Lo quiero, queda purificado

lepros

.

Domingo VI Tiempo Ordinario

Lev 13,1-2.45-46; Sal 31, 1-2.5.11; 1Cor 10,31-11,1; Mc 1,40-45

Domingo 11 de febrero de 2018

Fray Alberto M. Wernly

San Miguel de Tucumán

.

«Pero yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa» (Sal 31, 5)

«Si quieres, puedes purificarme… Lo quiero, queda purificado» (Mc 1, 41).

A la vista está, la semejanza entre la lepra y el pecado, no sólo en su expresión física y sus consecuencias, sino también en la crudeza que presentaba en aquella época para los que la padecían. En el lenguaje teológico y espiritual, nos encontramos con gran cantidad de expresiones tomadas del padecimiento de enfermedades, y especialmente la lepra, aunque también la parálisis, la fiebre, entre otras. Esto es así aunque el pecado sea una realidad espiritual.

Querido hermano, si luego de leer el evangelio de hoy nos quedamos sólo con la curación física y el milagro, nos hemos despistado y perdido gran parte del mensaje. Nunca olvides que todo milagro de Cristo tiene por fin la salvación del hombre en su parte más profunda, que es su alma, y es por esto que siempre tendrá por fin suscitar la fe. La curación milagrosa de hoy, está precedida por una profesión de fe, en el caer de rodillas y en el si quieres, puedes…; y seguida por el mandato del Señor, de cumplir la ley de Moisés ante el sacerdote, es decir, un acto público y ritual de acción de gracias al Dios que salva.

Jesús, más que nadie, sabe bien que el pecado es una realidad espiritual, no material, ya que reside en el alma. Lo que deja impuro al hombre, es lo que sale de él, no lo que entra (cf. Mc 7,14-23). Es la falta voluntaria contra la ley de Dios lo que mancha, desordena, enferma y mata al hombre. Esa es la causa de todos los males, la maldad del corazón. También sabe muy bien nuestro Señor, que el hombre es una unidad sustancial de cuerpo y alma, y que por lo tanto, el mal espiritual en el hombre repercute y redunda en el cuerpo y en la creación, en cuanto desorden, perversión y sufrimiento. Precisamente esta es la razón para asumir el lenguaje y las imágenes de la enfermedad física, para hablar sobre la realidad espiritual del pecado. Son muchas las semejanzas entre estas dos realidades: el desorden en el funcionamiento del organismo, el ser principio de muerte y descomposición, el contagio, etc.

Junto a la centralidad del mal espiritual, el Señor no se desentiende del dolor humano, de la enfermedad y el sufrimiento. Basta leer los evangelios para ver las incontables curaciones que realiza. Sin embargo, el Señor quiere curarlos con un fin superior: el de suscitar en ellos la fe en su poder y su misericordia divinas. No quiere que nos quedemos con la idea de un simple benefactor social. No se contenta con el bienestar físico si no es para provecho y bien de nuestra alma. Jesús no hace milagros donde no hay fe (cf. Lc 4,23-30). El Señor “ve al dolor en toda su profundidad, lo contempla en su real hondura, en las raíces de la existencia, unido al pecado y al alejamiento de Dios. Ve al dolor como ese lugar de la existencia humana en el cual el hombre se abre a Dios, o al menos podría abrirse a Dios; descubre el dolor como consecuencia del pecado, y a la vez como camino de purificación y retorno a Dios” (R. Guardini).

Querido hermano, pidamos a María santísima, que en Lourdes nos muestra con tanta claridad que todo milagro de curación, en su casa de misericordia, está ordenado y quiere ir unido a una curación espiritual, que será la verdadera fuente de felicidad eterna tanto en el alma como en el cuerpo.

Por esto, con la confianza del leproso di al Señor: “Yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa, pensando: «confesaré mis faltas al Señor». ¡Y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado!” (Sal 31,5).

.