Se sentó a la diestra de Dios

ascencion

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Domingo de la Ascensión del Señor

13 de mayo de 2018

Hech 1,1-11; Sal 46,2-3.6-9; Ef 1, 17-23; Mc 16,15-20

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Fray Alberto M. Wernly, OP

San Miguel de Tucumán

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«Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19).

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Querido hermano:

Hoy el Señor nos muestra sensible y simbólicamente lo que aconteció en la Resurrección. Aquel noli me tangere dicho a santa María Magdalena en el huerto del sepulcro, de ningún modo tiene por fin alejarnos de él, sino todo lo contrario, estar junto a, o mejor, en nosotros de un modo más perfecto. Jesús quiere, no ya que lo abracemos con nuestras manos y brazos, sino con nuestra alma y con nuestra vida en su totalidad, no porque desprecie nuestro cuerpo, sino para que ese cuerpo sea vivificado, conformado y configurado por un alma y un espíritu impregnado de Cristo…, impregnado por el amor. Sabemos muy bien que se podía estar delante de Cristo corporalmente y sin embargo no creer en él, como nos lo muestra el Evangelio en el versículo anterior al pasaje de este domingo (Mc 16,14). Esta fe es un don de Dios, que es sembrado en el interior del hombre por la gracia divina, y por esta gracia, vivimos, nos movemos y existimos de un modo más perfecto en Él (cf. Hech 17,28).

El Evangelio según san Marcos nos transmite la ascensión del Señor de un modo especialmente sobrio y discreto, y junto con ello, con un carácter solemne y rotundo. El pasaje que hemos leído tiene tres partes: (1) el mandato de predicar el Evangelio a toda la creación, (2) la ascensión de Jesús, y (3) el cumplimiento del mandato recibido y de la promesa de su compañía en dicha misión. Al celebrar la Ascensión de Cristo a la diestra de Dios, en primer lugar, recibimos a sus ministros, a los apóstoles y sus sucesores, que tienen el mandato de predicarnos la Palabra de Dios y unirnos a Él por medio de los sacramentos cuya puerta es el Bautismo. El Señor así lo dispuso, aun conociendo la fragilidad de sus discípulos, precisamente para que no pongamos nuestra esperanza en el hombre sino en Él (cf. STh, III, q.64, ad 1).

Esto último nos abre la puerta para considerar precisamente lo central de esta solemnidad, es decir, lo que significa que Cristo «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16,19). Tres verbos aparecen en este magnífico versículo: habló, fue elevado y se sentó. Toda su vida en esta tierra fue un hablarnos, porque fue la comunicación de su Palabra, hasta entregarse él mismo, la Palabra entregada. Luego fue elevado y se sentó. El primero aparece en voz pasiva (assumptus est in caelum), ya que su humanidad es la que es ingresada definitivamente en el seno mismo de la Vida trinitaria, en el cielo. Luego, es el mismo Verbo encarnado, resucitado y unido indisolublemente con nuestra humanidad, el que se sienta y permanece a la diestra de Dios (et sedit a dextris Dei). Permanece en Dios porque «el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios» (Jn 1,1); y permanece en su diestra, imagen de su poder, de la mano del Padre que trabaja siempre (cf. Jn 5,17), de la cual nadie puede arrebatar las ovejas que le ha dado (cf. Jn 10, 29).

Querido hermano, «Jesús se va, Jesús nos deja; pero en lo sucesivo, está presente junto a nuestras almas y su Espíritu llena a los bautizados (…). Él se va, pero para estar más presente. Él se va, pero eso es signo de que, mediante su Espíritu, quiere actuar en adelante sobre todos sin cesar» (J. Leclercq, Siguiendo el año litúrgico). Jesús, sentado a la derecha de Dios no está más acotado a sus días vividos en Palestina en los tiempos de Poncio Pilato, sino que por su ascensión, vive y está obrando con todo su poder abrazando cada uno de nuestros instantes que pasan y que nos son dados para que, a su vez, nos abracemos a él con toda nuestra vida. Nuestro instante presente está unido a Él, para que viviéndolo como él quiere lleguemos, luego de las luchas de esta vida, a sentarnos con Él en el reino de su Padre.

En fin, precisamente por lo que acabamos de decir, escuchamos que «ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban» (Mc 16,20). Esta es la vida de la Iglesia, su cuerpo, que vive en medio de las luchas de este mundo, con un único fin, blanquear sus vestidos en la sangre del Cordero, despojándose del apego a lo que no es Dios y poniendo toda su esperanza en Su gloria, para poder entrar al banquete del Esposo con un gozo rebosante y sin fin.

María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, tú que ya vives plenamente esta esperanza nuestra, y por estar en el cielo estás también en nuestro instante presente: ruega por nosotros. Amén.

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