Se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria.

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Domingo XXXIII Tiempo Ordinario

18 de noviembre de 2018

Dn 12,1-3; Sal 15, .8-11; Heb 10,11-14.18; Mc 13,24-32

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Fray Diego José Correa
Mendoza, Argentina

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En este domingo, que es el último antes de Cristo Rey -que celebraremos el domingo siguiente y será el domingo de conclusión del año litúrgico-, todo está referido al acontecimiento llamado el “esjatón”, el gran final, se terminará este mundo visible tal cual ahora lo conocemos y daremos comienzo a los cielos nuevo y tierra nueva. Para este acontecimiento que lo llamamos el juicio final, tenemos dos grandes certezas: que va a ocurrir indefectiblemente y que no sabemos cuándo ha de acontecer. De estas dos verdades reveladas debemos partir. Todo lo demás son quimeras humanas, más o menos fraudulentas, inventadas a gusto y piacere de los tiempos y de los imaginativos que las han propalado.
            En la primera lectura tomada de la profecía de Daniel (12, 1-3), tenemos en sólo tres versículos una riqueza y síntesis de revelación admirable. En primer lugar se no predice que será un tiempo de tal tribulación como no la hubo desde el origen de las naciones hasta ese momento final. Pero el gran consuelo para el pueblo de los creyentes es que está San Miguel arcángel, llamado el gran príncipe, de pie junto al pueblo santo para protegerlo y salvarlo. Si no fuese por él, todo el pueblo sería hundido por el gran ejército de príncipe de las tinieblas.
            En segundo lugar, se nos dice que todos los que estén inscriptos en el libro de la Vida o de los Predestinados, serán liberados. ¿De qué serán liberados? Del cuerpo mortal, del sufrimiento, de la angustia, de la tribulación, de las enfermedades, etc.
            En tercer lugar, se nos enseña que despertarán (sentido metafórico por resucitar) los que están en el polvo de la tierra, o sea, los muertos para cuando acontezca ese evento final. Unos para gozar de la vida eterna junto a Dios, otros para la ignominia o sea el eterno horror del infierno, junto a la temible compañía de los demonios, despreciables y anclados sólo en el odio eterno a Dios y sus creaturas. Este despertar o resucitar se refieren evidentemente a recuperar cada uno su propio cuerpo. Unos obtendrán un cuerpo glorioso, real, pero sutil, impasible y que se mueve con la velocidad del pensamiento. Otros, los condenados, por haber rechazado a Dios y su plan de salvación, recuperarán también su cuerpo entonces inmortal pero para la ignominia y horror eternos.
            Todos los salvados son llamados  hombres prudentes y como tales resplandecerán como el firmamento por toda la eternidad, pero es muy curioso aquí, que algunos de los ya glorificados tendrán como una más excelente transformación escatológica: son los maestros que hayan enseñado a otros la justicia, es decir, los que se hayan dedicado a la evangelización, tendrán un brillo especial como estrellas eternamente. Matiz que ciertamente es muy atractivo e interesante para todos los que nos dedicamos al ministerio apostólico de enseñar la fe a nuestros hermanos.
            En el evangelio de este domingo (Marcos 13, 24-32), se nos describen acontecimientos que de alguna manera ya hemos visto en la apocalíptica de Daniel profeta. Primero, se confirma la primera gran tribulación que acontecerá antes del evento final (cf. v. 24). Entonces, pasada esa gran tribulación que habrá padecido el pueblo santo de Dios y que ha podido subsistir gracias a la presencia del gran príncipe San Miguel arcángel, ahora advienen sucesos cósmicos: el sol se oscurecerá y la luna no brillará más, las estrellas del firmamento irán cayendo del cielo y los astros del cielo serán sacudidos. Ese será precisamente el momento cuando el Hijo del hombre, o sea Jesús, aparecerá con gran poder y gloria. ¿Qué hará Jesús glorioso y triunfante? Enviará a sus santos ángeles a los cuatro puntos cardinales y de un extremo de la tierra al otro, reunirá a sus elegidos delante de él.
            ¿Cómo prepararse para ese ignoto momento final? Aquí viene el consejo de Jesús: el discernimiento comparativo. No es ni puede ser algo determinable o calculable, ya que él mismo nos dice en la conclusión del evangelio de hoy, que ese día y esa hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles del cielo y tampoco el Hijo del hombre para revelarlo. Obvio que Jesús no lo ignora, como Hijo de Dios que es y por la ciencia beatífica de la que goza su alma, pero no lo debe revelar. Sólo el Padre guarda ese secreto, que como es normal comparte con el Hijo y el Espíritu Santo, poseyendo una misma  y única naturaleza divina las tres personas de la Santísima e indivisa Trinidad.
            Pero, entonces, ¿cómo podemos nosotros discernir ese momento que no es precisable como dato exacto? Por diversos signos, como es el caso de la higuera que nos muestra que ya se acerca el verano. Cada uno de nosotros y cada generación recibirán esos signos que deberán escrutar. Actualmente, la ceguera de la mayoría de las personas respecto de su final o encuentro con el juicio de su vida frente a Dios es proverbial, quizá más indiferente que nunca. Nuestros años pasan, nuestras enfermedades recrudecen, pero para nosotros pareciera que cada vez está más lejano nuestro fin y no atinamos a arrepentirnos de nuestros pecados ni a cambiar de vida moral para mejor. Vivimos de una manera disoluta, distraídos totalmente, enajenados, en una vorágine que nos consume nuestro tiempo, y no tenemos reposo ni lo buscamos para orar, para meditar, para participar en los santos sacramentos de la salvación, ni para hacer obras de caridad que borran la multitud de nuestros pecados.
            Jesús nos dice, con el ejemplo tomado de la higuera, -que puede ser la higuera estéril que Jesús manda que se seque desde la raíz íntegramente-, que miremos por nosotros mismos: “sepan que el fin  está cerca, a la puerta” (v. 29). Entonces, no digamos que él no nos ha advertido. Todo lo contrario, nos amonesta para que estemos siempre vigilantes, esperando, no con temor, sino con amor su venida, ya sea el fin definitivo de este mundo y o el fin de mi vida personal. Que cuando venga el Señor me encuentre en su gracia, es decir, en su amistad, y no en pecado grave y tampoco con pecados veniales, para evitar aún el terrible purgatorio.
                        Que María, madre de misericordia, nos ayude con su poderosa intercesión para que cuando llegue nuestro punto final a esta vida terrena, nos encontremos preparados y llenos de méritos para entrar gozosos en el paraíso que no tiene fin. Amén.
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