La fe que da la victoria.

tomas

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II Domingo de Pascua

Hech 4,32-35; Sal 117, 2-4; 1Jn 5,1-6; Jn 20,19-31

8 de abril de 2018

Fray Alberto M. Wernly, OP

San Miguel de Tucumán

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« ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1Jn 5,5).

El Águila, el evangelista san Juan, nos señala con insistencia, tanto en el evangelios como en sus cartas, aquello que el mismo Verbo encarnado les predicó e infundió de un modo especial, a saber, la fe en Él. A lo largo de su vida, y especialmente en la última cena, les insiste en que crean en Dios y que crean también en él, precisamente porque él es verdadero Dios. En él está la fuente de la vida: «en su nombre» (Jn 20,31).

Y a nosotros, a los que creemos por la predicación de aquellos elegidos de Dios, los apóstoles, aquellos que vieron, oyeron y tocaron al Verbo de Vida (cf. 1Jn 1,1-4); el mismo Jesús resucitado nos dedicó una bienaventuranza: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29). El creer en Él es la puerta de nuestra salvación, es nuestra Pascua, ya que cada vez que hacemos un acto de fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, que padeció, murió y resucitó por nosotros, revivimos, crecemos y se renueva en nosotros aquella gracia del día de nuestro bautismo. Porque hemos sido sumergidos en este misterio, y por ello en el Bautismo, pedimos la fe.

Ahora bien, detengámonos un momento y consideremos esta fe. Muchas veces hemos escuchado hablar de ella, de muchas maneras, tanto superficiales como profundas. Siempre, y podemos decir, cada día debemos volver sobre ella, por el sólo hecho de que debemos pedirle a Dios que nos la conserve y aumente. Sin embargo, como se trata de la puerta al Misterio, y ella misma nos es dada por él, podemos decir que ella misma posee rasgos del mismo. Y es en uno de sus rasgos precisamente donde quiero detenerme.

Obediencia, arrojo y abandono, son palabras que ilustran esta virtud teologal que nos es dada, pero que en esa misma donación o gracia, libera, purifica y perfecciona nuestra inteligencia para recibir esta luz, y nuestra voluntad para asentir. El hombre recibe por el oído la predicación de la Palabra de vida, y asistido por su gracia, escucha rendido ante el conocimiento del infinito amor misericordioso de Jesucristo, y por ello se abandona y se arroja en esa luz. Este abandono y este arrojo, no brotan de una entrega ingenua ni inconsciente, sino, precisamente, de una humanidad redimida y salvada que se rinde ante un Dios que quiere redimir y salvar hasta el último rincón de su vida.

Por esto, este rasgo de la fe en Jesucristo, Hijo de Dios, y rostro de la Misericordia Divina, se simboliza tan bien en el misterio del agua bautismal. El cristiano se arroja y se abandona en esas aguas que matan y vivifican a la vez; matan el principio de muerte que hay en nosotros –el pecado-, y siembran en nosotros el principio de vida –la gracia-. Pero precisamente porque el Señor les dio el poder de su sangre. Así como en Caná convirtió el agua en vino, por su pasión, convirtió aquellas aguas del diluvio, o las aguas del bautismo de Juan, en aguas que dan efectivamente la vida divina. Son aguas, en las que cuando uno se baña en ellas, suponen el dolor de la pasión y muerte del Hijo de Dios, unido a la esperanza de su resurrección; y por eso es que podemos decir que somos lavados en la sangre de Cristo.

Hermanos míos, con esta meditación, quiero que veamos con mayor claridad en que consiste hacer un acto de fe en Jesucristo y en lo que él nos reveló. Esta fe se vive por la caridad, y que sin ella está muerta. Un acto de fe católica, es la que se arroja en la fe íntegra de la Iglesia, y que por ello al decir creo dice también: «Señor, por la fe quiero padecer contigo la muerte a mis vicios, creo firmemente que sin tu gracia no puedo, pero que con tu misericordia puedo resucitar a la vida que tú quieres». En este estado de viadores estamos llamados a vivir de esta fe, en la cual diariamente vamos muriendo al pecado para vivir con Cristo en Dios.

Nuestra Madre santísima creyó, aceptó y se abandonó al luminoso Misterio de Dios. Pidamos a nuestra Señora que nos conceda la gracia de vivir así, de esa fe que consiste en vivir -amando y esperando- hasta el último dolor de la pasión que causaron nuestros pecados, pero que precisamente por eso llega primera a la gloria de la Resurrección. Amén.

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