Jesús, el sacerdote compasivo

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Domingo XVI – Tiempo Ordinario

22 de julio de 2018

Jr 23,1-6; Salmo 22; Ef 2,13-18; Mc 6,30-34

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Fray José Eduardo Rozas

Córdoba – Argentina

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Muchas veces hemos escuchado que no hay que ver la foto, sino la película. En la vida de una persona, en el desenvolvimiento de una sociedad, en los sinsabores de un negocio, no es suficiente tomar un momento aislado. Es preciso ver cómo se llegó hasta allí, las circunstancias, las tendencias. En épocas de cambio acelerado, contar con más información acerca de un proceso parece asegurar mayor probabilidad de éxito, pues las situaciones son fugaces y los procesos, engañosas.

Con Cristo no sucede así. En cada acción de su vida se condensa toda su existencia. La Eternidad está presente en todo gesto y en toda palabra. No porque sea más pobre en profundidad, sino por la incomparable coherencia del Señor entre lo que es en cada aspecto de su vida y lo que es su misión. Siempre está actuando su unión entre los hombres y Dios. Siempre es Salvación, Redención, Iluminación. En el encuentro con un pecador está el encuentro con todo pecador. En la sanación de un enfermo está la sanación de toda enfermedad. En toda ocasión de su vida entre nosotros hubo perfecta armonía de ser y de obrar.

La compasión que nos narra el Evangelio de Marcos no fue un caso aislado. Describe la entera existencia de Jesús y el sentido de su venida: “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se apiadó entrañablemente de ella, porque eran como ovejas sin pastor” (Mc 6, 34). La descripción más exacta de Jesús usa palabras semejantes: Él es el sacerdote que se compadeció de nosotros. La compasión y la piedad que lo definen no son un sentimiento transitorio de falsa superioridad que encierra el desprecio. Es, como gustaban decir los griegos, synkatabasis, condescendencia. Nuevamente, no como imaginamos nosotros a alguien condescendiente, con sarcasmo y como maestro Siruela. Jesús tuvo compasión, condescendió, porque se adaptó, descendió con nosotros, se abrevió para ser accesible a nuestro ser. ¡Tan accesible que pudo ser prendido, azotado y crucificado!

Jesús alimentará a la muchedumbre hambrienta. La alimentará con el pan físico y con el pan de su Palabra. Así lo escucharemos el Domingo próximo. Esta es su compasión. Jesús, hoy, enseña a la multitud. Esta es su compasión. ¡Jesús nombrará el pecado y sus consecuencias! No tapó el mal infinito que supone el rechazo a Dios, el quebrantamiento de sus mandamientos. Y esta es también su compasión: iluminar nuestras inteligencias para reconocer la abominación.

Solos con él, en el desierto, o sumergidos entre las ovejas, con el buen pastor, cada momento del Señor nos lo muestra de la misma manera. No hay dobleces. No hay nada para esconder. En él, la foto es la película. La película es la foto. (Por eso, la riqueza del Rosario: en un misterio de su vida, en cualquier misterio, se nos abren las puertas de toda la realidad).

El Hijo de Dios hecho carne ha vencido el odio. “Él es nuestra paz”, nos dice Pablo. Es la perfecta reconciliación. Así también enseña a sus ovejas fatigadas, cansadas y sin pastor. Ovejas que somos tú y yo, pues en ese puñado de los que reconocieron a Jesús y no lo dejaron solo estamos todos. Y la enseñanza es clara. La enemistad con Dios, la de los “que estaban lejos”, la de los “que estaban cerca”, se destruye en la Cruz. Allí se unen perfectamente película y foto. En ese momento (que es todo momento), tiempo y eternidad están (estuvieron y estarán) para siempre soldados. El único muro que puede subsistir es el de nuestro propio pecado, pero el crucificado nos ha abierto el Cielo, nos ha conseguido la Gracia para poder vencer nosotros también. Como él, en la Cruz. Como él, en la soledad y en la muchedumbre. Como él, en el cansancio que sólo se calma recostándose en Dios.

Venite seorsum! ¡Venid! En medio de las grandes paradojas del cristianismo: solos, pero unidos en un cuerpo; en el desierto y en medio de la muchedumbre; los de lejos y los de cerca. Venid al Corazón abierto que late desde la Cruz (lejanía y cercanía de Dios), en el cual tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu. ¡Llévanos, Señor, al desierto para ser enseñados por ti!

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