El Cordero redimió a las ovejas

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IV Domingo de Pascua

22 de abril de 2018

Hch 4,8-12; Salmo 117; 1 Jn 3,1-2; Jn 10,11-18

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Fray Eduardo José Rozas

Córdoba – ARGENTINA

Querido hermano:

Durante el Triduo Pascual, se produce un gran silencio. Ruidos y congestión en el violento arresto del Huerto. Blasfemias y mentiras del Sanedrín. Gritos que buscaban la crucifixión del Inocente. Ironías y burlas de unos soldados socarrones. Todo ello calla luego de la voz de Jesús en la Cruz. Sólo queda el silencio. Lo conocemos por nuestros templos. Luego de pasar innumerable cantidad de fieles el jueves y el viernes, el sábado está dominado por una extraña y solemne serenidad. Es día de una espera que, aunque sea profundamente confiada, no deja de estar llena de la ausencia del Amado.

La Iglesia, en esta quietud, no deja de rezar. No puede hacerlo. Un canto, un antiguo responsorio del Oficio de Tinieblas, describe el fundamento de su oración: “Se alejó nuestro pastor, la fuente de agua viva, a cuya partida se oscureció el sol. Pues fue capturado el que tenía cautivo al primer hombre. Hoy, nuestro Salvador destruyó las puertas de la muerte y los cerrojos del infierno”.

Recessit Pastor noster. Se alejó nuestro pastor. Fue entregado, como humilde cordero. Pastor y cordero, sacerdote y víctima. Sus heridas y su muerte fueron el remedio de nuestro pecado. Nosotros estábamos alejados, habíamos caído, pero el pastor vino a buscar a su oveja extraviada. “Todos errábamos como ovejas, cada uno marchaba por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros” (Is 53, 6).

Se alejó nuestro pastor. Dio su vida, la entregó voluntariamente, pero la recobró por su propio poder. ¿No quiso retenerte, a ti, fuente de agua viva, el que decía tener “poder para soltarte y poder para crucificarte”? En Pilato, está resumido el hombre que se enfrenta cara a cara con la Verdad, y no puede sino darse cuenta de que es un mentiroso. Ante ella, sólo quedan dos opciones: la de reconocerse como pecador o la de obstinarse en el engaño. No importa. El  pastor vino a dar su vida tanto por el pecador como por el obstinado. Él nos cura y nos lleva a beber aguas de vida.

La Esposa del Cordero vuelve a poner hoy sus ojos en su pastor. Ya lo contemplamos resucitado y glorificado. Porque el “Dios de la paz levantó de entre los muertos al gran pastor de las ovejas…, a Jesús Señor nuestro” (Hb 13, 20). Cristo dio su vida, él solo, por todos nosotros, pero la recuperó ya no solo, sino con sus ovejas.

Cristo es el pastor, el hermoso pastor. Dios ya había anticipado que estaría en medio de su rebaño como un pastor, para recobrar a sus ovejas “de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas” (Ez 34, 12). Aguas frescas, descanso, pasturas abundantes, tales son las promesas del que guía con a amor a sus ovejas. No actuaría con intermediarios, sino que nos asegura: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas” (Ez 34, 15). ¡Qué alegría poder cantar, con confianza y serenidad en las dificultades, “el Señor es mi pastor” (Sal 22, 1)!

Pastor y cordero, sacerdote y víctima. Jesús, el pastor bueno, el que no es mercenario, el que protege a su rebaño de los lobos, dio su vida por las ovejas. El derramamiento de su sangre era necesario para nuestra reconciliación con Dios (cf. Hb 9, 22). Porque, no lo olvidemos, si bien el pastor vino para buscar a la oveja perdida, no sólo fue rechazado por las tinieblas y por el mundo, sino que ni siquiera “los suyos” la recibieron (Jn 1, 11). El pastor se hizo también cordero para salvar a sus ovejas (Agnus redemit oves, “el cordero redimió a las ovejas”, cantamos en Pascua). Muerte a cambio de vida, vida a cambio de muerte.

Señor mío y amigo mío (tú mismo me llamaste así, y si así no hubiera sido, nunca me atrevería a hacerlo yo), tu oveja anduvo descarriada, perdida. La fatiga y el temor la han apartado, la llevaron lejos. ¡Cuántas aguas podridas bebí y con cuántos pastos venenosos sacié mi hambre de infinito! Nunca habría podido adivinar hasta dónde podía caer, hasta que te abandoné.

Miseria y egoísmo es lo único que encontré. Los míos, antes que los ajenos. Huí de ti y me di cuenta de que ni siquiera contaba conmigo mismo. Una gran soledad, poblada de ruido y de personas que arrastran consigo su propio abandono, es todo lo que obtuve. ¡Qué triste es ahora la vida, pastor bueno! ¡Qué triste es vivir lejos de ti!

Señor mío y amigo mío, sacerdote y víctima. Pastor y cordero. Ni siquiera me atrevo a levantar la voz y pedirte que vengas a buscarme. Hace tanto tiempo que vivo sin ti, que me parece que ya no reconocería el sonido que sale de tus labios.

“Mira”, dice mi amigo y mi Señor, el pastor y el cordero, “yo hago nueva todas las cosas”, “al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida”.

¡Ven, Señor Jesús! Amén.

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