¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios?

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XI Domingo Tiempo Ordinario

Ez 17,22-24; Sal 91; 2 Co 5,6-10; Mc 4,26-34

17 de junio de 2018

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Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina.

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Un magnífico Cedro. Así en la primera lectura de este domingo, presenta el profeta Ezequiel (17, 22-24), al Reino de Dios. Pero no es cualquier Cedro, de por sí maravilloso árbol como pocos. Se trata de un Cedro que proviene de un brote muy especial: cortado de la más alta de sus ramas y plantado en la más alta montaña de Israel.

            Esta imagen que Dios le dicta al profeta es para explicarle que ese es el pueblo de Israel, o sea, el pueblo de Dios. Hoy su Iglesia. Pero no será sólo un magnífico Cedro frondoso y vistoso. Sobre todo será fecundo. Echará muchas ramas, producirá muchos frutos, cobijará pájaros de toda especie que tendrán en él sus nidos, producirá sombra y protección a muchas aves que vendrán a habitar en él. Todo esto debe entenderse no sólo como un solo pueblo unido, sino también de cada persona creyente en Dios. En definitiva, cada discípulo de Cristo en lo más alto y profundo de su ser, desarrolla este Cedro imponente: es su fe, que hace tan grande a su alma. Montaña elevada que en su cúspide ha puesto a Cristo, el Mesías, que anunciaba el profeta Ezequiel con esta bella y profunda alegoría del Cedro magnífico. Ese pueblo de Dios y esa alma en gracia, está enteramente en las manos de Dios. Lo humilla si se enaltece a sí mismo, lo levanta cuando está caído, lo hace reverdecer cuando está seco. Qué hermoso es entregarnos nosotros totalmente en las manos de Dios. Nunca estaremos mejor cuidados que cuando nos donamos confiadamente al cuidado de Dios, como el bello Cedro. Siempre dejemos y supliquemos que Dios nunca deje de ser Dios para nosotros y que jamás nosotros queramos ser el Dios de nuestras vidas. La autosuficiencia del hombre es su perdición.

            El Salmo de este domingo (91, 2-3. 13-16) es una total confirmación del pensamiento que acabamos de decir. Bello muy bello. Si lo meditas y lo realizas tendrás esa felicidad que tanto estás buscando.

            En la segunda lectura de este domingo (2Corintios 5, 6-10), el gran San Pablo nos habla de la comparación entre vivir en este cuerpo mortal o fuera de él. Si vivimos en este cuerpo vivimos en el exilio, lejos del Señor. Fuera de nuestra tierra querida, eso es el exilio. Pensar esto sí que es ir contracorriente sobre todo hoy más que nunca. Pero si en verdad como dice Pablo aquí caminamos en la fe, no dudemos un minuto -aunque todavía por vivir en este cuerpo mortal no vemos claramente-, pero tengamos la seguridad total que seremos más felices junto al Señor, aunque sea sin este cuerpo mortal por un tiempo hasta el día de la resurrección, que estar aquí abajo con el cuerpo. Este es un pensamiento de San Pablo como para que todos venzamos el natural rechazo que sentimos a la muerte. La muerte no es de nuestra naturaleza sino un castigo que nos viene del pecado original, por eso es tan dura y dramática. Pero justamente Dios en su omnipotencia y amor, la ha hecho superar totalmente por nuestra fe en Cristo. En efecto, los santos y especialmente los mártires la han recibido con plena alegría, seguros como estaban, que dejar el cuerpo era pasar a un estado de felicidad inconmensurable. Por eso aquí mismo, al final de esta lectura, el Apóstol nos exhorta a que pensemos durante esta vida que cada uno deberá pasar por el tribunal de Cristo para ser juzgado según sus obras, buenas o malas. Nada será una sorpresa, cada uno recibirá lo que mereció en su vida mortal, nos enseña este texto bíblico.

            Finalmente, en el fragmento evangélico de este domingo (Mc 4, 26-34), Cristo mismo nos ofrece dos parábolas para comparar o para mejor entender cómo es el Reino de Dios: como una semilla que una persona echa en tierra y la otra el grano de mostaza. Ambas muy semejantes, pero en cada una hay matices distintos de enseñanza.

            En la primera, de la semilla que una persona coloca en la tierra para que brote, Jesús quiere destacar cómo toda la acción la hace Dios naturalmente. El hombre debe seguir su vida habitual y confiar que la semilla ya tiene en sí misma todas las virtualidades para germinar, crecer, dar la espiga y en la espiga los granos y finalmente el hombre ya puede cosechar el fruto de su siembra. Es decir, que todo el proceso lo ha llevado adelante la divina providencia. Así nos cuida y alimenta Dios a nosotros. Pero sin nuestra intervención: plantar y cosechar, no habríamos obtenido nada. Esto es muy hermoso para el crecimiento del Reino  de Dios. Nosotros nos debemos preocupar por sembrar la Palabra de Dios siempre, con ocasión o sin ella, como se expresa Pablo. Es decir: evangelizar. Luego, cuando Dios disponga cosecharemos. No hay mayor obra de caridad para el mundo y para nuestros prójimos que la evangelización. Nada podríamos hacer de mayor bien que evangelizar. De esto provienen todos los bienes para la sociedad y para cada persona. Verdad tan grande y sin embargo, hoy tan ignorada y contradecida.

            En la segunda parábola, la del grano de mostaza la atención está puesta en el desproporcionado efecto de una semilla muy pequeña y la virtualidad germinativa y de crecimiento que se genera de ella. Esto aplicado al Reino de Dios, que es invisible, y que nosotros al evangelizar, o sea, al sembrar la Palabra de Dios, no podemos ni siquiera pensar en los maravillosos efectos que puede y que de hecho produce. Por la primera parábola ya nos ha enseñado a confiar en la eficacia natural de la evangelización, ahora por esta nos adelanta el crecimiento maravilloso que tendrá esa evangelización, tanto en el bien de la sociedad entera como de las almas en particular. Quizá la impresión nuestra es todo lo contrario. No importa, creamos a la palabra del Señor antes que a nuestras superficiales impresiones. El Reino de Dios no dejará de crecer siempre y en todas partes, pero recordemos constantemente que es reino invisible y que es de Dios, no humano o de nosotros.

            Que María, la primera evangelizadora, nos eduque para tener plena confianza en las palabras de Cristo que nos explica cómo es su Reino.

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