Jesús con poder ante la enfermedad y la muerte se compadece de nosotros

jairo

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Domingo XIII Tiempo Ordinario

1 de Julio de 2018

Sab 1,13-15;2,23-24; Sal 29; 2 Cor 8,7.9.13-15; Mc 5, 21-43

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Fr Pablo Javier Caronello OP

Convento Santo Domingo de Santiago de Chile

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Todos conocemos de alguna manera lo que es la enfermedad o la muerte. Ambas situaciones son cuestiones sobre los que nadie ha podido todavía dar una solución, donde quedamos a la intemperie de nuestra fragilidad, de nuestra propia vulnerabilidad de la que ninguno puede escapar. Huir de ella, sería más difícil que tapar la luz del sol con una mano.

            Por otro lado, hemos ido relegando progresivamente la fe a las cosas espirituales: para el perdón de los pecados o para la salvación  de las almas, quedando esas cuestiones en una dimensión religiosa encerrada en sí misma y la fe como respuesta exclusiva a esa dimensión. Con esto no queremos decir que el perdón de los pecados  o la salvación de las almas sean de poca importancia en la vida de la fe, de ninguna manera. Lo que afirmamos es que Jesús viene a dar una respuesta mucho más integral al hombre, él responde a los anhelos y  dramas más profundos de todo el ser humano y, por eso en él también podemos encontrar una respuesta a la enfermedad y a la muerte, no porque vaya a hacerlas desparecer de nuestra existencia necesariamente, sino porque en él podemos encontrar la respuesta, al menos en esperanza, de que el Señor es más grande, más poderoso que cualquier enfermedad y que la muerte misma.

            El evangelio de hoy puede pasar como un simple relato milagroso, simple como los que suele presentar el evangelista Marcos. Pero a decir verdad, detrás del velo de simplicidad se encuentra un relato de alto contenido teológico que nos hace vislumbrar cómo, detrás de la vida de Jesús se ocultaba una verdad y un misterio que poco a poco debía ir revelándose ante los ojos y oídos de fe de sus discípulos.

            Aparecen en torno a Jesús muchos personajes en este pasaje: Jairo, los apóstoles, la muchedumbre; mas son dos los personajes centrales; la hemorroísa, una mujer enferma con hemorragias sanguíneas desde hacía muchísimos años y, una niña de doce años a punto de morir, que aunque solo aparece al final y ni siquiera habla, ella es el motor que da pie  a que Jesús pueda revelarse. De este modo la situación de ambas mujeres será ocasión propicia para que la identidad y el poder del Cristo queden de manifiesto.

            Jairo que era jefe de una sinagoga, es llevado por la desesperación de padre a pedir socorro a Jesús para que este le imponga las manos como era común en los ritos de curación realizados en el mundo judío, pero de camino a encontrarse con la niña enferma, se interpone ante Jesús y Jairo la hemorroísa. Con fe se acerca a Jesús y en medio de la muchedumbre logra tocar su manto. De inmediato queda sanada por completo. Lo que sale del maestro no es una fuerza magnética de carácter físico, es por el contrario una dínamis espiritual, fuerza que viene de lo alto. Entonces ante el pedido de Jesús de que se haga presente la persona que lo había tocado, la mujer curada, consciente de lo que acababa de sucederle, se deje ver ante Jesús. Dice san Marcos que lo hace con temor y temblor. Con esto se nos sitúa claramente ante una revelación divina, ante una Epifanía que nos hace traer a la memoria pasajes del Antiguo Testamento como aquel que se relata  en el Libro del Éxodo, cuando mientras que Dios le dictaba los Diez Mandamientos a Moisés, el pueblo oía truenos y relámpagos y se mantenía tembloroso a la distancia. Sin embargo hay una clara diferencia entre este pasaje del Éxodo o cualquier otro similar del Antiguo Testamento y el fragmento del Evangelio proclamado: mientras que el pueblo de Israel siempre contempló esas revelaciones a la distancia, desde lejos,  la hemorroísa se acerca y toca a Cristo y tocándolo hace experiencia de estar junto a Dios sintiendo en sus mismas entrañas su poder que la transforma y la cura. Por eso Jesús la despide diciéndole que por su fe quedó curada y salvada, pues a ambas ideas hace referencia la palabra griega que se está utilizando. Pero queda más por revelar, la dínamis de Jesús es tan fuerte que ni siquiera la muerte puede contra ella. Ni bien sucede lo acontecido con al hemorroìsa, llega la noticia de que la niña ha muerto, noticia que termina por quitarle toda esperanza a Jairo de que Jesús pudiese hacer algo por su hija, pues su mirada no iba más allá de tenerlo por un taumaturgo. Entones Jesús solo le pide que tenga fe. Solo desde el escenario de la fe se iba a poder realizar algo similar y más grande aún que lo que había sucedido con la hemorroísa. Solo haciendo caminar hacia la fe a Jairo, como lo había hecho con la hemorroísa, iba a poder revelar su fuerza divina. Entonces, Jesús realiza el milagro de la resurrección de la niña, eficacia que no proviene de ninguna magia sino del poder de su palabra que aparece como una orden: “a tí te lo digo, levántate”. Estas son palabras del Dios de vida, que es la vida misma y por tanto muy superior a la muerte. Si la vida misma le dice a la niña que resucite, esa palabra se hace eficaz y obra lo que dice rescatando a la niña de la muerte y devolviéndola a la vida.

            Este relato nos pone ante el poder de la presencia del Dios con nosotros, quien siendo él mismo la vida y compadeciéndose de nuestras miserias y debilidades nos tiende su mano protectora curando y devolviéndonos la vida. Si nosotros nos acercamos a él con fe, Jesús volverá a tender su mano protectora para con nosotros, igual que hizo con la hija de Jairo, curándonos y devolviéndonos la vida, la vida de la fe que nos permite vivir con mirada amplia y esperanzadora, sin dejarnos ahogar por los sin sentidos que podemos encontrar en nuestro diario caminar, y devolviéndonos incluso la salud física si también es necesario.

            No podemos olvidar esa mano auxiliadora de Dios que nos toca y con su poderosa palabra nos cura, nos salva y nos da la esperanza para que en esta vida nada podamos temer pues Dios está con nosotros. Él es el Señor de la vida y quiere que nuestra existencia esté llena de vida verdadera, solo acerquémonos con fe a él como lo hizo la hemorroísa, como la niña que fue tocada por la palabra de Dios y volvió a la vida. Eso hace Cristo en nosotros, nos devuelve la esperanza dando respuesta a nuestros anhelos y dramas que nadie puede dar, porque solo en él se encuentra la vida verdadera.

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