JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES

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Domingo XXVIII Tiempo Ordinario
14 de Octubre de 2018

Sab 7,7-11; Sal 89, 12-17; Heb 4,12-13; Mc 10,17-30

Fray Diego José Correa, OP
Mendoza, Argentina
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Aunque tomaremos las lecturas propias de este domingo 28º durante el año en el Ciclo dominical “B”, sin embargo, miraremos todo desde el prisma de la evangelización y las misiones.
Cada día que paso de esta vida, y ya he pasado muchos…, comprendo la apremiante necesidad de la evangelización y de las misiones apostólicas, no sólo por la eterna salvación después de esta vida, sino para la construcción de este mundo terreno y civil. Uno siente cómo el tiempo es tan escaso para evangelizar, anunciar el evangelio de Cristo explícitamente, por más que seamos obreros full time, al menos los religiosos y los sacerdotes. Pensar que una buena parte del mundo civil y profano, imbuido de una mentalidad secular y pragmática, pagana y banal, cada vez quiere arrinconar más y más la presencia de Cristo y de su Iglesia, como algo a evitar, incluso algunos, pensando en que sería lo mejor que no existiera y volver al imperio romano antes de Cristo. De hecho, muchos inspirados por su propia autosuficiencia e ignorancia, y muchos más por el mismo Demonio y su incalculable corte angelical, es lo que buscan y quieren deliberadamente o inconscientemente. Esto ha llevado a que vivamos en una sociedad de mil satisfacciones materiales y de carencias elementales de espiritualidad, de fe, de confianza, de amor fraterno, de amistades, de claridades, de luces y de verdades. Vivimos atrapados por múltiples necesidades que nos hacen correr cada día y mientras más corremos menos tiempo tenemos.
                A estas necesidades elementales responde la palabra de Dios generosamente en este domingo en sus lecturas bíblicas. En la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría, legado del Pueblo de Israel en la diáspora de Alejandría de Egipto (Sabiduría 7, 7-11), se nos muestra con bellos trazos el soberano poder y maravilla de la Sabiduría, como ninguna otra cosa más valiosa que ella. Se consigue esa sabiduría por la oración. Viene de Dios. Comparada con los poderes de este mundo y con las mayores riquezas, la sabiduría las sobrepasa de modo absoluto. Tampoco la salud y la belleza física se pueden comparar con la Sabiduría. La sabiduría atrae  todos los bienes, y es la mayor riqueza que puede el hombre alcanzar. Pienso en este momento en San Agustín (+430) y Santo Tomás de Aquino (+1274), grandísimos ambos por su sabiduría y por la elección que de ella hicieron; y, cómo con la sabiduría alcanzaron todo. Lo más grande: el sentido profundísimo de esta vida y finalmente la visión eterna de Dios.
En la segunda lectura (Hebreos 4, 12-13) nos descubre el insondable poder de la Palabra de Dios. Ante todo, se debe comprender que la Palabra de Dios no es una letra muerta o escrita en un libro, todo lo contrario es siempre viva y siempre es eficaz. A quién la escucha no lo deja inerte. Penetra en su alma como si fuese una espada de doble filo. No para destruir o demoler la misma obra que Dios ha hecho, todo lo contrario es para que el sentido de la creación divina sea descubierto en la persona conscientemente y se alegre hondamente. La Palabra de Dios oída discierne el interior del hombre. Es como mirar algo a la plena luz del sol radiante del mediodía. Nada hay oculto para la Palabra divina, todo aparece patente. ¡Qué necesidad de Palabra de Dios tenemos en estos tiempos que vivimos! Nuestras tinieblas desaparecerían inmediatamente y la alegría llegaría a todos los ámbitos de mi persona: psicológicamente, socialmente, políticamente…
Finalmente, en el Evangelio de este domingo (Marcos 10, 17-30), cuando Jesús se dispone a partir, un joven, ya no tan joven, al menos para aquella época, corre hacia Jesús y se postra delante de él, para hacerle la pregunta que todo hombre y mujer debe hacer en su vida a Jesús: ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna? Es la verdadera y genuina interrogación que debemos cada uno hacer a Dios con toda sinceridad. Es porque, como lo dice el mismo Jesús, de nada aprovecha ganar el mundo entero si al final perdemos la vida eterna. Obviamente este joven es un buen creyente, pero un creyente de formación judía, para los cuales prosperidad y riquezas eran un signo de la bendición divina. No es que para nosotros no lo sean también, pero Cristo con su cruz y dolor de la crucifixión cambió todo el significado.
La primera condición de Jesús para salvarse es cumplir los mandamientos de la ley de Moisés, que han sido tan importantes no sólo para el pueblo de Israel sino para la civilización del mundo entero. El conocimiento y el cumplimiento de los diez mandamientos, asegura al menos básicamente un mundo justo y feliz. Hoy en día cuando hasta estos diez mandamientos divinos y en ese orden de importancia, están condicionados y rechazados por muchos, corremos el serio peligro de destrozar todo lo que hemos construido en siglos y siglos de evangelización y misión. Por eso en este día de las Misiones es tan importante que todos los católicos y los cristianos en general y los hombres de buena voluntad, tomemos conciencia de la imperiosa necesidad de la evangelización y del conocimiento y práctica de todas las enseñanzas cristianas.
Pero la respuesta de Cristo al joven rico no es sólo cumplir los diez Mandamientos divinos, que son de Ley Natural, sino además vender todo y quedarse pobre y seguirlo a él, como el único necesario y el que le asegurará todo si es capaz de esta hazaña. Es la condición para la liberación y el desprendimiento que necesita el evangelizador. Todo tiempo y todo esfuerzo para el Evangelio. Ya sabemos que el joven rico no fue capaz de responder a este desafío que le propuso Jesús sino que se fue triste. Tenía encima un peso demasiado fuerte como para ser capaz de libertad. Unos por las riquezas, otros por los afectos y otros por una voluntad incapaz de obedecer a Dios toda la vida, no son capaces de dar este paso, tan maravilloso y fascinante.
Precisamente hoy la Iglesia consagra a un potente santo moderno, que sí fue ejemplo de libertad y de entrega generosa: el papa Pablo VI. Se llamaba Giovanni Battista Montini y vivió entre 1897 y 1978. Fue elegido papa el 21 de junio de 1963. Un noble en todo sentido. Por su origen familiar, por su educación esmerada, por su cultura vastísima, por su humildad, pero por sobre todo, por sus altísimas condiciones intelectuales. Le tocó concluir el Concilio Vaticano II y llevarlo a la práctica. Comprendió la importancia cabal de la necesidad de la evangelización para el bien del hombre contemporáneo, y por esto embarcó a toda la Iglesia en una vigorosa obra de evangelización. Por eso qué maravilla que justo hoy, día de las Misiones en la Iglesia, sea proclamado por el papa Francisco “Santo”. Tuve la ocasión de oír a este distinguido pontífice durante tres años en sus famosas catequesis de los miércoles en Roma. Cada Catequesis no sólo era una preciosa pieza literaria, sino una diáfana exposición de la fe católica. Doy gracias a Dios de haberlo conocido bastante y de que ahora sea canonizado. Nos encomendamos nosotros a su poderosa intercesión en los cielos: San Pablo VI, ruega por nosotros. Amén.
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