Lenguas de fuego

penntecostes

.

Solemnidad de Pentecostés

20 de mayo de 2018

Hech 2,1-11; Sal 103; 1 Co 12,3b-7.12-13; Jn 20,19-23

.

Fray Diego José Correa, OP

Convento Santo Domingo, Ciudad de Mendoza

.

Hoy en día los niños, los jóvenes pero también los adultos, estamos acostumbrados a ver en las pantallas las más inimaginables imágenes de lo que se pueda pensar. Ni nuestra imaginación alcanza a ver y a describir tantas cosas que vemos. No nos cuesta nada imaginar “lenguas de fuego”, que aparecen en medio de un ruido atronador de un tornado o viento fuertísimo. La característica de las lenguas de fuego que aparecen en la primera lectura del día de hoy (Hechos 2, 1-11), es que son personales: van a cada uno de los orantes de ese momento, que son los mencionados en los mismos Hechos de los Apóstoles en 1, 13-14, que es un grupo muy selecto, compuesto por los once apóstoles, María, la madre de Jesús, los “hermanos” de Jesús y algunas mujeres. No es el grupo de los 120 aludidos también en Hechos 1, 15-26, que de hecho ni podrían entrar en esa sala. Estas lenguas que vienen en el viento o el soplo o el espíritu, -para todo es la misma palabra-, entran en cada una de esas personas que oraban juntos. Quedan llenos del Espíritu Santo. Ese era su objetivo, para eso estaban todos reunidos con “un mismo objetivo” (Hch 2,1): recibir el don prometido desde el Padre que les enviaría Jesús ahora ascendido al cielo. Pero la ráfaga de viento impetuosa que vino no llenó sólo a cada una de las personas sino a todo el espacio de la casa donde estaban. Esto también es importante: destacar cómo todo es “habitado” por el Espíritu Santo, no sólo asépticamente el cuerpo (o mejor dicho el alma de la persona) sino el ambiente mismo.

También tiene un significado muy profundo el hecho de la figura de las llamas de fuego, que no es novedad sino ya de alguna manera anunciado antes (cf. Isaías 5, 24; 6, 5-7), está en relación con el don de lenguas. “La palabra del Santo de Israel” (Is 5, 24), o sea de Jesús, que había sido rechazada, ahora se cumple la promesa de ser dada; y es también la misma imagen de la purificación del le lengua del profeta Isaías (Cf. Is 6, 5-7).El don de lenguas, la glosolalia, que significa que ellos hablaban y eran comprendidos cada uno en su propia lengua. Es la unidad de la doctrina en la diversidad de las lenguas. Este es el milagro más visible de pentecostés. Todos proclamaban las maravillas de Dios. Esto es lo propio del Espíritu Santo: descubrir ante el creyente todo lo admirable y maravilloso que es Dios en su ser invisible; y, sin embargo, en lo que vemos, oímos, sentimos, entendemos, todo expresa lo maravilloso que es Dios. Quién no lo ve es ciego, sordo, insensible y por lo tanto mudo. De hecho, el mismo texto de los Hechos, que sigue a continuación, pero que no lo contiene el texto litúrgico elegido, dice que algunos de los presentes, que corrieron al ver el espectáculo del viento y el acontecimiento, decían, riéndose de lo que decían: “están repletos de vino” (vers. 12).

El Espíritu Santo viene para que nosotros hablemos sin miedo de las maravillas de Dios en este mundo, a pesar de todo lo malo y perverso que vemos, producto de los ángeles caídos y de los hombres seguidores de ellos, sin embargo la bondad, sabiduría y poder de Dios, lo permite porque es capaz de sacar de esas cosas un bien mayor, que sólo lo podremos comprobar ampliamente en el Juicio universal o final. No lo dudemos un instante, sino habremos comenzado a decaer en nuestra fe cristiana y católica. Generalmente estamos muy poco acostumbrados a alabar a Dios por su obrar maravilloso. La mayoría de las veces porque no lo vemos a ese obrar maravilloso, no lo constatamos, porque nosotros carecemos de la presencia del Espíritu Santo, y, aún teniéndola no hemos sido formados en la alabanza sino solo en la petición, con lo cual siempre destacamos lo que carecemos y no lo que el Señor obra maravillosamente en nosotros.

En la segunda lectura de este domingo (1Cor 12, 3-7. 12-13), San Pablo nos insiste en dos puntos claros para saber si tenemos el Espíritu Santo o no. Primeramente, si tenemos una fe explícita en Jesús, que nos haga capaces de confesar con plena fe que “Jesús es el Señor”. Parece muy simple prueba, de hecho sabemos cómo hay una secta que se presenta diciendo Jesús es el Señor, pero para estafar a las personas en sus necesidades. De este modo construyen inmensos templos y viven fastuosamente. Esto es usar la mentira para auto engaño en primer lugar y luego para lucrar con la falsa piedad. Falla la rectitud interior. El que dice que Jesús es el Señor con recto espíritu interior, tiene inmediatamente el segundo punto que insiste San Pablo en este texto: la unidad. Ya que si bien Dios da en abundancia dones y carismas a sus fieles, todos estos dones proceden del mismo y único Dios y todo se manifiesta para el bien común y todos pertenecen al mismo y único cuerpo eclesial. No hay sectarios o separados de la única Iglesia fundada por Cristo sobre los apóstoles con Pedro como su jefe. Hay muchas iglesias particulares pero todas forman un mismo y único cuerpo eclesial y místico de Cristo. Todos los individuos, por más numerosos o diversos que seamos, todos provenimos de un mismo Espíritu que nos ha bautizado, o sea, lavado, purificados e injertados en el único cuerpo vivo de Cristo Resucitado. No sólo partimos todos del mismo Espíritu sino que además bebemos de un mismo Espíritu, por el cual continuamos vivos en la gracia y pertenecientes a la misma y única entidad eclesial. Este tema es insondablemente profundo. Requiere meditación y contemplación.

En el santo evangelio de este domingo (Juan 20, 19-23), nos muestra quizá no sólo la primera y más autorizada aparición de Jesús resucitado, sino la más importante: Jesús en su primer día de resucitado, se les presenta a los apóstoles, estando las puertas cerradas por miedo a los judíos, que sin duda hubiesen intentado matar también a los discípulos del galileo. Pero eso no es impedimento para el cuerpo glorioso de Jesús: no hay impedimento de esta tierra que pueda interferir, son dos dimensiones muy distintas. Nada puede perturbar o hacer una acción de esta tierra mortal sobre los seres celestiales (ángeles, resucitados). Jesús, como vimos el domingo pasado de la Ascensión, se fue al cielo que es lugar propio del cuerpo glorioso. Ya estaba en ese cielo desde el momento de su resurrección. Sólo hace manifestaciones. Aquí es para mostrar que es el mismo cuerpo que fue traspasado por las heridas de la pasión y crucifixión el que ahora se muestra resucitado, pero con el Señorío que dice San Pablo, y entrega el don del Espíritu Santo. Ante todo la paz. Saludo habitual judío, pero que ahora no es una forma de cortesía solamente, sino una verdadera efusión de paz venida del cielo. Pero deja claro que ahora es “oficial” el perdón de los pecados, porque él ha pagado el infinito rédito del pecado ante el Padre, y ahora ya es dispensable el perdón gratuitamente, porque Jesús ha pagado “el precio” de nuestro pecado. No sólo lo da a los apóstoles, sino que lo más maravilloso es que se los deja, y a discernimiento pleno de ellos. Son los administradores de la gracia de redención. Los apóstoles, pletóricos de Espíritu Santo, tienen no sólo el poder perdonar los pecados sino de transmitir a otros ese poder, de lo contrario se hubiese terminado con la muerte del último apóstol. Cosa que no sólo no se dio, sino que ellos instituyeron obispos y presbítero en todos lados para que hicieran la misma labor apostólica que ellos hacían. Multiplicaron en gran cantidad los administradores de ese riquísimo caudal del perdón, administraron la misericordia, no sólo bien, sino generosamente para todas las generaciones hasta la segunda vuelta de Jesús, que será el día del Juicio Final.

¡Señor Jesús: gracias! ¡Mil gracias por tanta sabiduría, previsión, generosidad y amor para con nosotros! Danos siempre tu perdón y no permitas que falten en el mundo los multiplicadores de los apóstoles que nos den tu perdón, que tanto te costó en la pasión, crucifixión y muerte. Amén.