Los frutos del amor

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VI Domingo de Pascua. Ciclo B

Hch 10, 25-26.34-35.44-48 | Salmo 98 (97), 1.2-3ab.3cd-4 | 1Jn 4,7-10 | Jn 15,9-17

6 de mayo de 2018

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Fr. Gustavo Sanches Gómez OP

Mar del Plata

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Queridos hermanos, en este domingo nuevamente vemos manifestada la voluntad de Dios, que llama a todos los suyos a “permanecer”. Se trata de la permanencia en el amor, para que desde el tronco inalterable de la Vida demos mucho fruto, y ese fruto sea el del amor.

            Pero, ¿a qué se refiere el Señor con la idea de la permanencia? Ya la habíamos escuchado a propósito de la vid. Esta permanencia es en el amor, ¿de qué modo? Evidentemente por medio del cumplimiento de los mandamientos, ese es el modo de permanecer. Jesús nos revela la clave: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15, 10). Pero también nos estimula al acercarnos el sentido de esa revelación, desea que el gozo que está en Él sea también nuestro gozo, y sea un gozo cumplido, “perfecto” (cf. Jn 15, 11).

            El amor del que habla el Señor es el que brota de su corazón de Amante, porque “Él nos amó primero” (1Jn 4, 10), y en esto debemos poner nuestra confianza y alegría. No preocupándonos casi exclusivamente en cuánto amamos nosotros a Dios sino en que Él nos amó. Hacer de esto la razón de nuestra contemplación, de nuestra vida nos asegurará poder experimentar el gozo del que quiere hacernos partícipes.

            Siendo Dios Amor, su conocimiento nos asegura la procedencia desde el origen mismo del amor. Un amor infinito y tan puro que no se encierra en Sí mismo, sino que “sale hacía Jesús, y en Él hacia nosotros”. Así, el amor se establece como característica distintiva de los que “conocen” a Dios de los que no lo conocen. “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Ese amor no sólo se nos da a conocer como si se tratara de una teoría que hay que asimilar, sino que está también en nosotros como la savia de la vid que recorre todos los sarmientos y los llena de vida para que den fruto abundante.

            La fuerte oposición que el mismo Juan pone de relieve se dirige a los interceptan con sus malas obras, con su desamor el mandamiento del amor mutuo: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado (Jn 15, 12). Se trata del contraste entre el amor de Dios y el odio del mundo. Un odio que se expresa en el aborrecimiento del mismo amor, de la misma vida.

            Por eso, hoy más que nunca es preciso que volvamos la mirada hacia este mandamiento que Jesús dirige a todos, a sus amigos y a los que todavía se comportan como siervos y quiere incluirlos en su círculo de amistad. “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 14), hacer lo que manda Cristo es vivir con la certeza del amor “iniciado” por Dios en y hacia nosotros. Un amor de elección que nos transmite lo que Jesús oyó del Padre y que marca el destino del cristiano, reconocido por los frutos de ese amor.

            El fruto duradero del amor de Dios es que vivamos unidos a Él y le pidamos todo en Nombre de su Hijo Jesucristo. De hecho, la posibilidad de dar fruto es para nosotros una secuela del hecho de habernos convertido en “amigos de Dios”. Una amistad que transmite cercanía, con Dios y con los hombres. Es la cercanía que muestra Pedro con Cornelio al recordarle con un gesto la más sincera accesibilidad de quien se tiene por “amigo de Dios”: “Levántate, porque yo no soy más que un hombre” (Hch 10, 26).

            Pidamos al Señor dar esos frutos de amor, haciéndonos “accesibles” por nuestra entrega generosa a los demás. Que ningún mal u odio del mundo nos aparte del amor único de Dios, el Amor que vence al mundo y que vence los obstáculos que nuestro endurecido corazón a veces pone. Que la Virgen Santísima nos enseñe a hacer de la propia vida un dispensario agradecido de los frutos del Amor divino.

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