Que los niños se acerquen a mí

Let the Little Children Come Unto Me

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.

Gn 2, 18-24| Salmo 127, 1-2. 3. 4-5. 6 R| Heb 2, 9-11 | Mc 10, 2-16

-7 de octubre de 2018-

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Fr. Gustavo Sanches Gómez OP,

Mar del Plata, Argentina.

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Jesús proclama a todos que los niños deben estar junto a Él. Este anuncio va acompañado de una sentencia clara para quienes piensen en impedimentos: “dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan” (Mc 10, 14). Esta expresión puede ayudarnos a todos: niños, jóvenes y adultos, a recordar que el modo de “ir a Jesús” debe ser ese, como niños que desean recibir el abrazo y la bendición del Señor.

 

La adultez y la niñez

Pero en el Evangelio de este domingo el relato de los niños y Jesús se encuentra precedido por una cuestión propia de la adultez, la legalidad del divorcio. “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” (Mc 10, 2). Según los biblistas, “La pregunta se expresa de tal modo que pone de manifiesto que aquellos que preguntaban sabían muy bien que la prohibición del divorcio por Jesús entraba en conflicto con Dt 24, 1-4” (Harrington, D. Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo).

La respuesta de Jesús se dará en el marco de la referencia a otro pasaje, citando el libro del Génesis proclamará el designio de Dios basado en la restauración del plan original: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer” (Mc 10, 6). La concesión del libro del Deuteronomio se dio debido a la dureza del corazón de los hombres, una debilidad humana que se muestra como una de las marcas propias de la vida adulta. Pues, cuantos más años tenemos parece que más nos cuesta retomar la actitud de la docilidad del corazón, propia del niño que se contenta hondamente con lo que recibe del padre o la madre. Un corazón ansioso de reconciliación y buscador del perdón, cuando se ha percatado de la ofensa inferida.

Por esa razón es que, quizás, recuerda Jesús que el Reino de los cielos les pertenece a los que son como ellos, como los que se comportan y desean recibirlo todo del Padre, de los que se acercan para ser abrazados. Aún más, debe la persona aceptar el Reino de Dios como un niño, para poder entrar en él. Es el tipo de docilidad y apertura que necesitamos para admitir que “lo que Dios ha unido, el hombre no lo puede separar”. Y esta imposibilidad de separación no permite excepciones, pues no podemos separar lo que el Señor ha unido ya en nosotros. Nos ha unido a Sí, al mundo que nos rodea y a los que ha puesto en nuestro camino como hermanos.

Esta unión se expresa de una manera única en la relación entre el varón y la mujer, donde ninguno de los dos tiene la posibilidad de “desatar” el vínculo sagrado por el cual voluntariamente y en plena libertad pasan a formar “una sola carne”.  La enseñanza absoluta de Jesús es explicitada en la casa, donde los discípulos vuelven a preguntarle. Los dos tienen la misma responsabilidad en el cuidado de esa unión sagrada. Por tanto, la aclaración viene a responder a las diferentes circunstancias legales en las que se movían las personas de aquella época. Según los especialistas, debe entenderse “como adaptación de la enseñanza de Jesús a las condiciones establecidas por la ley romana (que permitía a las mujeres iniciar los procedimientos de divorcio)” (Harrington, D. Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo).

 

El Reino esperado

En lo más profundo puede apreciarse la valoración que da el Señor al matrimonio, invitando a los discípulos a hacer lo propio consientes de una realidad que se ya se pone de relieve desde los orígenes. El hombre necesita de un ser personal que trate con él, revestido de igual dignidad pero manifiestamente diferente. A tal punto que pueda ser verdaderamente y eficazmente alguien complementario. Ese ser es la mujer frente a la cual el hombre se maravilla y puede exclamar, como una suerte de alabanza de acción de gracias a Dios, “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Gn 2, 23).

Esta admiración del primer hombre nos recuerda una de las características de los niños, que junto a la plena receptividad otorgan el arquetipo de quienes sí pueden esperar el Reino de los cielos, aquellos que saben en verdad recibir y saben que lo que reciben es un don. Algo que no se mide según las categorías del adulto, del que a veces se entrega a búsquedas inútiles, desorbitantes y agobiantes.

Sorprendentemente, con un gesto Jesús devuelve a los niños que se acercan a él un estatuto del que no gozaban en aquel tiempo, pues eran considerados como irracionales y necesitados de corrección constante. “Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos” (Mc 10, 16), haciendo esto el Señor los trata como a personas, los toma en serio y les concede, al bendecirlos, el reconocimiento propio de la adultez. Pidamos al Señor poder correr a sus brazos como niños y no dejarnos tentar por los vicios de la adultez que nos apartan del Reino.

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