La fecundidad de la Palabra

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El Bautismo del Señor. Ciclo B

Is 55, 1-11 | Salmo: Is 12, 2-3.4bcd.5-6 | 1Jn 5, 1-9| Mc 1, 7-11

7 de enero de 2018

Fr. Gustavo Sanches Gómez OP

Mar del Plata

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En Isaías el Señor asegura que Su palabra no vuelve a él estéril sino que realiza lo que él quiere y cumple la misión encomendada (cf. Is 55, 11). Nunca se hizo más evidente esto tanto como en la Persona del mismo Hijo de Dios, si contemplamos el gran misterio de la Encarnación. Nos dio a su propio Hijo, Jesucristo, que nacido de la Virgen María se hizo todo él obediencia y misión.

La fecundidad de la Palabra salida de la boca del Padre se hace más cercana en la escena del misterio que hoy celebra la Iglesia, el bautismo de Jesús en el Jordán. Escena que inaugura la predicación de Jesús y su actuación pública en medio del pueblo de Israel, al que ha sido enviado. No podemos dejar de mirar en prospectiva los múltiples encuentros que tendrá el “enviado del Señor”, tanto con los judíos como con los que vinieron hacia él de los pueblos paganos.

Si bien el evangelista Marcos no destaca los motivos por los cuales Jesús se hace bautizar por Juan en el Jordán (cf. Mc 1, 9) parece importarle más la centralidad de la escena que pone al descubierto la identidad de Jesús: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección (Mc 1, 11). Tres son las acciones que se muestran a la vista de los presentes y que preludian la revelación, los cielos que se abren, el Espíritu Santo que desciende como paloma y la voz que se deja oír desde el cielo (cf. Mc 1, 10). Las tres cosas manifiestan algo trascendente y que suscita la percepción de estar ante un acontecimiento único, pues ha concluido el tiempo de la separación de Dios, desde ahora los cielos y la tierra se comunican.

El Señor se hace “oír” a través del Verbo de Dios hecho carne. Cristo mismo se hace comunicación de la vida divina, a la que estamos llamados todos y a la que el profeta Isaías nos exhorta: “¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca!” (Is 55, 6). ¡Qué dicha saber que Dios se dejó “hallar” por nosotros! Pensemos tan solo en las escenas que contemplamos en estos días: los pastores, Simeón, la profetisa Ana, los magos, el discípulo Andrés que dijo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). Y qué expresar del “hallazgo” del Señor en nuestra propia vida, el dejarse encontrar es el movimiento propio de quien ama verdaderamente: Él nos busca dejándose encontrar, y lo hace siempre. Por eso encuentra a Dios el que verdaderamente ama y ama a Dios quien cumple sus mandamientos.

“El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga, porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe” (1Jn 5, 3-4). La carta de Juan no nos deja dudas, los mandamientos de Dios y su cumplimiento son la expresión máxima del amor a Dios, la muestra de que escuchamos a su Hijo amado, a Aquel que ha venido para acortar la distancia enorme y oscura que nos tenía apartados de Dios. Por eso no hay abismo más grande que no pueda ser anulado que el de nuestra propia terquedad al no aceptar cruzar por la “escala divina” Cristo Jesús, complacencia del padre, que vino para conducirnos al Padre.

La imagen de Isaías a cerca de la lluvia y la nieve que descienden para empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar (cf. Is 55, 10-11) nos permite identificarla con la “voz” del Padre que da a los que la escuchan la posibilidad de alimentarse vigorosamente para resistir la “hambruna” de una vida si Dios; como ocurre al sembrador que recoge la semilla dando pan al que come. Pero como quereos ser obedientes a los mandamientos de Dios, no podemos guardarnos el alimento para nosotros mismos acumulándolo en un granero sino que buscaremos compartirlo con los demás, para que los que están en la hambruna de Dios puedan saciarse con los bienes del cielo.

La alegría del que encuentra un tesoro es la primera manifestación del don inmerecido pero también de la conciencia la abundancia de ese don. No dejemos de recordar esto y estemos “siempre alegres en el Señor” saliendo al encuentro del mundo entero para anunciarles que “hemos encontrado al Señor”, que el él se dejó hallar buscándonos con un amor único y que damos testimonio de que el vino para anular el abismo que nos separaba de Dios.

Que la Virgen santísima nos ayude a vivir conforme a la vida nueva que hemos recibido en nuestro bautismo. Amén.

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