El Señor nos cura para poner nuestra vida al servicio del Evangelio

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Domingo IV. Tiempo ordinario. Ciclo B

Job 7,1-4.6-7, Sal 146, Cor 9,16-19.22-23, Mc 1,29-39

4 de febrero de 2018

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Fr Pablo Caronello OP

Convento Santo Domingo de Santiago de Chile

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Hermanos en el Señor:

Hace unos años leí un libro bastante conocido escrito por Vicktor Frankl. Se narra allí la terrible experiencia de hombres judíos en los campos de concentración entre los cuales se encontraba el mismo Frankl. Los días en esos terribles lugares ponían a prueba las expectativas vitales de aquellas personas: debían vérselas con la situación de como los habían alejado de sus familias, les habían quitado su libertad  y como finalmente se les fue quitando su esperanza dejándolos a la sazón, sin dignidad. La tesis de fondo del autor es que quien perdía la esperanza por completo, tarde o temprano moría. En cambio quien a pesar de todo mantenía en su corazón una luz de esperanza, un motivo por el que seguir adelante, era capaz de sobrevivir.

Job no estuvo en un campo de concentración pero supo muy bien lo que es la desolación en la vida, por eso nos da unas pinceladas del existir humano bastante sombrío. De todos modos lo que Job nos relata, no es algo de unos pocos. La pura crudeza de la vida tal vez solo la puede narrar un Job o un Frankl, pero ¿quién no sufre en la vida? ¿quién no ha hecho la experiencia alguna vez de preguntarse algunas mañanas qué sentido tiene lo que tengo que hacer en esta vida? Por eso vale para todos, lo que afirma Job: “el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio”, un servicio con los dolores e incomodidades de un mercenario o un esclavo. Ante esto se podrá decir: ¡pero un cristiano no puede hablar así de la vida! Claro que no, pero también es verdad que el ser cristiano tampoco nos debe impedir el ver las cosas como las ve el hombre que no conoce a Cristo; y, como conocer a Cristo es un camino, es lógico que la mirada de Job o de estos hombres desolados en los campos de exterminio no nos resulten tan extrañas como podríamos pensar. Pero no hay duda de que con la atención en el Evangelio deberíamos hablar de la vida de otro modo; en este sentido la suegra de Pedro, el apóstol san Pablo y el mismo Pedro junto con los demás apóstoles,  no hablaran de la vida de la misma manera.

En el Evangelio de hoy vemos como Jesús va donde la suegra de Pedro, que estaba enferma, y se nos relata como se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Todos los hombres de los campos de concentración, Job y nosotros mismos podemos ser la suegra de Pedro, enfermos y postrados en la cama, sin que la vida tenga una orientación que nos ilumine para seguir viviendo. Lo cierto es que en medio de esa fiebre y su consiguiente derrumbe de energía, la suegra de Pedro es encontrada por la fuerza vivificante de Jesús. Jesús no pronuncia palabra alguna ni dice tampoco ninguna oración, simplemente la cura mediante la fuerza que posee en su interior. Recordando la fiesta de la conversión de san Pablo, celebrada hace solo unos días atrás, podríamos hacer una comparación entre la curación de la suegra de Pedro con la conversión de Pablo. Es cierto que Pablo no estaba enfermo, sin embargo estaba en esta vida postrado en su dificultad para comprender a Cristo. Y de la misma manera que la suegra de Pedro, Jesús se acerca y lo cura de esa ceguera.

Una vez curada la suegra de Pedro se pone a servirlos, en la literalidad del texto debe interpretarse esta actitud como un signo claro de que había recuperado la salud, pero siguiendo nuestra línea interpretativa, bien podemos decir que el servicio es la respuesta de ella a su encuentro sanador  con Cristo. De la misma manera, el encuentro de Pablo con Jesús lo transforma en un servidor de la Palabra, oficio que cumple porque lo ha recibido del mismo Cristo resucitado. Pablo está tan absorbido por el servicio de la predicación que renuncia a la paga que merecería pues su premio es mismo predicar, y en eso encuentra  su plena alegría. De la misma manera el pasaje de san Marcos que hemos proclamado hoy termina cuando también Jesús afirma de él mismo que ha venido a esta tierra para predicar.

La vida y sus esfuerzos sin Cristo, sin esperanza cierta, es un servicio de esclavo, duro, sin sentido, como la angustia que sentían esos hombres en el campo de exterminio. Las durezas y dificultades de nuestra vida a veces pretenden quitarnos la luz de la esperanza, pero si nos aferramos a Cristo, a ese Cristo que se ha acercado, nos ha tocado  y nos ha curado haciéndonos misericordia, no podremos hacer otra cosa que levantarnos y ponernos a servir, a servir de cuantas maneras se nos ocurra, pero también y sobre todo con la predicación, una predicación no de palabras vacías sino inspiradas en la acción misericordiosa de Jesús que transformaron nuestra vida.

La vida es un servicio, es verdad, pero sin Cristo, sin la esperanza que soló El nos da, es un servicio sin sentido. Con El, por el contrario, la vida se transforma en un servicio lleno de la fuerza arrebatadora del Evangelio que llevó a Pablo, a Pedro y a tantos a vivir una vida que jamás hubiesen imaginado.

 

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