Yo soy el Pan vivo bajado del cielo

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XX Domingo Tiempo Ordinario

19 de agosto de 2018

Prov. 9,1-6; Sal 33,2-3.10-15; Ef. 5,15-20; Jn 6,51-59

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Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina

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Queridos hermanos/amigos:

            Como todos los domingos, éste también contiene una bellísima colección de textos bíblicos. Casi diría particularmente maravillosos. Es verdad que para los que no tienen fe cristiana/católica o simplemente para los que tienen una fe superficial o poco formada, quizá no le dicen mucho o no le encuentran mucho sentido. Quizá con esto el mismo Dios los está invitando a  que no se pierdan el banquete de la sabiduría. En la primera lectura propuesta por la Liturgia para este domingo (Proverbios 9, 1-6), tenemos un pequeño y riquísimo fragmento donde se nos indica, como final del largo prólogo a esta obra, una apremiante invitación a la Sabiduría. Este libro bíblico de los Proverbios está compuesto más o menos 1000 años antes de Jesús. Es una colección de colecciones de sentencias atribuidas al hombre más sabio de Israel: Salomón.

            En esta primera lectura de hoy se nos presenta a la Sabiduría como una casa noble, con un patio interior, como una casa doméstica, pero también con sus simbologías –las siete columnas por ejemplo-, que podría hacer pensar en un edificio sagrado, cultual, o también una escuela sapiencial o casa cultural. Todo esto como un bello contexto para un banquete especial al cual se nos invita. Este almuerzo o cena está preparado con víctimas (animales) sacrificados y buen vino. Los servidores y las servidoras suben a lo más alto de la ciudad para que todos oigan la invitación al banquete ya preparado de la sabiduría, donde proclaman a alta voz: “Vengan, coman de mi pan y beban del vino” (vers. 5). ¿A quiénes de modo especial se invita? A los incautos, a los faltos de entendimiento, a los ingenuos… ¿A los que participen en ese banquete gratuito qué les ofrece? Seguir derechos por el camino de la inteligencia. Es evidente que en este texto tenemos una clara alusión al banquete que nos ofrecerá la Sabiduría misma encarnada en Jesús, y que nos dará el pan de la verdadera inteligencia: la fe que descubre a Dios mismo, que es alimento que contiene en sí todo deleite apetecible.

            La segunda lectura para este domingo, es del gran apóstol San Pablo (Efesios 5, 15-20) y de alguna manera, se puede decir que es como un complemento de la anterior de los Proverbios. En efecto, nos exhorta a los creyentes a vivir como sabios no como necios. Y, lo que es más, nos pide aprovechar muy bien el momento presente. Que nos demos cuenta de la fugacidad de este mundo, todo pasa muy rápido y especialmente ahora cuando vivimos una vida frenética, a pesar de tener tantos medios mejores que en el pasado y que tanto nos ayudan y tanto usamos, como son las comunicaciones, la informática, etc. Pero en lo que más coincide la apreciación del apóstol Pablo con nuestro tiempo y el suyo, es que los tiempos que vivimos son malos. Yo diría, muy malos. Ya soy una persona mayor y he vivido varias décadas y lo que puedo apreciar es que si bien tenemos más y disponemos de todo más que antes, sin embargo vivimos mucho peor, sobre todo moralmente, que en definitiva es lo que importa para la salvación eterna. La corrupción de las costumbres, la inmoralidad pública y privada, la ignorancia de la ley natural y divina, la falta de compromiso a la palabra dada, la subversión de valores, la exaltación de lo sensible sobre lo intelectual y volitivo, el desprecio de la leyes positivas, la falta de respeto entre las personas… En fin, para qué seguir haciendo un catálogo de todos los males que padecemos a diario hoy. No hay nadie que no los padezca. Lo padecen los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. Obrar mal, ya sea privadamente o públicamente, siempre será causa de sufrimiento para el que lo hace y para los demás. Esta ley se cumple siempre. Por eso San Pablo, tan sabiamente, nos exhorta en el texto de este domingo, a buscar constantemente conocer cuál es la voluntad de Dios y seguirla en cada momento de nuestra vida. Este es el secreto de nuestra actual felicidad y también de nuestra futura y eterna dicha.

            Finalmente, en el Evangelio de este domingo (Juan 6, 51-59), Jesús se define así mismo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. Es continuación y penúltima parte del largo discurso de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún, junto al lago de Galilea. En primer lugar, no es un discurso fácil ni aceptable a primera instancia, sobre todo para el auditorio de Jesús. A pesar de las palabras que ya han precedido a esta larga homilía de Jesús en la Sinagoga y de la multiplicación de los panes, estos términos en particular suenan muy duros y chocantes para muchos de los auditores de Jesús, incluso para sus mismos discípulos. Jesús les habla de comer su carne y beber su sangre. Si cualquiera piensa que para comer la carne de él debería ser ya un cadáver, mucho más repugnante le resulta a un judío beber la sangre de otra persona. Tenían muchas explicitas prohibiciones de beber la sangre de los animales, y es más estaba penado por la muerte para quién lo hiciera. El realismo de Jesús es sorprendente. Ciertamente Jesús no estaba hablando de carne y sangre mortal sino de la del Hijo de Dios glorificado, pero para llegar a eso faltaba todavía. Si bien hablaba claramente del pan vivo bajado del Cielo, ese pan vivo bajado del Cielo es la carne y la sangre del mismo Jesús en persona.

            Cuando los judíos se le oponen a esas palabras tan realistas, -no están dispuestos a comer su carne-, Jesús lejos de echarse atrás y desdecirse ni explicar con alegóricas interpretaciones lo que acaba de decir, les recalca, con un doble “amén” (en verdad les digo) “les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (vers. 53). Es más les promete la vida eterna al que coma su carne y beba su sangre. Más aún vida eterna con resurrección del cuerpo obviamente. Todo junto era demasiado para los judíos y para los discípulos, tanto que después de este discurso absolutamente claro y realista, muchos de sus seguidores lo abandonaron definitivamente (Cf. Jn 6, 66). Pero Jesús siguió afirmando que era él “el pan vivo bajado del cielo” y que era el verdadero pan dado por el Padre, no por Moisés y que no era de la tierra, sino del cielo. El que coma de este pan celestial vivirá por la vida de él, Vida que él recibe del Padre, que es el que tiene Vida por sí mismo.

            Jesús habla de su doble naturaleza divina y humana, Jesús habla de dar su cuerpo y su sangre glorificado pero en el pan y el vino eucaristizado, es decir sobre el pan y el vino que se ha dado la acción de gracias a Dios. Dando gracias en cada caso luego les dio pan y les dijo esto es mi cuerpo y luego vino y les dijo esta es mi sangre. Pan divino con sabor a pan y vino divino con sabor a vino. Sin la fe es imposible creerle a Jesús, por eso Jesús afirmó “nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede (vers. 65). Insondable misterio, pero Dios no se lo niega a todo el que quiera ir hacia él y comerlo y beberlo en cada Eucaristía o Santa Misa. Obviamente, arrepentido de sus pecados, perdonados por los legítimos sacerdotes suyos que lo representan en la tierra y con fe sincera en lo que está recibiendo. Qué gracia tan inmensa es cada comunión que hagamos en la tierra con verdadera fe y devoción.

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