JESÚS VIENE A NOSOTROS POR SUS ENVIADOS

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DOMINGO XV Tiempo Ordinario

17 de Julio de 2018

Amós 7,12-15; Salmo 85 (84), Efesios 1,3-14; Marcos 6,7-13

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Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina

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En la primera lectura del profeta Amós (7, 12-15), que profetizó alrededor de la época gloriosa del reino del norte de Jeroboam II (783-743 a C), cerca del Santuario cismático de Betel, este sufriente profeta sacado por Dios de su oficio de vaquero y de cultivador de sicómoros (tamarindos), no tiene otra autoridad que la del llamado divino a profetizar. No pertenece a una familia profética ni a ninguna hermandad de profetas. Para colmo lo que le manda a proclamar el Señor no es nada halagüeño, todo lo contrario. Le anuncia la deportación del pueblo santo a Asiria, el asesinato del mismo rey en tierra extranjera, su mujer deshonrada y sus hijos e hijas muertos por la espada. El sacerdote de Betel se enoja mucho con él por estos vaticinios tan siniestros y por eso lo expulsa del país. No obstante no deja de creer en los anuncios de Amós, pero lo más descabellado es que culpa al pobre profeta que pronostica tremendos castigos. Amós, todo lo contrario, ha sido el que ha conseguido el perdón de otros horribles castigos que Dios le ha mostrado y de los cuales nada sabe Amasías.

Esta misma historia se sigue repitiendo hoy. Cuando los ministros de Jesús, el Hijo de Dios, el mismo que inspiraba a los profetas del Antiguo Pueblo de Israel, pide que sus enviados actuales (el papa, los obispos, los sacerdotes, etc.) digan y enseñen la verdad de los preceptos y mandamientos de Dios, como el de no matar, no es el enojo contra Dios sino contra sus enviados. Quisieran matarlos (de hecho en tantos lugares lo hacen), quemar sus iglesias, silenciarlos absolutamente en los poderosos medios de comunicación social y decir todo tipo de calumnias sobre ellos. Desautorizarlos proclamando a lo ancho y largo del país y del mundo sus pecados o sus supuestos pecados, mientras que escandalosos crímenes y desfalcos provenientes de la droga y de la corrupción política son absolutamente callados. Es más son aplaudidos y celebrados aquellos que sostienen estas detestables conductas, aún por muchos políticos, que deberían ser custodios del bien público y ser garantes de la verdad y de la justicia. La verdad es que no sabemos de cuántos castigos Dios nos habrá librado por la oración y las santas Misas ofrecidas por estos mediadores actuales.

El bellísimo salmo 85 (84), 9ab. 10-14, es la respuesta de Dios a los que volverán después del largo exilio a Asiria, que les anunciaba el profeta Amós en la primera lectura (aunque no lo leamos en el texto escogido por la liturgia en razón de brevedad). La gloria de Dios volverá a habitar en el templo reconstruido como brillaba en el anterior templo. Aquí es donde dice la palabra de Dios que Amor y Verdad van juntas. Nunca debimos y nunca deberemos separar ambos conceptos y ambas realidades. Puestas en este orden: primero el amor después la verdad, ya que es el amor el que busca la verdad. Nunca, pero nunca jamás el odio puede buscar la verdad. El que ama busca establecer la verdad; y, el amor verdadero, no camuflado de pasión, encuentra la verdad. Tantos desengaños en esto se viven hoy a cada paso. Pero este salmo, verdadera joya de la literatura universal, sigue enseñando cosas admirables y de simplicidad casi desconcertante: “Justicia y Paz se besan”. Esencialmente dos atributos divinos, son los fundantes del reino de Dios en la tierra, que tanto anhelan todos los hombres, unos más equivocados que acertados, pero todos buscan ese reino de justicia y paz. Aún las feministas más furiosas, que hemos visto llenas del más horrendo odio, desprecio, burla a los que piensan distinto de ellas…, sin embargo, en lo hondo de su ser buscan ese reino de justicia y de paz. El modo como lo hacen es todo lo contrario del correcto, pero en su ser más interior es lo que quieren. El salmo 85, sabiduría ancestral y divina, plasmada por la pluma del poeta mejor inspirado, ha visto que cuando la verdad brota de la tierra, la justicia ya se está asomando en el cielo. La prosperidad, tan anheladas por todos los pobres de la tierra, viene dada por Dios a raudales cuando se obra la verdad y la justicia en este mundo. Es más, la misma justicia divina, condición de la paz y la felicidad, es la que va abriendo los caminos del hombre. Nunca tengamos miedo a la justicia divina, al contrario, el salmo nos enseña cómo es ella la que va despejando y allanando los caminos delante del marchar humano. Creamos y amemos la justicia divina.

            La segunda lectura para este domingo, día del Señor, es el famoso capítulo primero de la Carta de San Pablo a los Efesios (1, 3-14). Este himno paulino es nada menos que la descripción del plan divino de la salvación en Cristo, compuesto en forma poética por las bendiciones que Dios ha decidido darnos en Cristo, restaurador del cosmos y del hombre en particular, después de su caída por el pecado original. Nada queda fuera de este plan regenerador que el Padre ha concebido en Cristo por mediación de su muerte en cruz, tanto en la tierra, como debajo de la tierra y hasta en lo más alto de los cielos, y que el mismo Espíritu Santo es garantía de que el pueblo es posesión del Padre, porque ha sido redimido por Cristo. Entonces el Padre recibirá la alabanza merecida y se verá cómo cada una de las seis bendiciones paulinas se ha cumplimentado en su plenitud.

            El evangelio de este domingo Marcos 6, 7-13, nos muestra una visión de la Misión de los doce apóstoles del Señor. En primer lugar, destaca el llamado personal que Jesús hace a cada uno de ellos, a pesar de ir ya en su compañía. Es como que este momento es especial y particular. A medida que los va llamando, -sin duda por sus nombres-, los va enviando de dos en dos. Esto tampoco lo debemos ver sin importancia. Jesús no los envía individualmente, sino de a dos. No quiere francotiradores, quiere hermanos que compartan la misión. El apóstol no es aquel que hace lo que quiere, como quiere y va donde quiere. No es que yo siento la inspiración y hago lo que a mí me parece bien. Debo ser enviado por Jesús. Ahora es la Iglesia, o sea, los apóstoles que en continuación de sucesión apostólica ininterrumpida desde Cristo hasta hoy, están en ella, entonces es la única que me puede enviar oficialmente. Sin envío soy como un billete falso, producido por una fotocopiadora. ¡Cómo se indignaba el Señor en el Antiguo Pueblo de Dios con los falsos profetas que él no había enviado y profetizaban en su nombre! Está llena la Sagrada Escritura de estos testimonios. Lo mismo sucede hoy con todas esas sectas tan peligrosas y tan numerosas, que se auto constituyen y auto envían, sin mandato de nadie. Se compran una Biblia, la interpretan subjetivamente como mejor les parece y salen a hacer proselitismo. En un año o en un mes o en pocos días alguien ya recibió el discursito que debe decir y las palabras que debe responder a las preguntas. Con mentiras y calumnias precisamente sobre la Iglesia fundada por Cristo, la Iglesia Católica, empiezan su prédica. Fundan sus cultos e instituyen sus pseudos ministros. Desde ya no pueden tener sacerdocio válido, ya que no cuentan con sucesión apostólica ininterrumpida de estos apóstoles que el evangelio de este domingo nos muestra. Por eso, el ser enviado por el mismo Señor Jesús, tiene un valor absolutamente imprescindible para predicar el evangelio.

            Después vemos que el Señor les da el poder de expulsar demonios, los espíritus impuros. O sea, la labor de exorcista como la entendemos hoy. Los demonios no son fáciles de expulsar para nadie. Sólo el poder y el nombre de Cristo los expulsa. Por eso en la Iglesia en su praxis habitual, nadie puede ni debe hacer un exorcismo propiamente, sino el sacerdote que ha recibido expresamente ese poder de su obispo, o sea, de un legítimo sucesor de los apóstoles. Cualquier sacerdote podrá hacer liberaciones, bendiciones, aún un diácono sin duda. Pero cuando se detecta que el caso es o se supone una verdadera posesión de Satanás, en este caso sólo un exorcista instituido por el obispo local o un sacerdote que haya recibido autorización oficial para un caso determinado, podrá celebrar el exorcismo de acuerdo al ritual de la Iglesia. De lo contrario se expondría a ser engañado por el Demonio, padre de la mentira, o peor aún, ser dañado cruelmente por el mismo demonio, ya que no cuenta con el aval del sucesor legítimo de un apóstol del Señor, que es el obispo diocesano o el responsable oficial de una diócesis. Todos debemos ser consientes de la gran obra de caridad que es liberar a un hermano o hermana de la posesión del diablo. Para esto siempre debemos rezar y ayudar, en el caso de que se nos requiera para participar en una celebración de exorcismo.

            Luego el Señor insiste en la libertad con que debe ir el evangelizador. No llevar una pesada carga, todo lo contrario, un bastón para apoyarse al caminar y sandalias en sus pies. Nada más. Sí mucha confianza en la divina providencia. En la medida de esa confianza el Señor nunca nos abandona y a su tiempo y modo, nos proveerá de todo lo necesario tanto para vivir como para la misión encomendada.

            Luego, la misión de predicación. Entrar en las casas y pueblos que los reciban. Allí expulsan demonios y sanan enfermos, lo mismo que hacía Jesús. Pero guay de la casa o de la gente que no los recibe ni los quiere escuchar, peor para ellos. Les traían la buena noticia. Les llevaban lo que siempre estaban esperando: la llave de la verdadera felicidad. ¿No la quieren aceptar? Bueno, vamos a sacudir nuestros pies para no llevarnos ni siquiera el polvo de vuestras casas, calles y plazas. Esto les será como testimonio contra ellos y por eso nuestra misión no se detendrá, avanzaremos y otros sí que la recibirán con gran alegría y santa docilidad, como le sucedía al apóstol San Pablo en sus numerosas misiones apostólicas.

            Recemos para que siempre recibamos a los legítimos enviados del Señor. Para que sepamos discernir de los que nos llevan por engañosos caminos, a pesar de decir las mismas palabras que usamos nosotros.

            Que el Espíritu Santo y Santa María Virgen, madre de la nueva evangelización, nos ayuden siempre a ser dóciles a las palabras y a los enviados por Jesús.

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