El mismo Hijo del hombre no vino para ser servido

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XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
21 de octubre de 2018
Is 53,10-11; Sal 32; Heb 4,14-16; Mc 10,35-45
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Fray Diego José Correa, OP
Mendoza, Argentina
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Queridos hermanos/amigos:
                Este domingo la liturgia de la palabra está centrada en el servicio, la diaconía. Comenzando por la primera lectura de hoy (Isaías 53, 10-11), ya entra de lleno en el servicio que por excelencia dará el Servidor justo, que es precisamente la justificación. ¿Qué es la justificación? No se trata de un simple blanqueo, o sea, dejar sin efecto el castigo justo, es todo lo contrario: asumir en su propio cuerpo el castigo merecido y pagar él en lugar del culpable. Así se entiende la expresión tan dura con la cual comienza la primera lectura de hoy “el Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento”. Evidentemente, aquí está profetizada la pasión del Señor Jesús. Pero es Jesús mismo el que ofreció voluntariamente su vida en sacrificio de reparación y de este modo la voluntad de Dios se cumplirá por medio de él, como afirma este fragmento de Isaías. Ningún mejor servicio nos podía dar el Siervo de Dios que pagar nuestro rescate. No se trataba de pagar un precio en dinero o en valores materiales, por más grandes que fuese, sino de su propia voluntad y entrega generosa exponiendo su cuerpo a la muerte en el peor de los suplicios y dolores humanos imaginables. Cargó sobre sí las faltas de todos sus hermanos, nosotros los pecadores. Tampoco ningún otro ser humano podría haber satisfecho esa tremenda culpa ante el Padre, ya que ninguno otro era un servidor que fuese a la vez Dios mismo. Jesús era el único que cumplía perfectamente esa doble condición de Servidor voluntario perfectamente humano y perfectamente Dios.
                En la segunda lectura (Hebreos 4, 14-16), se viene a ratificar el contenido del breve fragmento del Siervo de Dios del profeta Isaías que hemos leído en la primera lectura; solamente que considerando a Jesús como el Sumo Sacerdote insigne que penetró en los cielos. Este admirable y único Sumo Sacerdote, no está alejado de nuestra pobre condición de pecadores y débiles, todo lo contrario, él mismo ha experimentado en su propia carne las más terribles pruebas de dolor, sufrimiento y muerte, que lo hacen para siempre capaz de compasión. Si bien él no padeció el pecado, ya que no tenía ninguno, ni el más leve, -de lo contrario no podría haber satisfecho en lugar nuestro-, sin embargo, el no tener pecado no lo hizo alejado o insensible de nuestra condición pecadora y mortal, todo lo contrario, por eso mismo es el más cercano y el que tiene mayor capacidad de compadecerse de nosotros, por eso es el Cordero inocente e inmaculado. Él es ¡el trono de la gracia! Qué título tan bello y que inspira tanta confianza en nosotros, en él encontramos el auxilio oportuno, cada vez que lo invocamos.
                Finalmente en el Evangelio de este domingo (Marcos 10, 35-45), de nuevo aparece la misma idea: Jesús es el Servidor que ha dado su vida en rescate por una multitud. Esta conclusión viene como corolario de una petición de los apóstoles Santiago y Juan de ocupar el primer lugar al lado de Jesús en el reino de los cielos.
                Evidentemente el tema está puesto para mostrar las ansias de poder y de descollar de estos dos discípulos del Señor. Pero como a continuación dice que también los otros diez discípulos se indignaron por la petición de Juan y Santiago, indica claramente que todos indistintamente, ansiaban los primeros lugares y ser distinguidos para siempre en el futuro reino celestial. Si bien es cierto cuánto les faltaba por crecer y formarse todavía a los discípulos y cómo todas las enseñanzas de Jesús hasta el momento sobre el tema, habían caído en saco roto; sin embargo, muestra algo muy positivo y para nuestra época extraordinario: la confianza que tienen en ese reino futuro. Hoy por hoy, no digamos el mundo materialista, agnóstico y ateo, en el cual nos movemos a diario, sino aún en los mismos creyentes y aún en los agentes pastorales de la Iglesia, ¿cuántos están realmente convencidos de la existencia real de ese reino celestial futuro? Ojalá que entre estos últimos sean muy pocos o ninguno los que duden de esa espléndida vida futura en Dios, y por el contrario, esa convicción sea el soplo y la fuerza de la lucha cotidiana.
                Volviendo al tema central del evangelio, la importancia no está en el puesto que se tenga en la visión beatífica, sino en que allí aunque sea el último lugar, para hablar de este modo humano, será más que suficiente para estar inmensamente feliz, y aún más, allí la mayor felicidad de otros, será causa de profunda alegría para los que estén más alejados. Si aquí en la tierra ya se nos manda alegrarnos con los que se alegran, cuánto más en la patria escatológica todos nos alegraremos de la alegría y gozo de los demás, sin nada absolutamente de envidia. Si saliendo de este mundo todavía quedase algo de eso en nuestra alma será todo purificado en el purgatorio, ya que entrar en el cielo con una mínima impureza de lo que fuere, sería mayor sufrimiento que la purificación en el purgatorio.
                Lo que le interesa recalcar en este evangelio a Jesús es nuestra diaconía, o sea, nuestro servicio. Aunque sea el servicio de gobierno, nunca puede ser concebido como algo para dominar a los demás, sino para servirlos para su mayor bien. Con esto Jesús ha quitado de raíz usar la autoridad para el servicio personal. No servirse de la autoridad en beneficio propio, eso jamás, sino para el bien de los encargados o de aquella porción de personas que Dios me ha encomendado cuidar a través del gobierno, ya sea político o pastoral. Precisamente Jesús es el primer modelo en esto, no sólo sirviendo con las numerosas enseñanzas que ha dado, las curaciones que hizo, las liberaciones del demonio, etc., sino dando hasta su propia vida en la pasión y muerte por nuestro rescate y liberación total. Él pagó en lugar vicario nuestro la deuda de la raza humana, contraída ante Dios desde el pecado original hasta todos los pecados del mundo entero. De aquí proviene la gratuidad de la gracia divina para nosotros, porque él mismo ya ha pagado hasta el último centavo.
                ¡Gracias Padre por la entrega de tu Hijo único para salvarnos y ahora entregarnos por el Espíritu Santo este inmerecido y precioso tesoro! ¡Gracias María, Madre nuestra, que también junto a la cruz nos engendraste para tu Hijo divino! Amén.
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