Bendita sea la Santa Trinidad

le-saint-esprit-procedant-du-pere-et-du-fils-detail-du-retable-de-boulbon-xve-siecle-musee-du-louvre-2

.

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

27 de mayo de 2018

Dt 4, 32-34. 39-40; Salmo 32; Rm 8,14-17; Mt 28, 26-20

.

Fray Eduardo José Rozas.

Códorba

Querido amigo:

 

Benedicta sit! Así comienza la Liturgia de este venerable Domingo. ¡Que la Santa Trinidad y la Indivisa Unidad sea bendecida! Recibimos una llamada a la alabanza y a la acción de gracias. No es el Domingo en que la Trinidad deba ser explicada, sino honrada y glorificada. La mente católica, sus grandes doctores y santos han hecho un gran esfuerzo para mostrarnos que es razonable nuestra Fe. La inteligencia humana llegó así a las cotas más altas que puede alcanzar. Pero no es este el día para imitarlos en su búsqueda y elucidación. Es el día para unirnos a ellos en su estupor ante un misterio tan grande.

“¡Bendita sea… porque tuvo con nosotros una gran misericordia!”, continúa la voz de la Iglesia. Antes que un desafío, la manifestación de la Trinidad es un don invalorable, una luz que invade todo nuestro campo visual. Resuena en nosotros la admiración de Moisés: “Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable”. Tu Dios, querido hermano, quiso llamarte a su intimidad. Tu Dios se ha mostrado tal cual es, porque entre amigos no debe haber secretos. ¿Ha sido por algún mérito tuyo, por tus muchas virtudes, por tu generosidad? ¿O ha sido una pura entrega de Dios, que posibilita el cumplimiento de todos tus anhelos?

No se trata de un pequeño detalle numérico ni de una imposible igualdad aritmética. Lo que hoy está en juego en nuestra alabanza es nuestra verdadera entrega a la palabra de Jesús. Él nos ha asegurado que verlo a Él es verlo al Padre. Él nos ha asegurado que recibiríamos un Espíritu de Verdad que nos llevaría a la Verdad completa. Nuestra fe trinitaria significa que aceptamos el testimonio de Jesús como lo más real, como la manifestación más auténtica de lo que se encuentra al principio y al final de todo lo que es.

¡A cuánto pudor y a cuánta humildad nos impulsa el misterio que nos reveló Jesús! Los apóstoles lo vieron rezar, vieron que sus labios pronunciaban palabras de una intimidad inaudita para con Dios, su Padre. Los apóstoles querían que les enseñara a orar, a tener la misma confianza y el mismo abandono. También nosotros, cuando abandonemos nuestras preocupaciones y nuestros miedos cotidianos, al ver a Jesús que llama a Dios “Abbá”, podremos reconocer con humildad que nuestra única felicidad está en imitar la confianza del Hijo. Para esto no nos encontramos solos: hemos recibido el Espíritu de adopción, el Espíritu de Jesús. Sumergirnos en Él (ser bautizados en el admirable nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo) es encontrarnos, invitados por Gracia, en el centro de la realidad, en la explicación primera y última, en la comunión primera y última.

No digamos mucho más. No osemos escarbar impudorosamente (impíamente) una realidad tan recóndita y tan inefable, tan cercana y tan eminente. Que no sea sólo la fatiga de otear cumbres tan altas sino el deseo de llegar a ellas lo que nos mueva en este día a un silencio de agradecida adoración. Que este silencio sea estupor porque el Hijo nos ha dado la intimidad del Padre, porque Él lo conoce desde la Eternidad, porque de ambos procede el Espíritu que es comunión y nexo, amor y divinidad. Que ellos, en su unidad perfecta de esencia y en su real distinción de personas nos permitan cantarles:

¡Señor, fuente de la bondad, Padre ingénito del cual todos los bienes proceden: ten piedad de nosotros!

¡Cristo, Único engendrado de Dios Padre, de quien los profetas predijeron admirablemente que nacería de una Virgen: ten piedad de nosotros!

¡Señor, Fuego Divino, enciende nuestros pechos, para que siempre podamos cantarte juntos con dignidad: ten piedad de nosotros!

.