Desde el vientre de mi madre

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Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

Is 49,1-6; Salmo 138; Hch 13,22-26; Lc 1,57-66.80

24 de junio de 2018

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fray Eduardo José Rozas

Córdoba – Argentina

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Querido hermano:

Podría ser hoy, para prestar atención a los sucesos de nuestra Patria, una homilía sobre el aborto y sus eufemismos, enésima manifestación de nuestra decadencia. Pero no. La dolorosa coyuntura que es la podredumbre de la inteligencia y de la voluntad no debe hacernos bajar la mirada. Aunque sólo sea por estos minutos en los que leas estas líneas, sin abandonar la tristeza ni la lucha, elevemos el corazón para atisbar brevemente el Misterio de Dios. Allí está nuestra Patria, es allí de donde somos ciudadanos.

El Señor no nos llamó desde el seno materno, sinécdoque temporal de una llamada eterna, simplemente para una vida biológica. “Debe llamarse Juan”, sorprende la madre. “Su nombre es Juan”, insiste el padre. Su nombre es “Dios es fiel”, “Dios es clemente”, “Dios se ha apiadado”. No compartirá el nombre de su padre carnal. No se llamará “Zacarías”, porque su vida no es sólo la continuación de un proceso biológico compartido con plantas y animales. Lo más íntimo de su persona, aquello que lo define en su ápice, es ser clemencia y fidelidad del Señor. Es la llamada a recibir el don gratuito y gracioso de Dios.

“No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”. ¡No, queridos parientes y vecinos! Ustedes se han quedado en la superficie, como si la alegría de este niño fuera sólo la eliminación de una vergüenza o el cumplimiento de un anhelo egoísta. No celebramos hoy su llegada como un ser animado que colma (o que desarma) expectativas simplemente humanas. Él ha sido formado en el seno materno por Dios “para que yo sea su Servidor”, porque es “valioso a los ojos del Señor”. Es por eso que será llamado “profeta del Altísimo”. Porque es figura de Aquel que tenía que venir, de Aquel a quien no desatará la correa de sus sandalias, de Aquel a quien bautizará para cumplir toda justicia.

Posiblemente no haya nadie en la familia con este nombre. Tal vez ninguno haya reconocido la clemencia de Dios y sólo haya llevado una vida chata y superficial. Tal vez se hayan enredado todos en una existencia que sólo quiere perpetuar lo imperpetuable, la lógica de un mundo aburrido, pero conocido. La lógica de la crasa biología que sólo sabe de estímulos y de respuestas, de exacerbación y de satisfacción. La clemencia de Dios, la fidelidad de Dios, la piedad de Dios, sólo ellas permiten salir del taedium vitae que empasta el corazón y que hace estúpida la mirada.

Querido compañero en este valle de lágrimas, el Bautista ha sido único. No lo digo yo, sino que lo dice el mismo Jesús: “entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan” (Lc 7, 28). Él ha venido (y, misteriosamente, pues no sabemos cómo, vendrá) a preparar el camino al Salvador. Y, sin embargo, dice también Jesús: “el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Lc 7, 28). El más pequeño, el más débil, el más necesitado de la protección y del cuidado de los que circunstancialmente son más grandes, más fuertes y más poderosos, es una preparación del camino del Salvador. Porque el Salvador ha querido venir a este mundo como un niño pequeño, como un hombre insignificante ante los Poderes, en la pobreza que nos trae la riqueza.

¡Qué triste será una sociedad, un pueblo, una nación que no sepa acoger al inocente! ¡No encontrará los caminos para recibir al Inocente, al único que podría darle sentido a su vida hueca y vacía! ¡Qué triste, y cuán fácilmente esclavizada, será la comunidad que no sepa recibir al Sol que nace de lo alto, anunciado por la estrella del Bautista y por la figura de los pequeños! Al que quiera escapar de la frivolidad y el asesinato (escape santo y necesario, aunque sólo pueda ser con el corazón) le tocará seguir el camino ineludible de Juan. Ir al desierto para escuchar la Voz del que allí clama.

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