Cristo trajo al mundo toda novedad

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IV Domingo de Adviento – Ciclo B

 2 Sm 7,1-5. 8b-12. 14a. 16; Sal 88; Rm 16,25-27; Lc 1,26-38

24 de diciembre de 2017

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fray Eduardo Rosaz OP

Córdoba, ARGENTINA

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Querido hermano:

 

El Apóstol exclama, en la glorificación de Dios, que nos ha sido revelado “un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad y que ahora se ha manifestado”. Es un Evangelio, nos dice, una Buena Noticia. Entendámoslo: no una buena noticia como haberse recibido en la Universidad, haber ganado la lotería o reencontrarse con un amigo al que no se lo veía desde mucho tiempo. El Evangelio manifestado, el Evangelio guardado en el corazón de Dios hasta el momento adecuado, es una Buena Noticia porque es la Novedad absoluta.

Nosotros, pertenecientes a la masa errática de los hijos de Adán y Eva, no podríamos más que envejecer y decaer. Los avances tecnológicos, democráticos, informativos, médicos, se vuelven ilusiones cuando nos fiamos de ellos como el verdadero progreso. Nuestras ansias de eternidad, nuestro deseo de hacer el bien (y la triste comprobación de que, sin embargo, hacemos el mal que no queremos), nuestras aspiraciones a una comunión profunda que nos arranque de la soledad que carcome el fondo de nuestros sentimientos, todo eso es una experiencia común a todo hombre, a todo momento. “Nada nuevo hay bajo el sol”, decía el Predicador. Sin Evangelio, sin Novedad gozosa, la única posibilidad es el Envejecimiento. El pecado, que envenena el corazón; la desesperanza, que llena de cinismo la mirada del que no espera otra cosa en la vida y por eso ya no confía en nadie.

Hoy ha resonado la Buena Noticia, manifestada plenamente por primera vez, en la intimidad de la Virgen de Nazaret. Lo único que podía romper definitivamente la espiral descendente de decadencia y desenfreno, de desesperanza y decrepitud, se ofrece al silencio de María. Se ofrece para que ella acepte que entre en el mundo la Novedad radical. En el “hágase” de la Hija de Sión, en su fiat, está reunida toda la historia de la Fe. No habrá un paso mayor que el de María, porque lo realmente humano y lo realmente divino, lo que rompe la indolencia de nuestra vejez es la respuesta confiada al Señor que entra en nuestro camino para hacer nuevas todas las cosas.

El Niño que se forma en el seno de María, y que en pocas horas contemplaremos nacido en Belén (¡bello signo de cómo en la liturgia católica el tiempo no desaparece sino que es transfigurado según el eterno Presente de Dios!) es la respuesta a todo interrogante. ¡No sólo para las preguntas de la inteligencia sino, sobre todo, a las del corazón! El sufrimiento, el pecado (el mío, no el del vecino), la propia incapacidad de realizar el bien, los fracasos (y los éxitos), ¡la felicidad pasajera que conocemos y que intuimos reflejo pálido de una eterna! ¡Todas estas realidades son respondidas en el Único que podía hacerlo!

En el seno de María no aparece hoy un manual de autoayuda ni un iluminado que vende botellas de bienestar al módico precio de pildoritas que no son sino placebos que satisfacen temporalmente (y vanamente) nuestras heridas más profundas. En el seno de María está la Palabra que nos ha pronunciado desde la intimidad divina (¡el misterio guardado en secreto por toda la eternidad!). ¡No necesitamos más, querido hermano! La renovación del corazón no estará en que busquemos nuevas experiencias, nuevos entretenimientos, nuevos sabores o colores. La renovación que sacie la sed que no podemos apagar está en que nos entreguemos al que trae la Buena Nueva, el Evangelio que nos da vida.

¡Señor Jesús, Hijo encarnado! Reconocemos que tú eres el Niño eterno, la novedad perenne, junto con el Padre, la fuente inagotable, y el Espíritu Santo, amor que rejuvenece. Sabemos que no has sentido repugnancia de mirar nuestra decrepitud. Sabemos que tú la curas, que tú nos restauras. ¡Conviértenos, por tu amor, en niños que te esperen con corazón expectante y con mirada ansiosa! ¡Conviértenos y sálvanos, pues sabemos que no hay nada imposible para ti!

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