Jesús, el Mesías rechazado

peter-icon-fisherman-icon

.

Domingo XXIV Tiempo Ordinario

16 de septiembre de 2018

Is 50,5-9; St 2,14-18; Mc 8,27-35

Fray Diego José Correa

Mendoza, Argentina
.
En la primera lectura de este domingo (Isaías 50, 5-9ª), se ve la actitud de un oyente, que se levanta muy temprano y abre su oído para escuchar como un discípulo (cf. Is 50, 4). Esto nos quiere enseñar que nuestra disponibilidad ante Dios es siempre la de escuchar, sea que hable, sea que calle o sea que obre. Dios no sólo enseña con su palabra, sino y sobre todo con su actuar. De hecho, aquí el precioso texto de Isaías que se nos propone, tiene poco de palabras y mucho de hechos. Por ejemplo, ofrecer su espalda a los golpes, su rostro a los que se burlan de él: le tiran de la barba, se la arrancan, lo ultrajan y lo escupen. Pero el discípulo, lejos de pensar que con todos esos sufrimientos, Dios lo ha abandonado, piensa lo contrario: el Señor viene en mi ayuda y por ese motivo yo no quedo confundido. Evidentemente este texto hace referencia a la pasión de Cristo, el Mesías. Pero cuánta historia hay parecida o igual en los acontecimientos de la Iglesia del Señor en sus santos y mártires. Hemos celebrado el jueves 13 de este mes la memoria del glorioso predicador y obispo, San Juan Crisóstomo. Cuántos y cuán terribles sufrimientos debió el Crisóstomo padecer de parte del imperio y de los mismos católicos. Ya en ese momento el Imperio es cristiano, al menos nominalmente. Las actuaciones de varios obispos contra Juan Crisóstomo son de una crueldad inaudita, pero Juan se comportó siempre como otro mesías, jamás dudó de la ayuda divina ni de la única Iglesia del Señor, llena de santos y también de pecadores, hasta obispos muy corruptos. Era un hombre delicado y formado en una familia cultísima y aristocrática, mimado como hijo único y de madre santa, muy sensible a los sufrimientos que padecía, pero su fortaleza, su resistencia es como si el texto de hoy de Isaías lo describiera a él. Juntamente con el Crisóstomo tantos católicos sufrieron lo indecible y los martirios por seguirlo, pero en toda la Iglesia, en todos los tiempos y en todos los lugares, ha padecido y sigue la Santa Iglesia padeciendo. Pero el justo siempre piensa, como lo dice la palabra de Dios de Isaías: “Sí, el Señor viene en mí ayuda: ¿quién me va a condenar?” (Is 50, 9ª), aunque me maten, sólo pueden matar este cuerpo de por sí ya mortal, pero no pueden matar mi alma, inmortal, y lo mejor es que no pueden condenarme: yo llegaré al paraíso feliz y eterno, en el gozo del Señor.
            En la segunda lectura de este domingo (Santiago 2, 14-18), se nos pone a nuestra consideración que la fe no es declamación, sermones, argumentos, bonitos pensamientos, ideales, poesía hermosa, cánticos entusiasmante y pegadizos… nada de eso está mal, todo lo contrario, pero no puede ser sólo eso, sino que deben ir acompañados por obras reales y concretas. Tampoco es posible decir tú tiene fe y yo obras. No pueden ir separadas de una misma persona. La fe cuando es verdadera obra por la caridad. Sin obras concretas de caridad la fe es como inexistente, invisible. En el cielo sólo amaremos y nos gozaremos en amar, sin necesidad de ayudar a ningún necesitado, ya que no los habrá, pero eso será en el cielo; no ahora en la tierra, donde siempre tendremos pobres, enfermos, ancianos, bebés, niños, jóvenes, ignorantes, errados, descreídos, angustiados, perplejos, decaídos, depresivos, drogados… que están necesitando de mi ayuda. Nuestro discernimiento pastoral nos debe llevar a saber qué dar a cada uno y en su momento oportuno, según nuestras posibilidades, capacidades y carismas dados por el Señor a cada uno en beneficio de los demás.
            En el Evangelio de este domingo, finalmente, (Marcos 8, 27-35), nos presenta dos temas: la identidad de quién es Jesús verdaderamente y que seguirlo a él es cargar su cruz para ir detrás de él.
            ¿Quién es Jesús verdaderamente? Todo el evangelio tiene la intencionalidad de llegar a este momento: confesar públicamente quién es Jesús. Pero Jesús en una admirable didáctica los lleva progresivamente a confesar lo que verdaderamente es él. Primero, las opiniones ajenas. El “colectivo” social dice…Juan el Bautista, que matado injusta y vilmente pesa en la conciencia colectiva con dolor, impotencia y arrepentimiento, ha revivido; o el grande profeta Elías, que debía venir antes de la llegada del Mesías,  o simplemente, alguno de los otros profetas, todos matados inicuamente y que pesan en la recordación del pueblo de Israel, como otros de los tantos enviados de Dios que fueron ajusticiados por sus autoridades, por decir con autenticidad los que Dios quería transmitir… En verdad, que en Jesús todos los profetas reviven. Jesús hablaba en todos ellos y todos hablaban de él. Por lo cual, ninguna de las cosas que dice la gente es totalmente falsa, sino parcialmente verdadera.
            Pero a Jesús le interesa saber qué piensan ellos, sus escogidos y ya designados “sus enviados” (apóstoles). Esta opinión es importantísima. Es lo que se va a transmitir al mundo entero para siempre: lo que ellos crean de él será el fundamento permanente de la verdadera fe de todos los hijos de Dios. Es Pedro, el que en nombre de todo el grupo apostólico, responde acertadamente la identidad de Jesús, en su riquísima y dilatada variedad: tú eres el Mesías, tú eres el Cristo, tú eres el Ungido de Dios. Jesús quedó muy contento con esa respuesta tan acertada. Habían llegado a ella después de un largo proceso formativo y por acción del Espíritu Santo. Por ahora no lo digan a nadie, después deberán proclamarlo por el mundo entero de todos los modos posibles.
            Pero Jesús no quiere perder tiempo ni separar los temas: el ser y su vocación. Él es lo que acaban de decir: “el Mesías”. Colofón de la esperanza del Pueblo de Israel. Culminación de la larga, sufrida y gozosa experiencia de siglos de fe religiosa del Pueblo de la primera alianza. Pero cuidado, que ahí no termina todo. ¿Cómo será ese Mesías? Sufriente, como había sido profetizado largamente en todo el primer testamento, principalmente por los grandes y pequeños profetas. Esto no entraba en la perspectiva de los discípulos. ¡De ningún modo! Humanamente es intolerable el sufrimiento del ser humano… menos tolerable es el sufrimiento de Dios. Es sencillamente loco, una demencia intelectual, una atrofia de la lógica racional. Además, no sólo sufrimiento feroz sino también muerte incluida… entonces ¿qué quedará? Pedro intenta hacerlo entrar en razón a Jesús, por eso lo lleva aparte y le habla con verdadera amistad, intimidad y confianza ya que ha recibido del Padre de los Cielos la magna revelación de quién es Jesús y por ella ha sido alabado. A ese modo puramente humano de pensar de Pedro responde Jesús con determinación y claridad: ¡tú Pedro piensas como Satanás! Satán también tiene su religión y la construye con sus pensamientos y dialécticas filosóficas apropiadas. Así como tú Pedro pensarán las sectas que saldrán de ustedes después de que yo me vaya. Los docetas, los gnósticos, los islámicos, los de la “iglesia” “pare de sufrir”, etc. Miles serán los que profesarán un Cristo sin cruz, sin sufrimiento y sin muerte. Ninguno oía totalmente a Jesús cuando hablaba: “resucitará después de tres días”. Sin Cruz no hay sufrimiento, sin Cruz no hay crucifixión, sin Cruz no hay muerte, pero sin Cruz tampoco hay resurrección. Todo es un mismo componente: pasión, dolor, sufrimiento, muerte y resurrección, glorificación, felicidad eterna e inimaginable.
            Es necesario perder la vida por Jesús y por su buena noticia, o sea, el evangelio, para vivir resucitado eternamente glorioso como el Mesías sufriente.
.
.