Jesús, nuestro verdadero alimento.

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Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Ex 16, 24. 12-15; Sal 77; Ef 4, 17. 20-24; Jn 6, 24-35

5 de agosto de 2018

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Fr Pablo Javier Caronello OP

Convento Santo Domingo de Santiago de Chile

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Por suerte comer suele ser gratificante para la mayoría de las personas ¿pero nos hemos detenido a pensar que el hambre es una necesidad que pone de manifiesto los límites de nuestro ser hombres? En efecto por más gratificante que sea comer y por más que a través de la historia, hallamos recubierto el comer con formas culturales que han sofisticado esa acción, la alimentación  sigue siendo un aspecto que manifiesta que nuestros cuerpos no se valen por sí mismos, que necesitamos de cosas externas a él para vivir. Esta sola  necesidad, y sin ir a tantas otras básicas que tenemos, es motivo para que todo deseo humano de omnipotencia caiga en tierra inmediatamente, pues ¿Cómo es posible considerarnos todopoderosos si ni siquiera podemos vivir ante la falta de un plato de comida? Constatamos así que necesitamos de algo más que nosotros mismos para vivir… lo más básico de nuestro existir nos manifiesta esa necesidad.

Todas las Escrituras ponen de manifiesto que el hombre fue creado para participar de la vida divina, se ve entonces la lógica de que toda la naturaleza del hombre ponga de manifiesto ese haber sido creados para Otro. Este vivir en necesidad de algo más, de alguien más que nosotros mismos, hasta el mismo cuerpo nos lo recuerda. Por eso no nos sorprende saber  que Dios, a quien el hombre tiende desde su ser más profundo lo sepa o no, se revele como alimento.

Hoy Jesús busca llevarnos de una necesidad de orden sensible como es el hambre, a otra necesidad de orden espiritual. En la perícopa proclamada en el Evangelio de este domingo Jesús busca llevar a la multitud de esa hambre que tienen a otra más profunda, la necesidad de Dios. Mas el pueblo sigue acercándose a El, para satisfacer el hambre de pan, un pan material que es posible fabricar con nuestras manos. Sin embargo el pan verdadero que necesitamos no es posible que surja de nosotros, debe proceder de otro lugar, debe venir del cielo. Israel ya sabía que Dios proveía ante la necesidad, en el desierto se supo alimentado por su Dios. En efecto el Señor mando un pan que los alimentó y que ellos aceptaron como un don, un regalo de lo alto. Sabían entonces que Dios era capaz de alimentarlos, satisfacerles su hambre, pues de lo alto fueron llenadas sus bocas. Por tanto en esa pedagogía divina, todo venía aconteciendo para que finalmente el pueblo pudiese entender que había en ellos un hambre más profunda y, que del cielo se debería esperar un pan mejor que el que recibieron en el desierto, un pan que no los sacie por un momento sino que sea alimento de vida eterna. Ese pan como lo decíamos, no posible de fabricar con manos de hombre, lo podemos recibir solo si nos abrimos a Dios. No podemos trabajar para fabricarlo, aunque nuestro trabajo sea abrirnos para poder recibirlo, ponernos en la dinámico de descubrirnos necesitados de él y pedirlo. Pero aún eso también es acción del Señor. De aquí que la gran obra de Dios es que creamos, que podamos descubrir en nuestro interior el hambre real que poseemos y encontrar nuestro alimento en el Enviado. Si no logramos encontrar esa hambre profunda, esa necesidad de Dios, nuestra vida se tornaría muy triste y corre el riesgo de quedarse sin sentido pues seriamos como ciegos que pretenden ver, yendo detrás de cosas que son solo sombras de las que en verdad necesitamos, saciando nuestros estómagos con un alimento que debemos volver a comer porque en lo profundo, nuestra alma desea una cosa muy distinta.

Ese Pan del cielo es el enviado del Padre, Jesús nuestro Señor, Dios alimentó en el desierto a su pueblo, pero ese pueblo volvió a sentir hambre. Finalmente Dios envió al mundo al mismo alimento eterno, su Hijo apareciendo el  maná  del desierto como una lejana sombra de lo que Dios en verdad tenía planeado hacer: dar al mundo el pan de vida eterna: su Hijo, la Palabra. Y por eso Jesús en la última cena nos dejó como memorial su cuerpo y su sangre bajo los signos de pan y vino. Él, siendo alimento eterno, se quedó como alimento que podemos encontrar en el tiempo. Por eso la gran Obra de Dios, esa que consiste en que nosotros creamos en Jesús alimento y bebida de vida eterna, se sigue perpetuando en la celebración de la Sagrada Liturgia y más específicamente en el Sacrificio Eucarístico. Allí podemos creer y renovar nuestra fe en reconocer en esas especies al alimento de vida eterna.

Hoy hay servidos ante nuestros ojos múltiples banquetes aparentemente apetitosos pero preguntémonos ¿nos sacian esos panes? ¿Nos sacian nuestra hambre más profunda, los panes del éxito, de la vanidad, del poder? Miremos a nuestro interior y preguntémonos de que tenemos hambre, y Jesús pan y bebida de salvación nos dará la respuesta, porque él es verdadero alimento. Que Dios siga haciendo su obra en nosotros, para que abramos siempre un poco más nuestros ojos de la fe para descubrir en Jesús al único alimento que sacia el hambre de vida eterna  que todos los hombre tenemos.

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