El Señor llama por mediación humana

discipulos

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II Domingo Tiempo Ordinario

1 Sam 3,3b-10.19; Sal 39; 1 Co 6,13c-15a.17-20; Jn 1,35-42

14 de enero de 2018

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Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina

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En la primera lectura de este domingo (I Samuel 3, 3-10. 19), el Señor Dios llamó a Samuel mientras éste dormía. Samuel no conocía la voz de Dios y creía que era el sacerdote Elí el que lo llamaba. Sin embargo, el discernimiento de quién era el que lo llamaba le vino mediante el sacerdote Elí. Por tres veces lo llamó Dios. Elí le enseño al adolescente Samuel que cuando oyese la voz le dijese: “Habla Señor que tu servidor escucha”. Siempre es el Señor el que llama, para cualquier misión que quiere encomendar a una persona. Pero la persona llamada puede confundir esa voz entre mil otras voces que suenan. ¿Qué tiene que hacer entonces?: discernir. Es decir, averiguar, preguntar. ¿A quién debe preguntar? Obviamente, a los ministros del Señor en primer lugar: los obispos, los sacerdotes, los diáconos. Principalmente lo debe hacer el sacerdote en el sacramento de la confesión, cuando el ministro sagrado está ejerciendo su ministerio en nombre de Cristo. En el evangelio de este domingo (Juan 1, 35-42), allí es el gran profeta San Juan Bautista el que les indica a quién deben seguir esos discípulos suyos: al Cordero de Dios que pasa, es decir a Jesús. Ellos en una actitud de gran disponibilidad, inmediatamente, como lo había hecho Samuel en obediencia a Elí, lo siguieron. Es Jesús mismo el que les pregunta entonces al verlos caminar detrás de él: ¿qué es lo que quieren? Ellos quieren ver dónde vive Jesús. Es muy importante esto. Es necesario que ellos conozcan a Jesús y su manera de vivir. No siguen a un desconocido sino a alguien a quién han descubierto, amado y se entusiasman con su vida y su misión. Ellos ya creen en Jesús porque su amado Maestro Juan los ha preparado para este momento y se los ha señalado, para que no se equivoquen de quién es el que deben seguir.

En ambos textos bíblicos, tanto en el de Samuel como en el del Evangelio de Juan, destacan dos cosas: la autoridad del que les indica, o sea el que les ayuda en el discernimiento (el sacerdote Elí y Juan el Bautista), y la disponibilidad de los llamados (el adolescente Samuel y los dos jóvenes discípulos de Juan): inmediatamente se disponen a seguir el llamado de Dios. Las circunstancias y los tiempos de uno y de otros acontecimiento son muy distintos (median alrededor de 1100 años de historia), pero es admirable cómo el proceder de Dios sigue los mismos modos y la disponibilidad humana sigue tan pronta para seguir a Dios.

Todo esto nos debe dar a nosotros parámetros para actuar, sin miedo y con decisión al momento de sentir el llamado de Dios a una misión especial. Los desafíos pueden ser muchos. Pero justamente quizá eso es lo más entusiasma.

Vivimos en una cultura de lo inmediato y lo ya programado. Dios nos quiere desestructurar. ¿No decimos que nos gusta la aventura? Bueno, nada hay más aventurado que seguirlo a Jesús. Sólo nos asegura dos cosas que él va a ir por delante de nosotros abriéndonos los caminos. No hay un camino hecho. No hay una ruta predeterminada. Además el horizonte nos lo tapa él porque al ir delante no vemos por dónde va a ir. Quizá siempre le vemos las espaldas. Pero lo otro que nos asegura, es que siempre estará con nosotros. Nos lo ha dicho: yo estaré siempre con ustedes, todos los días, hasta que se termine el mundo, yo nunca me alejará, nunca los dejaré sólo, siempre estaré acompañándolos. Cuando ustedes crean que yo me he alejado por las circunstancias más terribles y difíciles, es precisamente cuando más presente estaré, quizá invisiblemente para la lógica, para los ojos, pero muy visible para la fe y para la fortaleza espiritual.

Hoy también es la Jornada mundial del migrante y del refugiado. En ellos está Cristo esperándonos. No son migrantes ni refugiados por opción propia, sino por extrema necesidad de sobrevivir. Demos gracias a Dios de no ser nosotros los que somos ni migrantes ni refugiados. Entonces, no les hagamos la vida más dura sino ayudemos para que ellos sufran menos, según nuestras posibilidades y nuestras responsabilidades civiles.

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