Tú tienes palabras de vida eterna

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Domingo XXI del Tiempo Ordinario

26 de agosto de 2018

Jos 24,1-2a.15-17.18b; Sal 33,2-3.16-23; Ef 5,21-33; Jn 6,60-69

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Fray Eduardo José Rozas OP

Córdoba, Argentina

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Querido hermano:

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         ¿Quién es Jesús? Tu vida y la mía, la vida de todo hombre, se juega en la respuesta a esa pregunta. ¿Quién es éste que nos pide (¡que nos exige!) aborrecer padre, madre, familia, hijos, la propia vida, para poder seguirlo (cf. Lc 14, 26)? ¿Quién es éste que quiere que no sólo creamos en lo que él nos dice, sino que creamos en él mismo, como sólo se puede creer en Dios? Tú y yo nos hemos cruzado con este hombre. Por eso, no podemos eludir la pregunta. Ni la respuesta.

         “¿Quién dices que soy yo?”, te podría preguntar Jesús. La respuesta no debe ser general o abstracta, sino que tiene que ser la del seguimiento. No puedes sólo responder: “Tú eres el Hijo de Dios”. Debes ir tras Él. Lo prueba lo que le sucedió a Pedro: contestó correctamente, pero no estaba dispuesto todavía a seguir plenamente. Lo primero sin lo segundo no es suficiente. Nuestra respuesta sobre quién es Jesús sólo es acertada si nuestra vida refleja que somos sus discípulos.

         Hay ocasiones en que esta pregunta, que hemos escuchado cientos de veces y respondido mecánicamente, se vuelve desgarradora. Podemos sentir que se nos va la vida en ella, y podemos vacilar. Nuestra fe, tan inmadura e inconstante, tambalea. Porque creer en Jesús significa aceptar la Cruz. En algunos de nuestros hermanos, es una crucifixión dura y cruel, por la persecución violenta. Se trata de una Gracia de Dios No me malinterpretes: es una Gracia tremenda (en su sentido más literal: que hace temblar), que el Señor da a quienes ama mucho, permitiéndoles dar el supremo testimonio de la sangre.

         Pero en muchos de nosotros, hay una Cruz distinta. Es la de la indiferencia que nos rodea. Es la de los que se alejaron, la de los discípulos que juzgaron duro lo que decía Jesús. O, tal vez, lo juzgaron blando. O lo ignoran. Y desprecian. ¡Cuán de cerca nos toca ese alejamiento silencioso! Surge entonces esa tentación sutil, como una voz suave y razonable. ¿No tendrán razón ellos? ¿Acaso es esto verdadero? ¿Vale la pena soportar la soledad del creyente? ¿No es mejor seguir a todos aquellos que se dieron cuenta de lo poco razonable de lo que enseña este auto-proclamado “Pan-bajado-del-Cielo”?

         La indiferencia que nos circunda, debilita nuestro corazón, mucho más que la hostilidad abierta. Los que se alejaron de Jesús luego de entender que sus palabras eran muy duras, muy difíciles, volvieron a su existencia anterior. Jesús fue sólo un momento fugaz, que parecía prometer grandes cosas (pan ilimitado y espectáculos a gusto del consumidor). Pero ahora, desilusionados, era necesario que lo olvidaran cuanto antes. Que borraran de su memoria todo rastro de su presencia. Para poder volver a la existencia de siempre, sin compromisos duraderos, pero con la comodidad de no sentirse bajo su mirada. Su mirada nos penetraba el corazón y nos exasperaba. ¡Preferimos una vida indiferente antes que dejar que sus palabras nos transformen el corazón!

         Tú y yo, buen compañero de peregrinación, ¿estamos dispuestos a que sus ojos nos miren? Sin Él no hay nada bello, ni fuerte, ni sano. Ni verdadero. Fuera de Él, sólo hay convencionalismos y reaccionarias rebeldías. Sólo hay vacío en el corazón, y una amarga desesperanza travestida de tonta alegría. Fuera de Él sólo hay muerte.

“Señor, ¿a dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Amén

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