Dios reinó desde un Madero

mors-ero

Solemnidad de Cristo, Rey del Universo

Domingo 25 de Noviembre de 2018

Dn 7, 13-14; Sal 92; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37

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Fray Eduardo J. Rosaz

Córdoba, Argentina

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Querido amigo:

 

La imagen que tenemos de un rey posiblemente sea la de un señor con traje y corbata, casado con una bella modelo, que aparece en televisión para defender… ¡la democracia! O, tal vez, en nuestra amada república, que exclama en su himno con orgullo: “¡Libertad!”, sea la de otro señor con pelucón y tapado de armiño, encerrado en un salón de fiesta constante.

 

¿Será eso, entonces, lo que celebra la Iglesia en la Fiesta de Cristo Rey? ¿La frivolidad de una estructura anticuada que se mantiene para decorar ceremonias de Estado? ¿El símbolo de la tiranía – que se manifiesta en la imposición de una voluntad arbitraria y que no debe rendir cuentas? Más radicalmente aún, ¿no parece contradecirse la imagen que nos formamos acerca del Nazareno con la de los reyes que oprimen y sojuzgan?

 

No sé si podré responder todos estos interrogantes. Creo, sin embargo, que se hace necesario purificar nuestra mirada. La educación y la historia nos han dejado con una caricatura. ¡Nada de eso hace justicia a la verdad! Porque el rey, esa figura insigne y misteriosa, es el que da la vida por su pueblo. David, por excelencia el rey del Pueblo de la Antigua Alianza, fue más rey cuando salió a combatir a Goliat solo y en lugar de Israel que cuando enviaba a sus soldados a la guerra mientras se quedaba plácidamente en su palacio – mientras pasaba el tiempo seduciendo esposas ajenas.

 

¡Es la agonía del cristianismo! Agonía que significa lucha, que significa sacrificio, que significa entrega. El Cristo, el Nazareno, es Rey porque su voluntad siempre se cumple. Pero, he aquí lo admirable – lo terrible – de Cristo: su voluntad está crucificada. Regnavit a ligno Deus, canta la Iglesia en la Semana santa. ¡Reina Dios desde un madero! Su Reino tiene la textura de una Cruz. Pero no la de una Cruz intimidatoria que instaura el Terror, porque es amenaza. Esta Cruz se encuentra ungida por la Sangre del Rey inocente. No hay aquí un rey que haga morir a sus súbditos según su capricho, sino uno que muere por ellos según su propio sacrificio. Un rey del que uno se siente orgulloso al servirlo, porqué Él vino primero a servir y a dar la vida por una multitud. Un rey que se sabe servido en aquellos más pequeños, los que ocupan la parte más privilegiada de su corazón.

 

¡Es la agonía del cristianismo! Por tanto, nada de pelucones ni de trajes. Este Rey ha conquistado su Reino, ha luchado por Él. Jesús es la fuerza de Dios, dice Pablo. ¡No lo dudemos, el Señor es manso de corazón, como afirma de sí mismo! Sin embargo, su ternura no es un sentimiento producido por la debilidad. Jesús se dejó tentar por la criatura más poderosa. Jesús se enfrentó a las profundidades y a los abismos de nuestros corazones pecadores. Se expuso a la muerte. ¡Él es el que aplastó la cabeza de la serpiente y así destruyó todo poderío del mal! El amor de Cristo y la realeza de Cristo (lo cual es decir lo mismo) se muestran en que su querer está clavado a un Cruz de redención.

 

Querido hermano: no tenemos un Cristo Presidente, que promete lo incumplible. La única vez en que fue sometido a votación… ¡perdió ante un bandido! Por el contrario, tenemos un Rey vencido y vencedor que cumple lo que nadie podía prometernos. Jesús es el que nos hace formar parte de su Cuerpo, para que la vida que mana de esa Cabeza nutra toda articulación, todo tendón y toda fibra. Él dio su vida para liberarnos. Él ha sido el único capaz de compadecerse de nosotros, porque fue el único totalmente ajeno al pecado y a nuestra mutua complicidad.

 

Tú y yo, querido hermano, tenemos grabado en nuestra frente el signo de este Rey. Somos bautizados, miembros de su ejército. ¡Ejército de cojos y tullidos, de ciegos y leprosos, de insignificantes y desterrados, de Quijotes e Idiotas Myshkines! Pero, ejército del único que promete y entrega Vida Eterna. ¡Ejército del Príncipe que se puso en la brecha para rescatar a su Pueblo! Él ha vencido. Él ha reclamado para Sí toda creación y todo corazón. Hoy somos suyos in mysterio, en la humildad de lo escondido. Mañana lo seremos abiertamente. ¡Pero sólo seremos reconocidos entonces si ahora luchamos el buen combate, dejando atrás al hombre viejo y dirigiéndonos a la meta!

 

Señor, nuestro Rey crucificado y resucitado: concédenos vivir desde ahora en la lucha cotidiana, en la fortaleza de la renuncia y en la alegría de la entrega. ¡Danos la Gracia de alcanzarte en el Reino pleno y sempiterno, en donde está la Reina de nuestro corazón, y en donde Dios será todo en todos, por siglos que no acabarán nunca! ¡Amén!

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