La Vida verdadera

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Domingo de Pascua, Ciclo B
Hech 10,34.37-43; Salmo 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

1 de abril de 2018

Fr Pablo Caronello OP

Convento Santo Domingo Santiago de Chile

 

Queridos hermanos:
Hoy domingo de Pascua llega a su culmine el Triduo que estamos celebrando. Con ello queda manifiesto todo lo que se tenía que realizar en el Mesías. La vida y la muerte se han enfrentado en un duelo admirable, como canta la secuencia, y la vida ha triunfado. Ante la sorpresa del mundo entero, aquel que con aparente impotencia se había entregado a la muerte, surgió de la muerte victorioso con gran poder.
La vida es un don que no terminamos de sondear hasta que ella se pone en riesgo. Entonces hacemos hasta lo imposible por conservarla, ya sea la nuestra, la de nuestros seres queridos, o la de quienes nos rodean. Pero también, este enfrentarnos al suceso de la muerte nos llama a considerar el valor de la vida, cuál es su verdadero sentido: ¿para qué vale la pena vivir si tarde o temprano lo ganado lo perdemos completamente? El misterio pascual, en efecto, nos pone frente al descubrimiento de la verdadera vida, que nos permite descubrir lo vano del vivir, y lo esencial de la vida. Podríamos decir desde lo dicho hasta aquí, que no es cuestión solo de vivir sino que al final de cuentas, lo fundamental es como vivimos; porque la vida misma lo pide, porque tomar en serio lo que es vivir, nos lleva a entender que en su propia dinámica está la perpetuación de una vida de plenitud.
La resurrección de Cristo nos hace ver la vida verdadera con tal luz que nos lleva a reflexionar, aún más que la muerte, como estamos viviendo. La visión de la realidad que nos rodea, sin caer en entrampados pesimismos, no es tan buena. Es que solemos vivir de un modo que no nos interesa otra cosa que pasar el rato, hedonistamente, en donde las cosas valen por lo que podemos lograr en lo inmediato. Un vivir así sin lugar a dudas se aleja completamente de lo que significa haber descubierto el valor de la verdadera vida. Es que en el fondo esto no es más que un esfuerzo por ocultarnos a nosotros mismos la realidad de la muerte que nos persigue constantemente.
No hay dudad de que en los tiempos en que vivimos se pone en alta estima el valor de la vida, pero es al mismo tiempo evidente que esa vida no considera otros valores que los del más acá: la simple búsqueda del triunfo, del tener éxito, del gozar de las cosas ¡Claro que es importante mejorar la calidad de vida, mejorar la medicina, disfrutar de las cosas, encontrar gusto en lo que hacemos! Lo contradictorio de la situación es que esta misma sociedad que valora tanto la vida, tal vez por no poder ir más allá de una mirada materialista o inmediatista, no alcanza a descubrir su significado. Queremos vivir pero no sabemos para qué. Y por esto al mismo tiempo que ponemos en primer orden el valor de la vida, también vulneramos su significado y sus exigencias más irrenunciables. Se desprecian entonces a los ancianos o a los enfermos terminales y se habla de “vida y muerte digna” ¿pero que es la vida digna? ¿triunfar, y disfrutar?, ¿o hay algo más? Y ni hablar del aborto, algo que se está discutiendo acaloradamente ahora en post de los llamados derechos de la mujer. Pero ¿Cómo puede hablarse de derecho cuando en realidad lo que se está realizando es un culto a la muerte? ¿Cómo es posible considerar un tipo de libertad que para que pueda realizarse, otro tenga que desaparecer, tenga que dejar de existir?
El misterio pascual nos adentra en el misterio de la vida verdadera y nos hace tomar conciencia de la oscuridad en la que estamos viviendo. El evangelista san Juan nos indica que cuando María Magdalena fue al sepulcro estaba oscuro. Este no es solo un detalle cronológico o de redacción, está cargado de simbolismo: quienes viven a espaldas o en el desconocimiento del misterio de Cristo resucitado, viven en la oscuridad, viven en una vida que solo en apariencia es vida. Solo la nueva vida a la que estamos llamados y que se anticipa en el Resucitado nos permite tomar conciencia de cuál es la vida verdadera. En este sentido la resurrección es el acontecimiento histórico más importante de la humanidad que transforma toda la historia, pues nos hace palpable la condición humana definitiva que todos esperamos alcanzar en la Parusía. La Pascua por otro lado, nos muestra que la vida verdadera del resucitado solo puede darse luego de la pasión. Por tanto es necesario que se dé un verdadero morir a la vida antigua para que renazca la vida autentica. La veracidad histórica del suceso nos obliga a afirmar que el Cristo crucificado, muerto y sepultado es el mismo que resucitó. Las vendas en el suelo, el sudario y la ausencia del cuerpo de Jesús son indicios ciertos de que la resurrección es mucho más que un modo de hablar. Pues el mismo que estaba muerto es el que ha vuelto a la vida. Solo desde este realismo, en nuestra vida que se juega en la cotidianeidad del sufrimiento que siempre nos toca, se nos hace posible tener esperanza, confiar de que a través de la muerte de la vida limitada en la que estamos nos introduciremos en la definitiva, que nadie nos podrá quitar. Pero el resucitado nos ha dado la verdadera vida en el Bautismo y nos alimentamos de ella en la Eucaristía, por eso la vida nueva no es solo algo del futuro, en verdad ya la hemos recibido en germen.
Desde esa vida del resucitado de la que ya participamos, los cristianos debemos ser testimonio ante el mundo de que hemos descubierto la verdadera vida y volvernos así testigos de la luz en la que habitamos. Quienes nos vean deberían descubrir en nosotros que somos hombres y mujeres que sabemos vivir, que sabemos disfrutar, gustar de la vida, pero que también conocemos el verdadero valor de ella pues sabemos que es una vida que se nos ha dado a precio de la pasión de Cristo. Con esto seremos en la tierra sus custodios más acérrimos defendiéndola siempre, desde que Dios la da hasta que Dios nos llama a entrar en su presencia.

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