Decían:está fuera de sí…, tiene espíritu inmundo

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Domingo IX Tiempo Ordinario

Domingo 10 de junio de 2018

Gn 3, 9-15; Sal129,1-8; 2Cor4,13-5,1; Mc3,20-35

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Fray Alberto M. Wernly, OP

San Miguel de Tucumán, Argentina

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Querido hermano:

Cristo es tenido por loco en su lucha contra el demonio, por parte de los paganos, y por blasfemo o endemoniado por parte de los hombres religiosos que niegan la verdad. Loco y endemoniado…, lo que vivirá luego san Pablo, cuya predicación era locura para los gentiles y escándalo para los judíos. Sin embargo, como eximio discípulo de Cristo, san Pablo tenía bien claro que su apostolado era una batalla contra el principal enemigo de Dios, el Demonio, que busca arrebatarle su morada preciosa, el alma de los hombres.

Cristo, que es la Luz de la Verdad, y el Espíritu Santo, que es el Amor divino, expulsan al Demonio y a sus ángeles, que buscan dominar a los hijos de los hombres para apartarlos de Dios. Por la soberbia de querer ocupar el lugar de Dios, y la envidia del amor infinito que Dios ha derramado en los hombres.

Es una lucha de reinos, el Reino de Dios y el reino del Demonio. Ahora bien, no es una lucha de reinos que tienen igualdad de poder, ya que uno es el del Creador, y el otro es el de una creatura, Satanás, que aunque poderoso, es creatura. El campo de batalla es el corazón del hombre, que por ser libre y caminante de este mundo, es llamado a dar su respuesta a Dios, que pacientemente lo espera. Esta espera es la lucha de Dios por nosotros, la cual no es espera sin más; es una espera que llama constantemente al corazón del hombre, por el que se ha entregado y se sigue entregando en el sacrificio de la Alianza nueva y eterna. Esta lucha de Dios se da en el silencio, la humildad y el amor. Por el contrario, la batalla del Demonio se hace mediante el ruido y la confusión, la soberbia, el odio y el resentimiento. Buscando por todos los medios atar nuestra libertad mediante las pasiones más bajas para oscurecer nuestra inteligencia y hacerla esclava, llena de vanidad, odio y envidia. En otras palabras, busca hacer esclavos a los hijos de los hombres para separarlos de Dios.

El Verbo se hizo carne para librar esta batalla, y la ha ganado venciendo el poder del Demonio, del mundo y de la carne desde lo más profundo de la naturaleza humana. Testimonio de esto son las tentaciones del desierto, donde, aunque siendo Dios, venció desde el hombre, mediante la obediencia a la Palabra de Dios. Se sujetó, Él primero, a la “voluntad de su Padre” (Mc 3,34-35), para que sigamos sus huellas…, para que seamos en Él, miembros de la familia eterna de la Trinidad. Y para esta obra nos envió su Espíritu Santo, el Amor mismo.

Ahora bien, este torrente de riqueza quiere derramarse en nuestros corazones, y mediante el hombre, en toda la creación. Por esto mismo, el odio del Demonio busca evitar, destruir y contaminar estas moradas de Dios que son los hombres. Por esto odia la familia, la divide mediante el divorcio; por esto destruye el matrimonio, sembrando el veneno de la ideología del género y de la difusión de la homosexualidad; por esto fractura mortalmente esa sagrada creación de Dios que es el acto sexual entre un varón y una mujer, apartando el placer de la concepción de un hombre nuevo para Dios; por eso, busca incansable e insaciablemente que los estados tengan por ley el aborto. Satanás inspira estas cosas en los mismos hombres porque odia a Dios, no soporta el amor que nos tiene; no soporta su misericordia ni su justicia.

Por tanto, hermano, tomemos conciencia de esta batalla, en la que pelearon tantos grandes soldados: Jesucristo primero, como el más grande de los reyes que cabalgaron en la primera línea de la batalla; los apóstoles, especialmente san Pedro y san Pablo, y tantos santos, como san Benito, san Bernardo, san Bruno, santo Domingo y san Francisco, entre otros. Empuñemos las armas que son las de la fe, la esperanza y la caridad; las del ayuno, la oración y la limosna; la de la pobreza, la castidad y la obediencia; y dejemos al Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que robustezca nuestras fuerzas desde la oración constante y perseverante.

Madre Santísima, tú que dando a luz al Verbo hecho carne, pisaste la cabeza de la Serpiente, muéstranos y danos la gracia de ser hermanos, hermanas y madre de tu Hijo, haciendo siempre la voluntad de Dios; y que como buenos soldados, deseemos morir antes que pecar. Amén.

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