Separados de mí, nada pueden hacer.

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V Domingo de Pascua

29 de abril de 2018

Hech 9,26-31;  Sal 21,26b-28 30-32; Juan 3,18-24

Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina

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En la primera lectura de hoy (Hechos 9, 26-31), vemos el relato de cómo Bernabé, debe introducir a la comunidad de los fieles a Pablo, ya que la comunidad no lo acepta porque ha sido un perseguidor fanático de los cristianos para matarlos. Aquí vemos una vez más cómo la Iglesia es de Jesús. Él puede hacer que un gran perseguidor de la Iglesia de repente se convierta en un gran apóstol de ella. Agrega a un súper apóstol de un día para otro. No imaginaban los primeros cristianos la insondable riqueza que les estaba regalando Cristo a su Iglesia con la incorporación de Pablo de Tarso. ¿Qué doctrina no quedaría más explícita, más clara, más profunda, más rica después de la predicación del apóstol Pablo? Por eso es que, justamente los judíos de lengua griega deciden matarlo a Pablo, porque en la palabra y en la discusión es irreductible. La inteligencia y la precisión de sus argumentos son verdaderamente invencibles. Qué regalo indescriptiblemente grande dio Jesucristo a su Comunidad naciente con la introducción en la Iglesia única del grandísimo apóstol San Pablo.

            En la segunda lectura de hoy (I Jn 3, 18-24), el apóstol del amor, Juan, nos enseña con toda claridad que en realidad hay un solo mandamiento y es en cumplimiento de él que le vamos agradar a Dios: que creamos en su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros (Cf. I Jn 3, 23). En realidad, es un mandamiento maravilloso. Creer en Jesús, que no sólo dio miles de motivos para creer en él cuando vivió en la tierra, sino que lo sigue haciendo ahora y permanentemente, aún en medio de las situaciones más terribles como es una guerra injusta y perversa. Los grandes medios de comunicación no lo verán y si lo vieran no lo dirán ciertamente. Cristo resucitado, como lo estamos celebrando en este tiempo pascual, manifiesta constantemente que está vivo y actuando, principalmente cuando nosotros nos amamos mutuamente. Si bien, en esta tierra estamos probados siempre y no es un paraíso todavía, sin embargo, más allá de las tinieblas que se siembran y las maldades que se hacen, sin embargo, él nunca deja de estar muy presente a sus seguidores y a los que nos amamos unos a otros, seamos o no cristianos.

            En la maravillosa perícopa evangélica para este quinto domingo de Pascua (Juan 15, 1-8), se nos presenta la elocuente parábola de Cristo: la vid verdadera. Él mismo se proclama la genuina, única, original, verdadera viña. ¡Cuánto nos dice en esto, por Dios! Pero nosotros hoy no sólo no valoramos y apreciamos esta enseñanza por tan bellas y profundas parábolas, sino que como fatuos que somos casi no deducimos nada. Tampoco somos contemplativos y por lo tanto jamás nos hemos detenido a mirar y admirar el proceso de una planta de viña o una cepa, como le decimos aquí en Mendoza, para sacar las enseñanzas que nos surgirían de esa contemplación. Para ellos, los judíos que oían a Jesús, esta imagen estaba cerca de sus ojos, la veían algunos todos los días y otros de vez en cuando, pero nadie la desconocía, como sucede ahora a tantas personas. Cuánto amor hay que tener a una viña para que dé su preciado fruto: la uva y después el vino. Cuánto tiempo de trabajo durante todo el año, y cada trabajo a su tiempo, de acuerdo con la estación del año. La viña es frágil y es fuerte. Una helada tardía o temprana, una granizada, etc. puede arruinar la producción de todo un año, pero al mismo tiempo la planta es duradera y siempre se conserva. Lo que más necesita es una correcta poda por la cual son cortados los sarmientos (o sea sus ramas) que no dan fruto, sino que son pura exuberancia o apariencia, pero sin frutos. El viñador, o sea, el cuidador de ella, es el Padre de Jesús. Esto es escalofriante y admirable. ¡El mismo Dios Padre se encarga de cuidar cada paso del desarrollo de la viña! Jesús es la verdadera viña, pero a esa viña la cuida el Padre, lo dice explícitamente Cristo. Pero esa viña somos nosotros. ¿Nos damos cuenta del amor y cuidado del Padre Dios por cada uno de nosotros y por cada uno de nuestras etapas de crecimiento?

            La poda es dolorosa. Hasta en la figura parece que llora, dado que donde es cortado un sarmiento inútil, vago, infructífero, ahí la planta hace brotar su savia y aparece como si fuesen lágrimas del sarmiento. Creo que eso también es lo que pasa en nosotros cuando el Viñador, el Padre, corta algunos de nuestros sarmientos que son vicios inútiles para nuestra vida de santidad, nocivos para ella: la sensualidad, la intemperancia, los hábitos nocivos en general. Pero sin la poda, como lo dice el texto de hoy, no hay producción de buenos frutos. O sea, quien no quiere corrección, aunque de momento resulte dolorosa, tampoco verá frutos en el futuro.

            Pero lo más destacado e importante de este texto evangélico es la insistencia de Jesús de permanecer unidos el sarmiento a la planta, la cepa, la vid misma (cf. vv. 4-5). Esto lo aplica Jesús a vivir nosotros comunicados con él, con Jesús. Lo hace con increíble fuerza y claridad. Tanto que afirma taxativamente que separados de él nada podemos hacer (v. 5). ¿Qué quiere decirnos Jesús con esta expresión? La necesidad de la Gracia de Cristo. Sin su gracia, sin su vida, es como si pretendiésemos que una planta dé vida, una cepa, diese fruto alguno sin la savia vital que corre por toda ella. Sin la savia que corre por toda la vid esa planta está muerta, lo mismo que un cuerpo humano del cual ha desaparecido su alma. Ya nada podemos esperar de alguien que está muerta sea una persona o una planta. O sea, que pretender tener vida sin la Gracia de Cristo no sólo es imposible sino estéril. De aquí la necesidad que tenemos de modo absoluto de estar siempre unidos a Cristo por la divina gracia. ¿Cómo sabemos que tenemos la gracia? Cuando nuestra conciencia no nos reprocha ningún pecado grave o mortal. Y, si lo tenemos ¿qué debemos hacer? Inmediatamente arrepentirnos con sincero corazón; y, en la primera ocasión que tengamos acercarnos al Sacramento de la Reconciliación con un sacerdote legítimamente aprobado para perdonar los pecados. De lo contrario seríamos como dice la parábola, como un sarmiento separado de la cepa, apenas cortado ya empieza a secarse y morir y luego es tirado al fuego (cf. v. 6).

            Recordemos entonces esto tan importante: sin estar unidos a Cristo por la Gracia vital, especialmente de la Eucaristía, no sólo no tenemos vida cristiana, sino que tampoco podemos hacer nada. No dice Jesús algo, sino nada, taxativamente nada: “separados de mí nada pueden hacer” (v. 6). ¿Siendo tan importante esa unión a Cristo por la gracia divina, cómo la podemos hacer crecer en nosotros? Sin duda, por la Sagrada Comunión en primer lugar, que siempre deberemos recibir en estado de gracia, de lo contrario cometeríamos un sacrilegio, o sea un pecado mucho mayor. Pero la Eucaristía no es la única manera de aumentar la divina gracia. Lo es la recepción buena de cualquier sacramento o sacramental, pero de muchas otras maneras, como son las obras de caridad, las obras de misericordia en general.

            María, Madre de la divina gracia, siempre nos mantenga unidos por la fe a Cristo y que jamás nos separemos de él.

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