La admiración que se abre a la fe

ninos

.

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

8 de julio de 2018

Ez 2,2-5; Sal 122,1-4; 2Cor 12,7-10; Mc 6,1-6

.

Fray Alberto M. Wernly OP

San Miguel de Tucumán

.

«Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere» (2Cor 12,7).

Querido hermano, nuestro Dios nos conoce muy bien…, ¡claro!, Él nos creó. Conoce nuestras pasiones, conoce nuestra inteligencia, conoce todas nuestras facultades, conoce nuestros talentos y nuestras heridas y fragilidades. Precisamente por esto, quiere enseñarnos, con su mismo ejemplo y con su palabra revelada aquello que necesitamos aprender. Hoy se trata de la admiración.

Desde luego que el Verbo encarnado es el centro del Evangelio, es aquel en quien el Padre tiene todas sus complacencias. Y por esto, el centro del texto de hoy es el cumplimiento de la profecía del libro del Deuteronomio 18: «Tu Señor Dios te suscitará un profeta de entre tus hermanos». Sin embargo, siendo este el tema primario de nuestra escena, el Señor quiere subrayar un elemento que hace a la finalidad de la Encarnación, que es nuestra salvación. El Señor, como el más perfecto de los maestros desea despertar en nosotros el asombro, la admiración; para luego ordenarla, atrayéndonos hacia sí.

Jesús se encuentra en la sinagoga de su patria enseñando con gran sabiduría y obrando milagros. Esto despierta la admiración en sus compatriotas, y hasta podemos decir bien, entre sus hermanos; ya que los hermanos a los que alude Deuteronomio 18 es precisamente el pueblo al que pertenece Jesucristo, aquel pueblo obstinado y de corazón endurecido del que nos habla también hoy Ezequiel. Sin embargo, el tema de la admiración, que es vital en el desarrollo del hombre, puede darse aún, con una buena o una mala disposición.

Santo Tomás de Aquino nos enseña que «la admiratio es cierto deseo de saber, que brota en el hombre ante un efecto cuya causa ignora, o bien porque esta causa excede su conocimiento o su facultad» (ST I-II, q. 32, a. 8, c.). Este deseo de conocer la causa ignorada o de aquello que nos excede, puede mover a un conocimiento verdadero o a un conocimiento falso o deformado. El caso de los oyentes de la sinagoga de Nazaret es una admiración que brota del desconocimiento de la causa de aquella sabiduría y de aquellos milagros. Ante los cuales, no proceden con una buena disposición sino con la mediocridad propia que produce la soberbia de creer que uno ya ha agotado el conocimiento acerca de la persona que tiene delante.

Sin embargo, hay dos razones más por las cuales aquellos oyentes no creían, es decir, no encontraban la causa de aquellas cosas asombrosas en Dios. La primera es la falta de asombro por lo cotidiano, por lo más simple de cada día, es decir, la falta de mirada contemplativa de la realidad, que es la fuente de la capacidad metafísica en el hombre, y tras ella, de la vida contemplativa (cf. ST II-II, q 180, a. 3, ad. 3). La segunda es el olvido de la profecía de Moisés, a causa de «la envidia entre los compatriotas, no considerando los hechos de un hombre, y recordando la fragilidad de su infancia» (San Beda).

Querido hermano, Jesucristo quiere que la admiración no quede infecunda en nosotros. Quiere que mediante la humildad de sabernos criaturas, y por tanto dependientes de una Causa superior e infinita, encontremos en él la Causa de nuestra salvación. Quiere que para eso, reconozcamos nuestra necesidad de salvación mediante el contraste de nuestra fragilidad y nuestra falta de amor, con la perfección de su amor; y finalmente, quiere que crezcamos aún más en el asombro, al ver que la salvación que nos trae excede infinitamente el rescate que necesitábamos como criaturas, sino que ha querido hacernos partícipes de su misma vida divina. Y Dios lo quiere así porque nos conoce y sabe que «el alma goza en confrontar unas cosas con otras, por ser esta comparación un acto muy propio y connatural de la razón» (ST I-II, q. 32, a. 8, c.).

También el Señor quiere darnos el ejemplo en él mismo, de lo que deba admirarnos. Por este motivo, él mismo se admiró de la incredulidad de la gente. El Señor, admirándose en su ciencia experimental, no en su ciencia divina ni infusa, lo hace «para indicar que también nosotros debemos admirarnos, pues tenemos necesidad de ello» (ST III, q. 15, a.8, c.). De ello… ¿de qué? de fe. Tenemos necesidad del asombro que se abre a la fe, y que a su vez, al abrazar la fe crece día a día en ese asombro porque es infinito el Don recibido.

Es por eso que san Pablo comprendió que el Señor permitía en él aquella espina clavada en su carne: «para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca». Es porque el Señor sabe que es connatural en nosotros el ir subiendo hacia él mediante aquellas confrontaciones que también podemos llamar paradojas: «te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad…, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». «En la relación con Dios todo es paradójico. Las realidades que en el hombre se oponen, en Él son una sola» (Dom Dysmas de Lassus, en La fuerza del silencio). No es incompatible para Dios que Jesús sea el Verbo y a la vez «el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón», cuyas hermanas viven entre nosotros.

Pidamos a la Madre de Dios, que encienda diariamente la santa admiración que hace abrir los ojos, callar y contemplar el misterio tan grande de la Vida Divina en nosotros. Amén.

.