El que no está contra nosotros, está a favor nuestro.

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Domingo XXVI Tiempo Ordinario

30 de septiembre de 2018

Nm 11,16-17.24-29; Sal 18,8-14; St 5,1-6; Mc 9, 38-43.45.47-48

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Fray Álvaro María Scheidl, OP

San Miguel de Tucumán, Argentina.

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Querido hermano:

 

De vez en cuando se sugiere que la Iglesia sería algo puramente espiritual, sin límites claros, sin una organización estructural o institucional concreta. Se mira el aspecto formal y burocrático de la Iglesia con sospecha y desconfianza como si fuese una mentalidad mundana introducida por los hombres o, en mejor caso, un mal necesario. Una errada interpretación del presente pasaje evangélico (Mc 9, 38-43.45. 47-48) podría llevarnos en esa dirección.

Para evitar esto es importante atender a una traducción precisa: «El que no está contra nosotros, está a favor nuestro». La preposición griega hyper (υπερ) puede traducirse como “en defensa de”, “en provecho de”, “por” o “en socorro de”, más precisamente que “con [nosotros]”[1]. Esto significa que los de fuera no pertenecen al nosotros eclesial visible, pero no por eso son necesariamente enemigos o están en contra, sino que si anuncian a Cristo nos ayudan.

Repasemos los hechos: Los discípulos intentan impedir a uno que no forma parte de ellos el que expulse demonios en nombre de Jesús. Pero Jesús les dice que no se lo impidan, ya que está a favor suyo, porque nadie puede hacer un milagro en su Nombre y luego hablar mal de él. No sabemos más datos sobre quién era aquel hombre. Los Padres han interpretado esta figura de diversas maneras: tal vez era un creyente y había recibido el don de hacer milagros aunque no marchaba con los discípulos[2]; tal vez no era creyente pero viendo el poder que tenía la invocación del nombre de Jesús lo pronunciaba siendo él indigno de la gracia[3]; tal vez era indigno de hacer milagros pero el Señor se servía igualmente de él para llamar a otros a la fe; tal vez se trataba de un hereje; o tal vez no se atrevía a recibir el bautismo pero mostraba benevolencia hacia Jesús[4].

Sea lo que sea, podemos interpretar que ya en tiempos de los primeros discípulos, existe un “nosotros” bien delimitado por criterios objetivos y visibles según los cuales puede decirse que tal persona o tal otra es o no es “de los nuestros”; y también aparece una actividad bien concreta -expulsar demonios en nombre de Jesús- que los discípulos reclaman como propia.

Notemos que Jesús no rechaza las pretensiones de sus discípulos, ni tampoco los acusa de celos o envidia[5]. Él acepta implícitamente que expulsar demonios en su nombre es algo propio de la Iglesia, pues no les dice: “¿y quién les dio a ustedes autoridad para impedírselo?” Él mismo organiza a la Iglesia en la unidad mediante la profesión común de la fe y los sacramentos, el derecho canónico, la caridad y los otros carismas del Espíritu Santo. Pero Jesús enseña a sus discípulos el modo en que deben ejercer su poder: no oponerse jamás a la acción de Dios, sino aceptar todo lo que contribuye a la expansión del Reino y a la predicación del nombre de Cristo. Por eso dice san Pablo: «Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad… ¿Y qué? Al fin y al cabo, con hipocresía o con sinceridad, Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome». (Flp 1,15.18)

Algo análogo hizo Jesús cuando uno le pidió que le diga a su hermano que comparta con él su herencia. Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» (Lc 12,14) Con esas palabras Cristo, Juez y Rey, no niega que tenga potestad sobre las cosas temporales, sino que le enseña cuál es el recto uso de su poder sobre los bienes terrenales: no con mentalidad mundana sino en orden a los bienes espirituales[6]. Así mismo, el uso y goce de los bienes de la gracia en la Iglesia no debe ejercerse por orgullo, envidia, celo o rivalidad, sino con humildad, generosidad o liberalidad; deseando que todos entren a formar parte del rebaño de Dios y gocen de los carismas del Espíritu: «¿Acaso estás celoso a causa de mí? -dijo Moisés a Josué ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor!» (Nm 11,29).

Dios puede valerse de medios externos a la estructura de la Iglesia. Por eso san Agustín dice: «Así es como obra la Iglesia católica, no reprobando en los herejes lo que tienen de común con ella, sino lo que de ella les separa, o bien alguna doctrina contraria a la paz y a la verdad; en lo cual están contra nosotros».

El Concilio Vaticano II ha resumido esta doctrina con notable claridad: «La Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.» (LG 8).

Que el Señor nos conceda alegrarnos siempre de que su Nombre sea glorificado y predicado incluso por los de fuera, y trabajar siempre por llamar a todos a la unidad en el seno de la Iglesia.

 


[1] Aunque también es posible traducir “con nosotros”, en el sentido de “ser del partido de” atendiendo a Mt 12,30 «El que no está conmigo está contra mí». Y así se podría entender de la pertenencia invisible a la Iglesia.

[2] Crisóstomo

[3] Teófilo

[4] San Agustín

[5] Así interpreta Beda el venerable: No era pues por envidia o celo por lo que quería san Juan impedir que lanzase aquel hombre los demonios, sino porque deseaba que todos los que invocan el nombre del Señor siguiesen a Cristo, y formasen como un solo cuerpo con sus discípulos.

[6] Suma de teología, poder judicial de Cristo.

 

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