«Todo lo hizo bien»

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Domingo XXIII Tiempo Ordinario

9 de septiembre de 2018

Is 35,4-7; Sal 145,7-10; Sant 2,1-7; Mc 7,31-37

Fray Alberto M. Wernly

San Miguel de Tucumán

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Cristo Jesús, «todo lo hizo bien». Esta frase nos recuerda al Génesis, cuando «vio Dios todo cuanto había hecho; y estaba muy bien» (Gn 1,31). De la mano de Dios no puede sino salir lo bueno. Hoy nos encontramos con Jesús, que atravesando la Decápolis, se dirige a Sidón y al mar de Galilea, que simbolizan, según San Jerónimo, nuestro salvajismo bestial y la inconstancia que nunca cesa. Vemos al Verbo encarnado atravesando la región de las diez ciudades que simbolizan el Decálogo, para salvar a las naciones. El Dios que lo hizo todo bien, que dio su ley en el Sinaí, camina nuestro territorio para rescatarnos de nuestro extravío.

Dios lo hace todo bien, pero como el hombre es hombre, puede por lo mismo, no vivir según su naturaleza y su vocación. Y de hecho, el hombre ha decidido mal, ha pecado contra Dios, contra sí mismo y contra todo hombre. Y pecando ha quedado sordo a la ley de Dios, a la ley eterna, y a la ley natural. Y por eso mismo, ha quedado mudo, ya que al cerrarse a lo que es superior a él, no puede pronunciar nada que merezca el nombre de palabra. El que se ha hecho sordo a lo alto, a la fuente de toda verdad y sabiduría, no posee verdadera palabra, sino un sordo ruido que no dice nada o peor aún, es fuente de confusión.

Nuestro Señor, curando al sordomudo por su poder divino, a su vez nos instruye con cada gesto y palabra. Él lo restaura y lo sana liberándolo de sus ataduras; abriendo y soltando. De este modo, busca abrir nuestras prisiones y soltar nuestras cadenas. Y la prisión, que se simboliza con la sordera, son los pecados que cierran el paso a la Palabra, a la Verdad; y estos son los pecados del espíritu, como la soberbia, la envidia, la vanagloria, el egoísmo, el ansia de poder, etc., que son los pecados más graves, y que tenemos en común con los mismos demonios. Por su parte, el impedimento de la lengua que lo hace mudo, simbolizado con el endurecimiento o las cadenas, son los pecados y vicios de la carne, como la pereza, la gula, la lujuria, etc., que son los que más humillan al hombre haciéndolo esclavo de lo más bajo o inferior de su naturaleza, lo cual, lo asemeja más a los animales sin juicio.

Cristo abre y desata la cerrazón y las ataduras de nuestro pecado, para restaurar nuestra naturaleza enferma. Pero llama al hombre a algo mayor aún. Lo busca, lo lleva a solas, y lo restituye en su camino. Este sordo que somos cada uno de nosotros, sólo podrá volver a escuchar si se deja apartar un momento a solas con Cristo, haciendo silencio, y con la sola mirada y el corazón, y con la ayuda de aquellos que nos acercan a Cristo, pide a Dios que le abra el oído y le desate la lengua. A esto mismo, el Señor lo realiza por medio de sus Sacramentos. No en vano Jesús, pudiendo curar con su sola palabra prefirió meter sus dedos en las orejas y tocar con su saliva su lengua, alzando los ojos al cielo y suspirando. Hizo todo esto por la misma razón por la que se hizo hombre. Dios que nos creó alma y cuerpo, asume y toca todo nuestro ser. Salva y resucita al hombre en su integridad, y por eso nos manda escucharlo y vivir según aquello que él creó y no nosotros. Y aquello que el hizo muy bueno tiene un orden y una ley que debemos abrazar y transmitir; no torcer para caer de nuevo en la soberbia sordera.

Cristo no sólo nos restaura sino que nos hace nuevos para una vocación divina. Cristo engendra la verdadera nobleza: la de sangre real y divina, la de los bautizados y alimentados con su Cuerpo y su Sangre. Y esa nobleza sí que obliga, sea uno aristócrata o no. Obliga a una ley, a la del amor más verdadero y puro. Y con esto renueva los lazos sociales, allí donde esté cada uno, en la caridad y las virtudes. Porque, –como dijo el apóstol Santiago en la segunda lectura- se ha pronunciado sobre nosotros «tan hermoso Nombre» (Sant 2,7). Y Dios no pronuncia su palabra sobre alguien en vano. Por esto, ante tamaña donación solo queda una gloria infinita o un castigo eterno.

Querido hermano, en el camino de esta vida presente, hace falta retirarse con el Señor para ser sanado y devuelto al combate, hasta que llegue –como anunció Isaías en la primera lectura- «la venganza, la represalia de Dios» (Is 35,4), el último y definitivo día, en el que nos presentaremos ante nuestro Divino juez y señor, para oír de su boca: «pasa al banquete de tu Señor».

Hermano, Cristo no nos quiere sordos, pero tampoco mudos. Si nos ha restaurado íntegros, parte de esta integridad es la palabra y la vida tanto privada como pública y social. Rechacemos aquellas dos miserias que nos trajo la modernidad: la autonomía con respecto a Dios y a su Iglesia, y la reducción de la fe a lo puramente subjetivo y privado. No, el Jesucristo no nos quiere ni sordos ni mudos, sino oyentes de su Palabra y su Ley, y obedientes a ella en la totalidad de nuestra vida, sin división, sin doblez, sino enteramente unificados en su amor.

Señor Jesús, que todo lo has hecho bien, que has hecho oír a los sordos y hablar a los mudos; por medio de tu santísima Madre, danos la gracia de oírte y obedecerte proclamándote con nuestros actos y nuestra lengua, para merecer un día contemplarte y alabarte en tu santa gloria con todos los santos. Amén.

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