Prepara un camino al Señor

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II Domingo de Adviento

9 de diciembre de 2018

Bar 5,1-9; Sal 125,1-6; Flp 1,4-11; Lc 3,1-6

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Fray Álvaro María Sheild

San Miguel de Tucumán, Argentina

 

Mira hacia oriente, Jerusalén,
y contempla la alegría que te envía Dios. (Bar 4,36)

Levántate, Jerusalén, súbete en alto, mira hacia oriente
y contempla a tus hijos convocados de oriente a occidente. (Bar 5,5)

 

Levantarse, subir a lo alto, mirar hacia oriente, hacia lo lejos. Esta invitación del profeta Baruc te indica lo propio del tiempo de adviento: un tiempo para mirar hacia la alegría que se acerca a la distancia, una invitación a ver a lo lejos, al horizonte, hacia oriente. ¿Qué significa mirar a lo lejos si no pensar en las cosas futuras más allá de la inmediatez del ahora? Pero para ver a la distancia, para ver a lo lejos, es necesario que te levantes y estés en alto. Ven conmigo, subamos a lo alto. Trasciende las preocupaciones de lo pasajero y fija tus ojos en lo permanente y eterno que está por realizarse. Es necesario que seas como el águila que remonta alto vuelvo con sus ojos fijos en el sol.

Deja a un lado ahora los asuntos de esta vida, y ocúpate en contemplar lo definitivo que está por venir: la alegría de la salvación; Dios viene a salvarnos. Ya que todavía no se ha realizado saboréala al menos de lejos, en esperanza. Y si te parece que está demasiado lejos, aumenta tu esperanza. No temas descuidar unos instantes las urgencias y necesidades del presente para atender a las cosas futuras, porque cuando saborees las futuras tal vez ya no necesites las presentes y verás que en realidad no son tan importantes. Este es el momento no de estar atareados en muchas cosas como Marta, sino de atender a la única necesaria como María[1].

Y con la mirada dirigida a la promesa de Dios alégrate ya desde ahora en la contemplación de esa esperanza que se acerca ininterrumpidamente. Alégrate, porque verás a Dios con tus propios ojos[2]. Alégrate, porque si te confías a su misericordia serán perdonados tus pecados[3] y compartirás con todos los hombres bondadosos la compañía de Jesucristo[4]. Alégrate, porque ya no padecerás ninguna fatiga ni cansancio y tan solo abriendo tus ojos verás el castigo de los malvados[5]. Alégrate, porque todos tus anhelos quedarán saciados[6]. Parece un sueño, pero será realidad; tu boca se llenará de risas y tus labios de cantares[7]. Reposa tu mente allí, eso repondrá tus fuerzas para el trabajo.

Esto hacían continuamente los primeros cristianos. Ellos tenían por hábito rezar de cara a oriente, es decir, oraban esperando siempre la salvación, esperando que amanezca nuestro sol de Justicia que nace de lo alto[8]: Jesucristo. Esa costumbre se difundió y pasó a la liturgia, y por eso antiguamente, el pueblo y el sacerdote, al celebrar la eucaristía miraban hacia oriente.

Nuestro oriente es Jesucristo. Mirando hacia él nuestra vida se orienta. Quienes no miran hacia Jesucristo están desorientados. Andan perdidos y sin rumbo por la vida. Él es la esperanza, el sol que trae el nuevo día. Pues no sale el sol por ser un nuevo día, sino que hay un nuevo día por salir el sol: de la misma manera, no vendrá Jesucristo cuando sea el último día de la historia, sino que será el último día porque habrá venido Cristo. El sol físico tiene marcado su ritmo por las leyes de la naturaleza; en cambio, nuestro sol amanecerá cuando Él quiera.

Dado que vendrá y todos los hombres verán la salvación, sigue la exhortación de la voz del Bautista y prepárale un camino al Señor[9] para que llegue a ti con facilidad. Preparar el camino es quitar los obstáculos que impiden transitarlo. Quita el pecado, es lo único que impide que te llegue la salvación. Quita el pecado y verás la salvación de Dios.

[1] Lc 10,41-42

[2] Job 19,26-27

[3] Lc 7,47

[4] Flp 1,23-24; Ap 3,20

[5] Sal 90,8

[6] Sal 102,5

[7] Sal 125,1-2

[8] Lc 1,78

[9] Lc 3,4-6