El destino de los hombres es morir una sola vez.

juicio

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Domingo XXXII Tiempo Ordinario

11 de Noviembre de 2018

1 Reyes 17,8-16; Sal 145, 6-10; Heb 9,24-28; Mc 12, 38-24

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Fray Álvaro María Scheidl, op

San Miguel de Tucumán, Argentina

Queridos hermanos:

Hay quienes afirman supersticiosamente que los hombres no morirían una vez, sino que las almas una vez salidas del cuerpo volverían a otros cuerpos de animales menos nobles para purificarse de sus faltas, muriendo, de esta manera, muchas veces. Este pensamiento extravagante, es falso por varios motivos: en primer lugar, el alma humana no puede estar sino en un cuerpo humano; en segundo lugar, el sufrir solo no basta para purificarse del pecado, sino que es necesaria una voluntad arrepentida de las acciones malas, y tal cosa es libre, de donde si hubiese transmigración de almas, los hombres malos irían cayendo en castigos cada vez mayores hasta el infinito, porque si teniendo en principio una vida sin dolor pecaron, mucho más pecarán por su maldad cuando padezcan; porque tal cosa es lo que observamos en los malos, que los sufrimientos los hacen peores; y así las almas irían de mal en peor hasta el infinito; de allí que Dios, en su bondad, con el infierno asigna una medida al castigo, le pone un límite a la maldad, no sea que los malvados se vuelvan peores. Pero en tercer lugar, y sobre todo, tampoco es suficiente el dolor y el sufrirlo de buena gana para purificarse, sino que es necesaria la salvación de Dios, es decir: la gracia, por la cual el hombre puede amar nuevamente a Dios; porque sin amor a Dios no hay purificación de los pecados. Ya que el pecado consiste precisamente en apartarse de Dios y volverse a las creaturas. Y el hombre, una vez apartado, ya no puede volver a Dios, sino que queda atrapado en las creaturas; porque Dios es infinito, en cambio la creatura es finita, y lo finito no puede alcanzar lo infinito. Roto el vínculo de la creatura con Dios, la creatura no puede restaurarlo por sí misma, sino que necesita de la ayuda de Dios.

Estos son los errores en que cayeron y caen los paganos y supersticiosos. Demos gracias a Dios que nos sacó de esas tinieblas del error y nos enseñó la luz de la verdad; que nos reveló en la Escritura que el destino de los hombres es que mueran una sola vez, después de lo cual viene el Juicio (Hebreos 9, 27).

En efecto, esta vida debe compararse a un solo viaje: es decir, un tránsito hacia el destino final. Y la muerte es el momento último y más importante del viaje; ya que inmediatamente después de la muerte el alma es juzgada por Dios en cuanto a su salvación o condenación. Pero todavía queda el Juicio del final de la historia de la humanidad, cuando Jesucristo, Juez supremo, después de resucitados los muertos, ponga al descubierto todas las obras -las buenas y malas- y todos los pecados sean descubiertos, entonces se manifestará lo oculto del  corazón de cada uno. Es decir, Cristo en su segunda venida, mostrará sus llagas gloriosas a todos; y ante sus llagas preciosas se manifestará lo que hay en los corazones de los hombres; así lo profetizó el anciano Simeón: Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción […] a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones (Lc 2, 34-35). Y también san Pablo afirma: no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones. Entonces recibirá cada cual de Dios la alabanza que le corresponda (1 Cor 4, 3-5); y el mismo Señor en el evangelio según san Mateo dice: entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y gloria (Mt 24,30). Se golpearán el pecho todas las razas de la tierra: los justos se golpearán el pecho arrepentidos de las ofensas cometidas contra el Salvador por las cuales padeció esas llagas; en cambio, los malos se golpearán el pecho por el castigo que merecieron por su culpa contra el Salvador, con un arrepentimiento ya sin fruto alguno.

Por eso -hermanos-, mientras peregrinamos durante este tiempo de misericordia, veneremos el cuerpo divino de Jesucristo, nuestro Salvador, especialmente sus llagas gloriosas por las cuales nos llegaron el perdón y la paz.

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