando aceite en tu frasco mediante la verdadera caridad, y no mediante la superficial, intranscendente, ruidosa y vistosa filantropía. Ama, madruga por el Esposo en el silencio de la noche de la fe, olvidándote de ti mientras se demora; que cuando llegue, se acordará de ti, y no de las que se olvidaron de olvidarse. Nunca te olvides de atender aquella mejor parte –como María-, y no te será quitada, sino que te será dada en abundancia, ya que la Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos (Sab 6,16).
María, sede y tabernáculo de la Sabiduría encarnada, ayúdanos a madrugar y a desbordar nuestros frascos en el tiempo de la espera.

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