El seguidor, pequeño y servidor

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Domingo XXV Tiempo Ordinario
23 de septiembre de 2018
 
Sb 2,12.17-20; Sal 53; St 3,16-4,3; Mc 9, 30-37
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Fray Eduardo José Rosaz, OP
Córdoba, Argentina.
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Querido hermano:
Nuestra vida es un seguimiento. No tenemos opción, siempre seguimos a alguien. ¡Cuántos de los que proclaman a viva voz su libertad y autonomía, no hacen sino copiar frases escuchadas a guías ciegos, que los llevan a caer en el pozo! ¡Qué gran paradoja! La supuesta independencia se basa en una esclavitud del intelecto, que renuncia a lo que le es propio: la búsqueda de la verdad. La falsedad de mundo y del demonio nos ata, al mismo tiempo que nos engaña para que creamos que hemos tomado decisiones emancipadas. Nos convertimos así en tristes títeres que se contentan con una libertad declamada, que nos oculta la miseria de nuestra servidumbre.
Nuestra vida es un seguimiento. No tenemos opción, siempre seguimos a alguien. La paradoja que señalábamos antes, tiene en Jesús su contrapartida. El que lo sigue, renunciando a sí mismo, gana una libertad sin precedentes. Ir tras él, no nos confundamos, querido hermano, concluye sin dudas en la Cruz. Nuestro Señor lo dijo explícitamente: “si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34). Si nos aferramos a nuestra vida mezquina y pusilánime, perderemos incluso lo que tenemos, pero si la perdemos (“a causa de Mí y del Evangelio”), la recuperaremos.
No es fácil este lenguaje. Los apóstoles no lo entendieron, y muchas veces nosotros lo edulcoramos y diluimos. La primera vez que Jesús anunció su rechazo y muerte, Pedro lo reprendió (Mc 8, 31-33). La segunda vez, aunque nadie decía nada, tampoco comprendían sus palabras (Mc 9, 30-32). El Señor hablaba de resurrección, no sólo de muerte. Por eso, no es sólo que les faltaba la perspectiva de un futuro mejor, recuperado luego de la propia entrega. La gran paradoja del seguimiento de Jesús choca siempre con nuestro viejo Adán, que se resiste continuamente a morir.
Muchas cosas tendríamos que decir sobre este seguimiento, pero el tiempo es limitado. Escuchemos dos de ellas, de boca de Jesús. Estamos en Cafarnaúm, “en casa” (Mc 9, 33) con él, con el “Maestro” (Mc 9, 38). Volvimos de un largo camino, que escuchó nuestro silencio temeroso y desconcertado ante su enseñanza: Jesús tendría que ser entregado (¿Quién sería el que lo entregue? ¡Seguro que no será uno de los nuestros, sino uno de lo que no nos sigue!), tendría que morir y resucitar. Pero nosotros, incómodos por estas palabras, discutíamos sobre quién sería el mayor. Ahora estamos en casa. Los niños juegan, ¡hacen el mismo ruido de siempre! ¿Se animará Juan a decir lo que hemos visto? 
Querido hermano, uno de los grandes desafíos de los seguidores de Jesús es éste: no desear tanto que los demás sigan a nuestro Señor, sino que nos sigan a nosotros. “Hemos visto a un hombre que expulsaba demonios en tu nombre, el cual no nos sigue, y se lo impedimos.” ¡Qué tentación la de confundir el que nos sigan a nosotros, con el que sigan a Cristo! No se trata, simplemente, de anatematizar viejas y nuevas cruzadas y condenas. ¡Qué fácil se nos hace alzar la voz para deplorar los excesos de otros tiempos, de otros lugares, de otras personas!
Hay aquí un mecanismo más fino y personal. Sin grandilocuencias ni atrocidades exteriores, podemos caer en la tentación de superponer la satisfacción que nos da el que alguien preste atención a nuestras personas, con la única satisfacción que debe tener el apóstol: que los hombres sigan a Jesús. Si así lo hacemos, el objetivo de nuestra vida cambiará sutilmente, incluso al interior de grandes empresas cristianas. No predicaremos ni expulsaremos demonios para que haya más “pequeñitos que creen” (Mc 9, 42), sino para tener más prosélitos personales. Nuestra palabra se convertirá entonces en un Twitter exitoso, con seguidores que sólo alimentarían el amor propio. Pero no será sino una voz hueca, que se complace sólo en ser oída. Será una voz hueca, sin nada para decir.
El seguimiento de Jesús no es poca cosa. Lo decisivo de nuestra vida se juega allí, porque de él depende nuestra felicidad. ¿Podremos acaso dar algo a cambio de nuestra vida (cf. Mc 8, 37)? ¿O, tal vez, nos convendrá ganar este mundo a costa de perder la vida? No, no se trata de una cosa pequeña. ¡Se juega nuestra vida! “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). No es una luz accesoria, un lindo adorno que ponemos en nuestra chimenea para decoración del hogar. A fin de cuentas, sólo hay dos caminos: uno lleva a la vida, otro a la muerte.
Ese camino único, estrecho pero seguro, requiere de nosotros que estemos sueltos de peso. Si nuestros pies, manos u ojos nos hacen tropezar (nos escandalizan), no son sino un estorbo. En este trayecto, es mejor llegar un poco heridos, a causa de las renuncias que implica necesariamente, que abandonar para evitar el dolor. Cuando todo sea definitivo, descubriremos, como Pablo, que debíamos considerar todo como basura “a fin de ganar a Cristo” (Flp 3, 8).
¿Es fácil esta muerte que tenemos que vivir cotidianamente? Lo sabes muy bien, querido amigo. No es fácil. No nos ayuda nuestro ambiente. Incluso sería una necia locura el proponérselo, si el mismo Hijo de Dios no hubiera emprendido antes el camino de la cruz. Nuevamente, lo que hacemos es seguirlo a donde él fue primero.
María, Madre santa, tú has ido tras los pasos de Jesús. Feliz por ser su madre, pero mucho más feliz por escuchar su palabra y guardarla. Tu pie siempre entró perfectamente en su huella. Nunca se desvió. Madre santa, intercede por nosotros, para que caminemos guiados por tu Hijo, hasta llegar a la mañana sin ocaso. Amén.
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