Reconocimiento de las virtudes heroicas de Sor Leonor de Santa María Ocampo OP

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El 19 de mayo el Santo Padre Francisco, durante una audiencia con el cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación de la causa de los Santos, concedió el permiso para la promulgación del decreto de reconocimiento de las virtudes heroicas de la Sierva de Dios Sor Leonor de Santa María Ocampo, monja de la Orden de Predicadores, del Monasterio Santa Catalina de Siena (Córdoba, Argentina). Con este decreto la Sierva de Dios puede ser llamada Venerable. De esta manera la Iglesia reconoce después de una investigación hecha en la Arquidiócesis de Córdoba y evaluada en Roma que sor Leonor vivió una vida conforme al Evangelio como monja de clausura. El próximo paso es esperar que haya un milagro realizado por su intercesión para poder proceder a la beatificación.

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Isora María nació en 1841 en Famatina, La Rioja, el día de la fiesta de la Asunción de Virgen. Durante la primavera de 1850 perdió a su madre y encomendó su vida a la Madre del cielo. En su autobiografía habla mucho acerca de la presencia de la Madre de Dios en su vida, en especial cuando la situación de su familia la hacía sufrir mucho debido a la falta de cuidados y a ciertas injusticias sufridas. Su padre participó en la vida política, y ella desde niña tuvo una especial inclinación a la vida sacramental y religiosa. Se sintió llamada especialmente al silencio en un estilo de vida escondido. Pasó su adolescencia en la casa de su tío y con la ayuda del Venerable fray José León Torres, religioso de la Orden de la Merced, intensificó su vida de oración y de penitencia, la que fue muchas veces obstruida por sus parientes, muy materialistas, que la humillaban e insultaban. Todo lo sufrió en silencio con una gran fuerza interior y humildad. En una oportunidad trató de escaparse de su casa pero inmediatamente volvió. Continuó rezando y meditando en su vida siguiendo el camino de la Cruz.

En su niñez fue a vivir a San Juan donde su padre se había mudado. Durante ese tiempo intensificó su vida cristiana madurando una vocación religiosa con la dirección espiritual de fray José Paulino Albarracín OP. En ese momento en el monasterio de Santa Catalina de Siena de Córdoba no había lugar para ella porque no tenía dote, en parte porque su padre no quería ayudarla. Por esta razón comenzó a pedir entre sus parientes y amigos para conseguir el dinero. Continuó con una disciplina sacramental de oración y de penitencia, dedicándose sobre todo a las obras de caridad, y ayudando a los enfermos de su familia, especialmente a su padre. Durante este tiempo hizo voto privado de castidad. En el mundo laico vivió como una monja.

Por fin finalmente su sueño se hizo realidad y en junio de 1868 recibió permiso para ingresar en el monasterio de Santa Catalina de Siena de Córdoba. Durante su vida religiosa cada sufrimiento fue vivido por ella con una participación en la pasión del Señor, devoción que ella había cultivado desde niña. La vida común fue para ella un ejercicio de paciencia. En algunos momentos su sinceridad y su buena fe no fueron reconocidas, en otras ocasiones la priora le solicitó tareas extrañas, poniéndola a prueba en su vida espiritual. La hermana Leonor, sin embargo, no dejo nunca de tratar a su priora con amor y respeto. Realizó distintos servicios en el monasterio: fue enfermera y sacristana, siempre con caridad, humildad y paciencia.

En la intensidad mística de su vida religiosa el Señor le regaló privilegios, signos de su amor, como algunos éxtasis o elevaciones, sueños en los que conversó con Él, con la Virgen y los Santos. Por otro lado, era muy tentada  y lograba vencer las tentaciones contemplando. También escuchó voces interiores que la guiaron en los momentos decisivos de su vida. Sor Leonor nunca se sintió superior a los demás por estos dones divinos, sino que por el contrario la llevaron  a reconocer su inmerecida condición para recibir estos favores. Siempre aceptó estas gracias con humildad y modestia, y a la vez agradecida, pues entendía que eran preparación para los momentos de sufrimiento. Mantuvo absoluta reserva de estas cosas excepto con su confesor durante toda su vida monástica.

Al final de su vida sufrió de neumonía y a aquellos que la cuidaban les anunció el día de muerte. Se acercó al paso final con un profundo espíritu de fe, esa misma fe con la cual había vivido siempre. Murió pacíficamente el 28 diciembre de 1900.

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Fray Llewellyn Muscat OP

Secretario de la Postulación General

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