El mandamiento del amor: nuestra ley y nuestro culto

pharisees_question_jesus_detail
.
Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
4 de noviembre de 2018
Dt 6,1-6; Sal 17; Heb 7,23-28; Mc 12,28-34
.
Fr Pablo Caronello OP
Convento Santo Domingo de Santiago de Chile
.
Hermanos en el Señor:
                                          En la época de Jesús era un gran interrogante para los judíos saber cuáles eran los principales mandamientos que había que observar, o lo que es lo mismo, qué quería Dios de ellos, cuál era su voluntad. Además la pregunta se encontraba siempre en una cierta tensión entre lo que podríamos enunciar como: la ley o el templo: ¿Dios quería de su pueblo que se santificase por observar los mandamientos o por la celebración del culto en el Tempo?
            El pasaje del evangelio según San Marcos que se proclama en este domingo pone estas preguntas en boca de un escriba que se las formula a Jesús para que las responda. Jesús contesta con el pasaje del Libro del Deuteronomio, el Shemá Israel, que todo hombre judío debía pronunciar de memoria dos veces al día todos los días de su vida. Este pasaje indudablemente es un lugar de referencia que sintetiza la fe judía: Dios es uno solo, el que ha reunido un pueblo y le ha dado una tierra para que en ella viva según su voluntad. Pero esa también  era la tierra donde debía alabar su nombre.
            Es necesario comprender que este pasaje no implica solo el enunciado de una ley moral, ya que la exhortación de recordar siempre estas palabras, indican poseer también un profundo carácter litúrgico en tanto que el objeto principal de la liturgia judía era la anámnesis es decir: el recordar los acontecimientos salvíficos del Éxodo.
            Pero en el Evangelio de hoy Jesús no señala solo el Shemá Israel del Deuteronomio, sino que como verdadero legislador completa el sentido de este antiguo precepto con la referencia al amor al prójimo. Marcos no dice explícitamente, como sí lo hace Mateo, que es similar al primero, pero el hecho de ponerlo uno junto al otro, manifiesta ese carácter. Esto es importante porque la síntesis entre los mandamientos y el culto se realizará en el misterio pascual, en el cual se realiza el mandamiento nuevo del que hablará el apóstol san Juan.
            Jesucristo como sacerdote de la Nueva Alianza, sacerdote eterno, inocente, sin mancha y por tanto, perfecto, es el que al ofrecerse al Padre en obediencia a este por la redención de sus hermanos (todos los hombres), realiza en él el sacrificio permanente que posee en su núcleo el mandamiento del amor. De esta manera a la vez que Cristo lleva a su plenitud la ley, lleva también con ella a su plenitud el culto, transformando por esto toda ley y todo culto. Desde la Pascua de Cristo la ley será para los cristianos ofrecerse en cuerpo y alma al amor del prójimo como expresión visible del amor a Dios sobre todas las cosas, a la vez que el culto tendrá en su centro la anámnesis pascual, el memorial del mismo Cristo: tomen y coman, tomen y beban, porque esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes, esta es mi sangre, que será derramada por ustedes. El memorial de la Nueva Alianza no es otra cosa que el sacrificio de Cristo en la cruz que lleva a su plenitud la ley del amor.
            Hoy nosotros como el escriba que se acerca a Jesús podemos preguntarnos qué es lo que Dios quiere de nosotros. Tal vez sepamos teóricamente muchas de estas cosas, pero es necesario que el amor a Dios que se traduce en el amor al prójimo, surja desde lo más profundo de nuestro corazón como un acto completo de nuestra persona, transformando estas acciones en una liturgia cotidiana, liturgia que obviamente tomará fuerzas del sacrificio pascual que se realiza en la liturgia que la Iglesia ofrece cotidianamente como actualización del sacrifico de Cristo único y eterno sacerdote. Que el Señor nos dé ojos y corazón para vivir de esta manera la vida cristiana y así podamos hacer del mundo  un lugar donde se viva del Amor, un templo para alabanza de nuestro Dios.
.
.