Ser parte de la providencia de Dios

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Domingo XVII Tiempo Ordinario

29 de julio de 2018

2 Re 4,42-44; Sal 144,10-11.15-18; Ef 4,1-6; Jn 6,1-15

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Fray Emiliano Vanoli

Mendoza – Argentina

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Una de las realidades más misteriosas, pero a la cual tenemos acceso por la fe es la de la providencia divina, es decir, el hecho de que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman según la expresión de San Pablo: “Todo coopera al bien de los que lo aman”. Sin embargo, aún más misterioso y difícil de comprender es que en esa providencia estamos involucrados nosotros que cooperamos libremente para que se realicen los designios de Dios.

El Evangelio de este domingo nos presenta esta escena donde no sólo Nuestro Señor provee a una necesidad concreta, sino que se deja ver explícitamente como se disponen los medios en armonía con su voluntad divina.

La ocasión está dada por algo habitual en el ministerio de Jesús, las grandes muchedumbres que lo siguen no quieren dejarlo porque experimentan que sus palabras alimentan sus corazones. Pero ¿cómo alimentar el cuerpo de una muchedumbre? Jesús es consciente de la situación, y ya anticipa los medios y la solución, según deja entrever San Juan: “sabía bien lo que iba a hacer”.

La mutua cooperación entre Dios y el hombre se desenvuelve así: Jesús hace una pregunta para participar a los discípulos de la situación: “Dónde compraremos pan para darles de comer?” Felipe hace un primer análisis de la dificultad de alimentar a tanta gente, con un cierto pesimismo: “Doscientos denarios no bastarían…” Es Andrés quien da un paso más allá e iluminado por su fe, presenta a un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, aún con cierto dejo de imposibilidad: “¿qué es esto para tanta gente?”. Sin duda no se le podía escapar que eso era nada, pero mirado con fe, Andrés hace lo mismo que Jesús, presenta este poco para movilizar el corazón del Señor.

¿No podría haber hecho el Señor directamente el milagro de la multiplicación de los panes y los peces sin tantas vueltas? Sí, sin duda, pero aquí yace la belleza y el amor del plan de Dios. Él nos quiere partícipes, Él quiere que pongamos de nosotros algo, aunque sea mínimo pero que sea lo que podemos dar: una estimación un poco pesimista, un aporte que no se sabe si llevará a buen porte, algo material pero que es todo lo que se tiene. A Dios le basta que nosotros abramos mínimamente la puerta, que manifestemos nuestro deseo de ser parte de su providencia, para así poder llegar a obrar milagros.

Ordinariamente la providencia de Dios se manifiesta en la vida cotidiana a través de las cosas que nosotros hacemos, Dios no mueve el mundo habitualmente a través de milagros, sino por medio de nuestra inteligencia y voluntad por medio de la cual podemos ver y dar de lo nuestro a los demás. Nosotros somos en esta vida las manos de Dios, y esto es parte de su plan.

Pidamos al Señor tener la fe y esperanza de Andrés, que ofreciendo al Señor lo poco que veía a mano hizo posible el desborde de la generosidad y la misericordia de Dios sobre tantas personas.

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