El Señor presente entre nosotros

corpus

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Solemnidad de Corpus Christi

3 de junio de 2018

Ex 24, 3-8; Sal 115; Heb 9, 11-15; Mc14, 12-16.22-26

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Fr Pablo Javier Caronello OP

Convento de Santo Domingo, Santiago de Chile

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La modernidad, desde el renacimiento en adelante, ha sido para la humanidad un periodo de verdadero desarrollo. Se han logrado cosas que el hombre antes no hubiera podido ni siquiera soñar, pensemos sino en la llegada del hombre a la luna, o la comunicación instantánea por internet. Lamentablemente el desarrollo científico ha llevado también a que progresivamente Dios perdiera toda importancia. Entonces primero se lo colocó al comienzo del universo, como arquitecto del mundo que una vez hecho funciona por sí mismo. Luego ni fue necesario  pensar en este Dios ordenador, se lo transformó en solo una idea, con la fantasía de que como si se tratase de un mal recuerdo, cuando lo hubiésemos olvidado, Dios habría perdido toda su existencia. Como saldo de esta evolución, Dios ha quedado desterrado del mundo y luego desterrado de la existencia.

El hombre creyente jamás podría adherir a estas conclusiones. Con la fe bíblica, la respuesta más tajante que tenemos es que Dios, el Señor del universo y de la historia no es una idea que se pueda manipular porque las Escrituras no nos hablan de ideas, nos hablan de acontecimientos, acontecimientos que muestran que Dios mismo nos ha hablado. Y no solo ha hablado, ha hecho una alianza con el pueblo que se escogió como instrumento para mostrar al mundo la obra de salvación. Así mismo la alianza entre Dios y su pueblo quedó sellada con la sangre derramada sobre el altar (que representa al Señor) y sobre el pueblo, como hemos leído en el libro del Éxodo. Pero esta alianza y esta sangre solo eran imagen y sombra de la alianza eterna que Dios sellaría con todos los hombres por medio de la sangre derramada de su Hijo como expiación  por  nuestros pecados. Jesús así se presenta como quien ofrece el sacrificio definitivo  que sella una alianza eterna que no necesita de ninguna otra.

Todo esto es acontecimiento, verdadera acción de Dios en la historia de los hombres. Para ver hoy, para hacernos partícipes de esa obra de redención,   no es necesario mirar hacia atrás en la historia como si fuesen acontecimientos del pasado. El mismo Jesús antes de realizar el paso pascual, celebró con los discípulos el banquete de la Eucaristía. Para eso utilizó el contexto de la celebración pascual judía y por eso mandó a dos de sus discípulos a que preparasen el lugar; les dio solo la indicación de que siguieran a un hombre que lleva un cántaro de agua, algo que sorprende porque en Jerusalén era algo sumamente cotidiano ver transportar a la gente agua a su casa. Los discípulos no tenían más que hacer algo tan ordinario como seguir a un hombre que porta un cántaro de agua y preparar una cena pascual, algo también normal dentro de la cultura judía. Pero lo que iba a suceder allí era algo que los discípulos jamás habían pensado, porque se iba a realizar en esa cena pascual, bajo los signo del pan y el vino la entrega de amor más grande de Dios para con los hombres. Bajo la cotidianeidad de los signos se preparó y se celebró lo que es el sello de la presencia de Dios en este mundo. Jesús pronunciando:-este es mi cuerpo y, –esta es mi sangre, hacía de aquel signo el memorial de su pasión hasta el final de la historia. Esos signos desde ese momento se han vuelo para nosotros el acontecimiento de nuestra salvación y la presencia de Dios con nosotros.

La modernidad ha expulsado a Dios del mundo, pero la Eucaristía nos sigue diciendo, no a viva voz pero si susurrantemente, (porque solo es perceptible para quien mira, gusta y toca con fe), que se realiza la obra de nuestra salvación y que Cristo, el mismo Señor muerto y resucitado está presente bajo los pobres signos del pan y el vino.

Desgraciadamente los creyentes no somos atemporales y como buenos hijos de nuestra época a veces perdemos de vista lo que se realiza en la Eucaristía, por eso: o sutilmente hacemos de Dios una idea, como todos nuestros hermanos incrédulos, transformando a Dios en fantasía, o buscamos intervencionismos milagrosos de Dios sin percatarnos que no podemos esperar una intervención más grande que el Cristo que se hizo hombre que murió y resucitó por nosotros, se haga presente en la Eucaristía actualizándose la obra de nuestra redención en la celebración de la Santa Misa, una celebración tal vez ya ordinaria para nuestros ojos siempre ávidos de cosas nuevas, pero que siempre está preparada y dispuesta para quien se acerca con fe a ella.

Dios sigue actuando en nuestro mundo y en nuestra vida, la Eucaristía es la respuesta a ese deseo de que Dios se haga presente en medio de nuestros afanes, dolores y alegrías. Para ver donde se hace presente no busquemos grandes prodigios, sino los signos simples de una comunidad que se reúne a celebrar la Santa Misa como aquellos dos apóstoles que tuvieron que encontrar a un hombre que llevaba en un cántaro agua a su casa.