Desde el interior hacia el exterior

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Domingo XXII Tiempo Ordinario

2 de septiembre de 2018

Deut 4,1-2.6-8;  Sal 14; Sant 1, 17-18. 21b-22.27; Mc 7, 1-8. 14-15, 21-23

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Fray Pablo Javier Caronello, OP

Convento Santo Domingo. Santiago, Chile.

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         Una de las cuestiones que acompaña al hombre desde su origen es cómo relacionarse con Dios. Si Dios es invisible y espiritual ¿cómo puede ser posible que nosotros, seres corpóreos y sensibles, podamos acceder a Él, entrar en contacto con su ser?

         El pueblo de Israel es portador a través de la historia de una gran noticia: ser verdaderamente interlocutor de Dios. Israel sabía que, si Dios le había hablado realmente y había obrado en su historia concretamente, entonces lo que Él quería y lo que Él era no era solo un balbuceo humano. Dios no estaba dentro de una niebla mítica o una nube oscura de ideas como el resto de los pueblos concebía a Dios. Por el contrario, Israel conocía a Dios verdaderamente y conocía su voluntad con certeza. En este sentido el Decálogo no era tanto una lista de prescripciones legales, cuanto un don de gracia por el cual el Pueblo se transformaba verdaderamente en Pueblo de Dios, “en su propiedad”, volviéndose reflejo cierto de lo que Dios era en sí mismo. Ahora bien, sí Dios les había hablado concretamente, entonces el modo de relacionarse con él también iba a tener formas concretas de realización: justamente ese verdadero encuentro del Pueblo con Dios era lo que pretendían custodiar las leyes judías. Sin embargo, como todavía no habían llegado los tiempos de la plenitud de la gracia, esas leyes comenzaron a mezclarse con leyes de los hombres, con tradiciones humanas y, lo que tenía originalmente el sentido de manifestar la tangibilidad de la revelación divina terminó por ser manifestación de la voluntad de los hombres. Es en este contexto en donde aparece hoy la discusión de Jesús con los escribas y fariseos.

         Los fariseos se escandalizan de que los discípulos no observan todas las leyes judías, pero Jesús apelando al profeta Isaías los increpa acusándolos de hipocresía, pues pretendían honrar a Dios con los labios cuando su corazón estaba lejos de Él. Esta es una crítica que no contrapone la confesión con los labios y la veneración con el corazón. La verdadera contraposición se encuentra en la externalidad de la religión y la sinceridad de ese accionar que debe brotar desde la verdad del hombre interior. La crítica de Jesús a la externalización de la religión era, tan grande porque con ella se daba una suerte de caricaturización, de ese conocimiento cierto de la revelación de Dios, que se había aproximado concretamente, manifestándole a Israel su voluntad. Sin embargo, la voluntad de Dios por más tangible y objetivable que sea, nunca se podrá mensurar desde la pura externalidad. Si Dios es Santo, si Dios es Bueno, entonces, nosotros podremos ser un verdadero reflejo de Él, si nuestro obrar y por tanto nuestro culto, emana desde el corazón, desde la profundidad del accionar humano.

         La cuestión de cómo relacionarnos con Dios todavía hoy sigue precisando de concreciones. Probablemente para nosotros no sea ya un gran problema la externalización del culto, como sí lo era para los fariseos y escribas, vivimos en una cultura en la que la autenticidad es un valor demasiado alto, como para traicionarlo fácilmente, tanto que podemos ser “auténticos”  aún  en contra de la verdad y de la justicia… Nuestro desafío  está en volver a descubrir la importancia del culto externo, no solo porque responde a nuestra forma corpóreo-espiritual de ser, sino y, por sobre todas las cosas, porque responde a la esencia de nuestra fe: que Dios se ha hecho hombre y concretamente nos ha dado un camino determinado para llegar a Él. Sin embargo, se equivoca quien piense que esto significa volver a la mera externalidad del culto. La plenitud de la gracia que hemos recibido por Cristo, nos hace entender desde dentro en primer lugar, cómo debe realizarse nuestra vida y nuestro culto. Si en el antiguo testamento la Palabra revelada estaba, por decirlo de alguna manera, frente al hombre, ahora desde Cristo, la Palabra se revela y actúa no solo desde fuera sino también desde nuestro interior. Por eso en la Economía actual, no hay contradicción entre exterioridad e interioridad, por el contrario, ambas dimensiones se necesitan mutuamente y colaboran para que el hombre pueda unirse a Dios por su obrar y por el culto que le tribute, de manera íntegra: desde el corazón hacia todas las capas de la persona, como un árbol que desde la raíz lleva la sabia vital hasta la exterioridad de las últimas hojas de su copa, pero sabiendo también que la raíz se alimenta del agua que proviene desde fuera.

         Roguemos al Señor que nos dé la gracia de tener un corazón siempre dispuesto a recibir la acción de Dios, para que sea la fuente de donde emane la fuerza que transforme todo nuestro accionar; y, así podamos colaborar para hacer de este mundo un lugar siempre más parecido a lo que Dios pensó de él.

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