Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió.

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Domingo XIX Tiempo Ordinario

12 de agosto de 2018

1 Re 19,1-8; Sal 33,2-9;  Ef 4,30-5,2;  Jn 6,41-51

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Fray Alberto Benito Wernly

San Miguel de Tucumán, Argentina

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«Caminad en el amor, así como Cristo os amó, y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y victima a Dios en fragancia de suavidad» (Ef 5,2).

Querido hermano, hace un mes (domingo XIV) escuchábamos el pasaje del capítulo sexto del Evangelio según san Marcos, donde se nos hablaba de la admiración que surgía ante el desconocimiento de la causa u origen de los milagros y palabras de Cristo. El pasaje que meditamos hoy del evangelio según san Juan comienza con ese mismo tema, aunque no habla de admiración, sino que nos habla de una acción que brota, precisamente, de aquella admiratio caída en la infecundidad, desperdiciada o ahogada por la mediocridad o la soberbia del hombre –que en última instancia es lo mismo-, por reducir la realidad a la sola mirada carnal o meramente natural. Dicha acción es la murmuración, y aquello de lo cual desconocen su causa es lo dicho por el Señor: «Yo soy el pan bajado del cielo» (Jn6,41).

En cuanto a la murmuración, y la causa de la esterilidad de su admiración, es necesario recordar que el domingo pasado el Señor nos dio la regla para considerar la realidad en su totalidad: «… me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece hasta la vida eterna» (Jn6,26-27). Ante la búsqueda de la causa de algo así, si la mirada del hombre es solamente carnal, se ahoga en la miseria de estar impedido de conocer la causa espiritual y eterna de lo real. El Señor desea ardientemente que veamos lo espiritual y lo eterno que excede infinitamente lo carnal, y conoce muy bien la razón del problema; por eso dice antes: «quien es de la tierra habla de la tierra» (Jn3,31), y no capta lo espiritual (cf. Sto. Tomás de Aq., In Iohannem, 931).

Ahora bien, sabemos que el Señor es infinitamente rico en misericordia, y por eso responde hoy a esta murmuración acerca de lo que él mismo había dicho. Lo primero que hará es rechazar de cuajo el vicio de la murmuración, por la cual se hacen hijos de sus padres, no solo según la carne sino también por la imitación de sus obras. Padres que a cada paso murmuraban de Dios en el desierto, y que según san Agustín: «de ninguna cosa se ha dicho que este pueblo ofendió más a Dios que murmurando contra Dios» (In Iohannis…, 26.11).

En segundo lugar, el Señor retoma su discurso hablando de su Padre, como respuesta a la murmuración acerca de quién era su padre. Mas simultáneamente enseña a sus oyentes, y nos enseña hoy a nosotros, cual es nuestro fin, quien hace la obra, y como la realiza. El fin es la Vida eterna, la que permanece, que es Dios; pero como a Dios no podemos llegar solos, Dios nos ha enviado a su Hijo, para participar de la vida divina, que es la vida eterna, mediante la fe en Él. Ahora bien, a esta fe es el venir a Mí con todo nuestro ser, nuestra inteligencia, nuestro afecto y nuestras obras; lo cual será una obra de Aquel que lo envió, el Padre. Y para sintetizar cómo hace la obra el Padre, recordemos una frase de este evangelio: «Nadie puede venir a mí si no lo atrajere el Padre,… todo el que oyó al Padre y aprendió, viene a mí» (Jn6,44.45). Santo Tomás nos aclara que el modo de atraer de Dios es sin violencia ni coacción, y como tal, se da de diversas maneras: por persuasión, mediante su inspiración y sus milagros (que son las «obras de mi padre»), y por seducción, mediante la gracia y el poder de la Majestad divina que sale de los labios de Cristo, de los cuales «se derrama la gracia». Y para sintetizar esta obra divina en nosotros, Cristo la sintetiza con dos palabras: oyó, que indica la acción y el don divino, y aprendió, que supone el libre arbitrio y el asentimiento propio de la fe.

Nunca dejará de venir a nuestra mente la pregunta acerca de aquella razón última que mueve al mismo Dios a atraer a algunos más que a otros según lo vemos desde nuestra pobre perspectiva. Ante esto, nos dice san Agustín: «por qué atrae a éste y a aquél no atrae, no lo juzgues si no quieres errar. Pero capta y entiende: si todavía no eres atraído, ora para ser atraído» (In Iohannis…, 26.2).

En fin, en medio de esta obra del don de la Vida eterna al hombre, obra que pertenece a la santa e indivisa Trinidad, el Señor nos deja el pan para el camino. Pan que, como alimento, da fuerzas en orden al destino al que se dirige; y ya que el destino es la Vida eterna, el alimento sólo puede ser del cielo, para que las fuerzas que proporcione sean para la vida del cuerpo y del alma en la eternidad. Este pan, ya no es el maná, que significaba la Eucaristía futura, y tampoco es un pan que significa la carne de Cristo, sino que «es mi carne» (Jn 6,51), es su carne en la cual está todo Cristo, ya que es pan vivo.

Querido hermano, pídele al Padre que no dejes de oír su voz y recordar sus palabras, porque él ya nos ha hablado, ya nos ha enviado mucho para persuadirnos y seducirnos para que le demos nuestro asentimiento; pídele que ablande y despierte nuestras almas para volver a vivir con entereza e integridad nuestra fe católica. Pidamos a nuestra Señora que no permita la murmuración y el renegar de él en nuestra Patria, sino que nos conceda ir a Él, con todo lo que eso implica; ir a él es presentarnos enteros ante Él, y dejarse juzgar, corregir, curar, educar, alimentar y salvar por Él. Que nunca le digamos como el Demonio: no te serviré, sino por el contrario, que cada día le repitamos: hágase en mí según tu palabra. Amén.

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