María, la contemplativa en Navidad

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IV Domingo de Adviento

Domingo 23 de diciembre de 2018

Miqueas 5, 1-4 / Salmo 79 / Hebreos 10, 5-10 / Lucas 1, 39-45

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Fray Eduardo José Rosaz, OP

Córdoba, Argentina.

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El pueblo de Israel, estirpe sacerdotal elegida por el Señor para rendirle culto entre las naciones y para preparar (y recibir) la Venida del Hijo de Dios, tenía su Templo en Jerusalén. Luego de que la Tienda del Encuentro los acompañara desde el Éxodo, en este lugar se encontraba la especial presencia del Altísimo. La Ley prescribía una serie de sacrificios expiatorios, ofrendas y holocaustos (Hb 10, 8). Todas estas disposiciones externas debían ser signo de una consagración interior, por la cual el hombre se ofrece a Dios, pues el culto de la Antigua Alianza es figura de realidades más altas (cf. Hb 8, 5; 9, 23; 10, 1).

 

Posemos nuestra mirada en Jesús, que está a punto de nacer en Belén. Las sombras se acercan a su fin, y llega el esperado. El Señor había prometido un segundo Templo, cuya gloria sería mayor que la del primero, y en el cual Él nos daría la paz (Ag 2, 9), bendición suprema de Dios sobre su pueblo. Este nuevo Templo es el Cordero, (Ap 21, 22), en el cual “reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2, 9), que “al entrar en este mundo dijo: Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo” (Hb 10, 5). Jesús, nuestro Sumo Sacerdote nos santifica por la oblación inmaculada de la Cruz, haciendo de nosotros “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa” (1 Pe 2, 9). Podemos así ofrecer como culto verdadero a Dios nuestra propia existencia, convirtiéndonos en un sacrificio viviente y agradable (cf. Rm 12, 1-2).

Pues bien, el Templo construido por Salomón contaba, en su entrada, con dos grandes columnas de bronce (cf. 1 Re 7, 15-22). También Jesús tiene dos columnas que demarcan su entrada: Juan Bautista, el Precursor, y su Purísima Madre, la Virgen María. Estas dos figuras que señalan la venida del Hijo del Altísimo ocupan un rol destacado en el Adviento, tiempo especial de esperanza y cumplimiento.

 

Los dos últimos Domingos, la Liturgia nos ha presentado al Precursor, la “voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor” (Lc 3, 4), pregonando así que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 6). El anuncio de su nacimiento nos muestra que Juan pertenece a una estirpe sacerdotal (Lc 1, 5) y que, lleno del Espíritu Santo, “precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando al Señor un Pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17).

 

En este domingo, ya a las puertas de la Navidad, centramos la mirada en la segunda columna que da acceso a Jesús: María. No sólo sucede esto en el Ciclo en el que nos encontramos, sino que siempre el Domingo anterior a la Navidad nos quiere introducir a la Fiesta del nacimiento del Señor a través de su Madre, la tierra fértil en donde brotó el Germen justo (cf. Jr 23, 5).

            De Maria nunquam Satis: “Sobre María, nunca es suficiente”. ¡Pero algo tenemos que decir! Por eso, prestemos atención a alguno de los aspectos que la Iglesia nos ofrece hoy. La expectación inminente del Salvador que ya llega, que ya nace, nos indica el camino, y no sólo al recordar los inmensos beneficios que María recibió para ser la Madre de Dios.

 

Nuestra Madre se nos presenta, a la luz de la Navidad, como la primera contemplativa. Ella, humilde sierva del Señor, y José, varón justo, fueron los primeros a los que se les concedió ver el rostro de Dios. Moisés, el amigo de Dios, no recibió gracia tan delicada. Por el contrario, cuando le pidió ver su gloria, el Señor le dijo que le mostraría su bondad, “pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida” (Ex 33, 20).

 

Si ni siquiera Moisés pudo vislumbrar el rostro de Dios, ¿qué pensar de la sed del salmista, que busca verlo (cf. Sal 41(42), 3)? Es un clamor profundo que brota del que reconoce a Dios como su luz y refugio: “Señor, busco tu rostro: ¡No me ocultes tu rostro!” (Sal 26(27), 8-9). A pesar de tantos olvidos, desconocimientos, e incluso negaciones y rechazos, el hombre no encuentra reposo real sino en Aquél que lo ha creado y redimido.

 

En el misterio que celebraremos en pocos días se dará respuesta a toda búsqueda. Porque “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4, 4), dándonos así acceso al Padre en el Espíritu (cf. Ef 2, 18). Lo que el hombre ni siquiera se atrevía a soñar, la Santísima Trinidad lo otorga por su gracia: ser hijos de Dios por participación.

 

En Navidad, María contempla el rostro de Dios. El Hijo Único en quien el Padre se complace, su Palabra eterna, el reflejo puro de su gloria, es visto por primera vez por ojos humanos. Sólo la mujer de la mirada más cristalina y pura podía ser digna de este privilegio. Sólo si, como ella, nos dejamos transformar por Dios podremos, algún día, compartir la bienaventuranza de la que ha creído que se cumpliría lo que el Señor le anunció.

 

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