La oportunidad del ciego

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Domingo XXX del Tiempo Ordinario

28 de octubre de 2018

Jr 31,7-9; Salmo 125; Hb 5,1-6; Mc 10,46-52

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Fray Eduardo José Rosaz

Córdoba, Argentina

Querido amigo:

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Nos acercamos al final. No queda mucho tiempo, y Cristo ofrecerá su vida en la Cruz. Él, que no vino a ser servido ni a dominar, se entregará a favor de muchos. ¿Es que lo habían escuchado? Jesús parecía estar quedando solo, incluso cuando lo siguiera una gran multitud, llena de temor y angustia (Mc 10, 31). Sus discípulos, los Doce, estaban más preocupados por puestos de gloria que por compartir la humillación y muerte de su Maestro.

Entregado. Escupido. Rechazado. Muerto. ¿Resucitado? ¿Quién puede seguir a alguien así? Si tú y yo hubiéramos estado entre esa muchedumbre que subía con Él a Jerusalén, ¿no habríamos pensado lo mismo? Entonces, ¿por qué habríamos continuado? Se acerca Jerusalén, pero esta vez no parece la Ciudad de paz, el vértice del cielo, sino el lugar del abandono y de la muerte. El lugar de la noche. El lugar de una noche sin estrellas. Sí, la luna estaba creciendo: se acercaba la Pascua. Pero, ¡qué oscura era la noche anterior a la Pascua en el Egipto que nos esclavizaba! Incluso con su luna cada vez más brillante.

Subimos con Jesús a Jerusalén. Pero, ¿dónde está ese Dios que nos guardaría de todo mal, el que cuida nuestra vida (Sal 120, 7)? Se acerca la ciudad fortificada, asentada en el monte Sión, inconmovible (Sal 124, 1). Se acerca Jesús al monte, en donde estará fijada para siempre su Cruz, que “redimirá a Israel de todas sus culpas” (Sal 129, 8).

Estamos en la noche. O, tal vez peor, en ese momento en el cual la noche se está acercando y nos invade el sopor y el temor que produce el alejamiento del último rayo de sol. Porque, a lo lejos, se escuchan las espadas y los palos. Se escucha al traidor y a los hipócritas. Noche en la que poco antes sólo se escuchaban los ronquidos de los amigos que no habían acompañado.

Estamos en la noche. Una noche que, de tan oscura, es como una ceguera. Creemos recordar, sí, que el “maestro de los que saben” había dicho que los ojos de nuestra alma, ante la claridad de la divinidad, son como los de un murciélago a la luz del día. Sí, algo así había dicho. Pero no se trata de esto ahora. Es mi ceguera, la que reconozco que viene de mi pecado, de mi infidelidad, que impide que vea al Dios-hombre que va a Jerusalén. Es mi ceguera, la que me lleva a discutir sobre dónde sentarme y sobre mis privilegios delante de Aquél que sería despojado de toda belleza. O, mejor dicho, a discutirlo detrás de él.

Así me encuentro, al costado del camino. Ciego y mendigo. Ciego, por mi pecado, y mendigo de tantas sobras que no pueden llenarme. Ciego y solo en mi ceguera. Sin embargo, a lo lejos se oye un ruido, una muchedumbre. Debe ser otro grupo de personas que pasan a mi lado hacia Jerusalén. No me quejo: son sobre todo ellos los que colaboran en mi pobreza.

De pronto, un nombre suena en labios de un peregrino. Es Jesús, el Nazareno. Estuvo hablando, durante el camino, de cosas inexplicables: rechazo, muerte, entrega. Él conoce la noche en la cual yo vivo. Él me conoce, aunque no sepa comprender por qué. ¡No es una oportunidad para dejarla pasar! “Jesús, Hijo de David, ¡ten piedad de mí! ¡No pases de largo! ¡Detente en tu camino a Jerusalén, a tu noche, para mirarme a mí!”. No me importan las voces que quieran callarme, esas voces que no conocen la noche de mi ceguera. “Jesús, Hijo de David, el esperado, ¡compadécete de mí! ¡Rompe mis cadenas, abre mis ojos, suelta mi lengua!”.

Todo parece detenerse. Ya nadie grita. Una voz (no sé si es la misma que antes quería callarme, y no me importa) rompe este nuevo silencio: “levántate, te llama”. “Maestro, quiero ver. Quiero verte a Ti. Sé que, cuando te vea, no se acabarán todas las noches. Porque sé que Tú has tomado sobre tus hombros una oscuridad que es mucho mayor que todas las cegueras, físicas y espirituales, que pueda haber. Sé que has tomado mis pecados, mis oscuridades, mis odios, y estás llevándolos hacia la Cruz. Allí, en la noche más intensa y más fría del mundo, la luz vencerá a las tinieblas. Señor, que pueda ver; que pueda verte a Ti; que pueda tener ojos sólo para que tu mirada se pose en mí”.

La oscuridad no tiene la última palabra. “Vete, tu fe te ha salvado”. Amén.

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