Él los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego

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III Domingo de Adviento

16 de diciembre de 2018

Sofonías 3,14-18 / Isaías 12,2-6 / Filipenses 4,4-7 / Lucas 3,10-18

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Fray Diego José Correa, OP

Mendoza, Argentina.

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Este domingo de adviento (el tercero) está caracterizado por la alegría, de hecho se pueden usar ornamentos rosados para destacar precisamente la alegría. Las tres lecturas que la liturgia nos propone en este día (Sofonías 3, 14-18ª; Salmo Isaías 12, 2-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 2b-3. 10-18), tratan el tema de la alegría de una manera maravillosa.

            La alegría es un tema muy difícil en nuestra sociedad moderna. La cual vive y gasta para la diversión, paradojalmente, mientras más gasta para esa finalidad menos se afinca en la alegría, sino en el vacío y la nada. Todos buscamos la alegría. Es obvio y está muy bien. Es natural. Es sano buscar la alegría. La alegría nos da la felicidad, vocación última de todo hombre, que para eso Dios lo ha creado: para que sea feliz. Pero la mayoría la buscamos en donde no la encontramos. No obtenemos una alegría interior, de paz, de calma, de serenidad, de sentido de plenitud, que nos haga experimentar verdaderamente un gozo que sea cierto y permanente.

            Tenemos “alegrías” buenas, transitorias, pasajeras, aparentes… muchísimas y ofrecidas de las más variadas maneras. Nos encontramos inmersos en esas “ofertas” de “alegrías” inválidas, mentirosas y falsas por lo general, hipócritas en muchos casos. Los mismos que nos las ofrecen son consientes de que no es verdadera, ni genuina, ni perdurable, ni cierta. Pero obvio, es “el negocio de la alegría”, no voy yo precisamente a denunciarlo, si vivo de él. Generalmente los que ofertan unas alegrías más intensas y rápidas saben muy bien que son las más falsas y destructivas, como la droga, el alcohol, el juego, el sexo, la corrupción, el espectáculo exótico… Los medios publicitarios son acordes con ellos porque son los que más les permiten lucrar. Se endiosan cosas que son puramente un juego, pero detrás de ello hay mucho dinero, que es la clave detrás de la cual se mueven cuantiosos intereses para ofertar alegrías, como es por ejemplo el fútbol o el deporte en general.

            Todos sabemos cuánto dolor, sufrimiento, angustia, desesperación, disgusto por la vida, vienen detrás de las pseudas y engañosas alegrías. Esto es lo que precisamente Dios nos quiere evitar: el sufrir sin sentido, el sufrir sin una razón que me haga sentir muy feliz de padecerlo: por ejemplo, el cuidado de una madre a su hijo enfermo en pro de la sanación. Sabe que mientras más sufre, en su interior siente que tiene una plenitud de madre y de mujer y que las está ejerciendo con toda dignidad. Lo cual, sin mucho razonar, no sólo la hace olvidar de su sufrimiento sino también de buscar razones para sufrir, ya que las razones son las que le alegran su corazón de madre, aún inconscientemente. Si consigue la sanación se sentirá muy feliz de todo lo que hizo para que su hijo saliera adelante, si finalmente, el Señor dispone otro desenlace a la enfermedad de su hijo, con su mismo dolor llenará un capítulo importantísimo de su vida, que la hará para siempre saber que ha estado al lado de su hijo hasta el final y ahora cree firmemente que su  querido hijo está mejor cuidado por Jesús que por ella y que ahora nunca la abandona él a ella.

            La mayor desgracia para el hombre y la mujer contemporánea, es, como siempre ha sido, pero hoy más que nunca la dispersión. Gastar mi vida en tramitos cortos, generalmente pagando, pero que se pegan uno al lado del otro como un “collage” sin sentido. Vivo para el momento presente. No me importa el mañana y menos la eternidad en la cual casi no creo o directamente si soy sincero/a no espero.  Así vive el hombre y la mujer sin fe en el mundo materialista y consumista actual. El prójimo no cuenta, del enfermo no quiero saber nada, de los muertos ni me hablen, de los pobres y marginados tampoco porque para mí no existen. Sólo existo yo y mis circunstancias, tampoco yo valgo nada, ni a mis ojos ni a los ojos de los demás, Dios hace tanto que se olvidó de mí, ¡si es que existe! Total yo transcurro mi vida, la hago como quiero, cuando quiero y con quiero. No me vengan con moralinas y discursos de curas y obispos que los detesto y tampoco creo en ellos. Así razonan y a sí viven una gran mayoría de nuestros contemporáneos.

            Para responder a estas situaciones están las tres lecturas de la Eucaristía de este domingo tercero del tiempo de adviento. Están a tu alcance. Abre tu mente y recíbelas con el inmenso amor que Dios las ha pronunciado para ti, para mí, para cada uno en particular. No encontrarás a nadie en el mundo que siendo como eres y pensando como piensas, te siga amando y aún dando su vida cada día por vos.

            Puedes seguir la teología del Dios vivo y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, o la teología del mono de Dios que es el Demonio. Éste sabe muy bien como parodiar a Dios y hacerte creer que él es el que tiene verdaderamente la razón y el que te ofrece una verdadera vida de felicidad y sin muchos razonamientos. Tú puedes seguir al que quieras. Para eso Dios te creo libre. Pero el camino y el final del mismo son diametralmente distintos.

            Hemos sido creados para la alegría. Dios nos quiere alegres aquí, pero sobre todo en la eternidad feliz a la cual tantos ya han llegado y la gozan con la Trinidad Santísima y con los ángeles innumerables buenos y bellos, como no los puede si siquiera imaginar ninguna imaginación humana.

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